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sábado, 20 de diciembre de 2014



Él estaba ahí, de pie, frente a la puerta. La mano sobre el picaporte, los pies impacientes, el corazón en la boca.
Se moría de ganas de bajar la mano, de empujar la puerta, de dar un paso ahí adentro, donde todo era oscuridad que se lo tragaba vivo noche tras noche, queriendo siempre encontrar algo diferente, algún huequito que dejara entrar con una reverencia algún haz de luz coqueto y lleno de volados revoloteantes.
Pero nada, detrás de la puerta no había nada más que oscuridad.
Así que arrastró sus pies descalzos a tientas hasta chocar contra una silla, contra un montón de ropa, con papeles doblados, con dibujos olvidados, y alcanzó la cama. Sus rodillas alcanzaron el borde del colchón, sus manos alcanzaron las arrugas de las sábanas, su cara alcanzó y se hundió en la oscuridad acumulada en la almohada.
Cuando sus ojitos se acostumbraron a la penumbra, pudo ver las paredes alzarse a su lado hasta casi el infinito, las telarañas colgando de las esquinas, la humedad comiéndose de a bocados el cielorraso que se extendía por sobre su cabeza soñadora de ideas chiquititas.
Y tan acostumbrado estaba a la oscuridad que de repente pudo ver cómo la pared a su lado, ahí nomás, al alcance de sus manazas de uñas ennegrecidas, parecía hundirse y volver a salir, y hasta pudo verle vetas y clavos y nudos y una tabla encima de la otra, tapiando un hueco mucho más grande que su corazón acelerado.
Fue entonces que se puso de pie de un salto y arrancó con sus manos desnudas una a una las tablas que lo alejaban de lo que hubiese más allá.
Y lo que descubrió se vio hermoso ante sus ojos incrédulos.
Ahora tenía una ventana que daba a un patio enorme, que daba al cielo entero y a todas las estrellas.
Y se iluminó la habitación de punta a punta, y se iluminó su carita con su sonrisa de oreja a oreja, y se iluminaron todos los recovecos de su cuerpo hundido en la oscuridad que ya casi no le dejaba respirar.
Entonces dejó la ventana abierta para siempre, y dejó que entrara la brisa que le revolvía los cabellos, el sol que le tostaba la piel y lo despertaba cada mañana, la lluvia que lo mojaba todo y le lavaba las ideas. Empezó a colgar sus dibujos en las paredes, a guardar la ropa en los cajones, a espantar a las arañas y a soñar despierto, con los ojitos siempre colgados de la ventana que daba al patio que daba al cielo.

jueves, 18 de diciembre de 2014

«¡Será tan divertido! Tendrás quinientos millones de cascabeles
y tendré quinientos millones de fuentes...»
A de S-E.

Se acordaba de su voz de hombre grande hablándole con ternura, del temblor de sus palabras, de la calidez con la que se dirigía al hombrecito que fue alguna vez.
Se sentaba, como todos los días, a ver la puesta del sol. A veces, la veía varias veces. Movía su sillita un cachito más allá y veía la brillante enormidad caer tras su pequeño horizonte una y otra vez. Extraía, como todos los días, alguna que otra raíz de baobab que se atreviera a querer apoderarse de su asteroide. Regaba, como todos los días, a su rosa, que con sus cuatro espinas y los pétalos más tersos del universo se contoneaba y sonreía para él, que estaba ahí para cuidarla. Y como todos los días desde que volviera, se sentaba un ratito a acariciar a su cordero encerrado en la caja.
Y después volvía a sentarse. Y sentado se acordaba de cuando bajó y se posó sobre toda esa arena dorada y se encontró con el hombre que no podía volar, que lo llevó de la mano durante caminatas eternas y que le dio de beber agua musical que subió del pozo.
Y ahora que el sol se había ocultado y que su silla ya no se movía, que todo estaba oscuro, que todo dormía en su pequeño asteroide, el principito que fue alguna vez miraba las estrellas y todas sonaban como la roldana del pozo, todas eran cascadas de agua que le quitaban la sed y en su lugar le dejaban una sonrisa.

lunes, 8 de diciembre de 2014


Ahí estaba ella, lavando los platos. Sacudía la cabecita, los cabellos despeinados rebotando acá y allá. Tenía jabón hasta los codos y los dedos arrugados. Abría y cerraba la canilla, trataba de rascarse el mentón o un hombro con algún dedo más limpio que los otros nueve. Apoyaba las caderas en la mesada, hacía ya mucho rato que estaba ahí.
Y se miraba desde lejos, desde la espalda, se veía lavar, cantar en silencio, mecer la cabeza y hablar con alguien que no estaba ahí por el simple hecho de odiar el silencio y tener esa necesidad de hablar que pugnaba por salir de lo más profundo de sus entrañas inquietas, de su hermosa y ruidosa mente.
—Te faltó un poquito ahí —se dijo.

Y un poco más allá estaba él, lejos en su mundo, con la cabeza que estallaba de ruido y el pecho que se le abría a la mitad de bronca.
Daba un paso y tropezaba, se tiraba de los cabellos y terminaba por arrancarse alguno. Rechinaba los dientes, tenía más calor.
Hasta que aparecieron sus cinco años. Descalzo, con la nariz sucia y las manos pegajosas se miraba y sonreía. Era la persona más feliz del mundo en ese momento.
—¿Vos estarías enojado? —se preguntó, sin mirarse, medio con bronca, medio con vergüenza.
—No, no creo —se respondió, encogiendo los hombros, aplastando una hormiga viajera con  el talón desnudo.

lunes, 1 de diciembre de 2014



Se le derrumbaba la casa sobre la cabeza, sobre los hombros, se le escapaban las palabras de la boca y las manos de sus manos, temblaba el suelo bajo sus pies. El cielo era negro, azul, rojo con cicatrices brillantes que destellaban en sus ojitos que se derramaban sobre las pecas en sus mejillas.
El silencio era absoluto, exceptuando su respiración, que se perdía apenas más allá de su nariz colorada, y cada tanto el cielo, muy allá arriba, se abría en dos y rugía sobre ella.
Hasta que empezó a gotear, a lloviznar, a llover, a arreciar de arriba para abajo, desde las nubes negras hasta lo mojado de sus zapatos. Y se llenó el aire de agua, y se llenó el silencio con el ruido de caer.
Y entonces le dijo «sh», una mano en su cabecita húmeda y despeinada, «la lluvia creará equilibrio».

lunes, 24 de noviembre de 2014

 

Estaba ahí, inmóvil.
Había pasado, como sin querer, arrastrándose del fulgor a las sombras mientras apagaba una a una las luces que encendían la casa para ella. Iba por los pasillos, los pies descalzos, fríos, el camisón casi transparente flotando al rededor de sus piernas pálidas, las páginas amarillas de su libro favorito apretadas con firmeza contra su pecho, la compañía perfecta para echarse a dormir sola.
Hasta que los cuchicheos, las risitas ahogadas y los susurros en orejas ajenas llegaron hasta ella, hasta el centro de su cabecita soñadora adormilada, casi ausente, y no pudo evitar más que quedarse ahí, inmóvil.
Las luces ciegas a su alrededor, la penumbra reptando por entre los deditos de sus pies, acariciándole las piernas, tironeando del camisón. Sus manitos temblando apenas, sudando, el libro que sujetaban resbalando de a poquito.
Por un momento, como si supieran que estaba ahí, todo se volvió silencio aplastante, vacío inalcanzable, quietud, y ella mordió su labio para evitar un puchero, se tragó un suspiro delator y consideró volver por donde había llegado, hasta que aparecieron, como de la nada, las palabras flotando concisas, exactas, prohibidas, y ella supo inmediatamente que no debería estar ahí, que su lugar era en la cama, bajo incontables frazadas, sus oídos lejos de todo lo que sucedía un poco más allá, en la oscuridad impalpable, de donde provenían invitaciones a lo no debido, susurros atrevidos, y hasta llegaba a ella el roce de manos inquietas que se arrastraban de a poquito, lentamente, sobre piel incandescente ahí donde no llegó nunca la luz.
Y mientras escuchaba, mientras el rasgar del silencio con lo clandestino de esas palabras vedadas llegaba a sus oídos atentos, en su boquita medio abierta latía desbocado su corazón, le sacudía las entrañas, la sangre bombeando y hormigueando hacia su cabeza embotada, haciendo latir todos y cada uno de sus músculos engarrotados, el estómago dado vuelta, arrebujado en lo más profundo de su ser clavado al piso ahí donde estaba, inmóvil, imposible de voltear y alejarse para siempre aunque lo intentara.
Le temblaban las manos, se le resbalaba de entre sus deditos húmedos el libro de hojas amarillentas que intentaba abrazar contra su camisón arrugado.
Y de repente, sin poder evitarlo, sin siquiera darse cuenta, con la atención puesta en el sisear de barbaridades que le impedían alejar su atención, apretar los ojos derretidos en esa penumbra, cerrar la boquita abierta, tapar sus oídos curiosos, el libro, pesado de páginas e historias innumerables, cayó al suelo bajo sus pies, rebotando su golpear entre las paredes y dentro de su cuerpo, que con un latido sordo dejó de bombear y se detuvo en el tiempo.
Los susurros se esfumaron y de entre sus labios, proveniente de lo más oscuro de sus entrañas temblorosas, se escapó un grito ahogado que no pudo suprimir con las manitos húmedas con las que presionó su carita.
Y aunque quiso, no pudo correr, no pudo esconderse. Se quedó ahí, inmóvil.

sábado, 15 de noviembre de 2014


La sien que se hundía un cachito, lo justo como para encastrar su cabecita despeinada en la puntita de su clavícula, la oreja colorada y aplastada, retorcijada contra ese hombro ajeno, cada uno de sus largos cabellos apuntando a una dirección diferente, algunos enganchaditos apenas de esa barba de ayer, todos los demás perdiéndose en las dunas interminables de almohadas aplastadas y sábanas enredadas.
De repente, en esa duermevela interminable, con las luces que parpadeaban largo, con el sueño que amagaba pero nunca les cerraba los ojos, movió apenas la cabeza, como encastrando bien los engranajes de ese reloj que empezaba en sus pies de cosquillas eternas danzando por debajo de las sábanas, las piernas enredadas a tal punto que no sabían cuál era de quién, las caderas que no dejaban pasar el aire, la luz o la oscuridad, los dedos inquietos que correteaban sobre las costillas y saltaban el fozo del ombligo se veían aprisionados para siempre entre otros dedos más grandes y menos ágiles pero con las mejores caricias del mundo; había en el medio algún codo mal doblado, uno que otro brazo adormecido como una señal de televisión interrumpida, como haber irrumpido en un hormiguero. Y después estaba el pecho que subía y bajaba y el otro que bajaba y subía, y trataban los dos de ir al mismo ritmo.
Hasta que él suspiró y bajó un poquito el mentón, le rozó la coronilla y en ese nido de cabellos enredados dejó caer un besito con sabor a poco.
Entonces ella levantó el rostro pegoteado a su pecho desnudo, pateó apenas y empujó por el colchón, sobre las piernas ajenas, se enredó en las sábanas, alargó una mano libre y adormilada hasta esa nuca de cabellos cortitos, reptó y se arrastró por sobre su cuerpo desnudo y estiró su boquita colorada hasta esos labios tibios que la besaron despacito y la hicieron sonreír.
Las luces terminaron de apagarse y ella volvió su cabecita al pecho desnudo, al hombro incómodo, a la clavícula puntiaguda, y cerró los ojos hasta mañana.

martes, 16 de septiembre de 2014

¿Alguna vez sentiste en tus huesitos lo que es ser inspiración? ¿Dejar de ser vos en carne propia para pasar a ser vos en el aire, en las ráfagas de viento, en la calma antes de la tormenta?
¿Tenés alguna idea sobre cómo se siente verte más allá de sus ojos, de sus manos, de su boca, salida del centro de su alma, de lo más recóndito de su cabeza, donde sos humo dulce que niebla los sentidos, donde estás grabada a fuego, donde estás clavada a todos y cada uno de los vagones de sus trenes de pensamiento?
¿Te pasó de verte trazada en tinta, con tus curvas dibujadas con los ojos cerrados, un ademán ciego, una voltereta en el aire que terminó aterrizando sobre ese papel medio arrugado, medio con aroma a él después de haberle dormido encima quién sabe cuántos días?, ¿o quizá leerte entre, debajo y sobre las líneas del principio al fin de un cuento enredado, un poema cortito, una canción sin rima ni métrica?
¿No sabés de qué te hablo cuando te cuento sobre saberlo sentado ahí, frente a la lista de sus obligaciones, agarrándose la cabeza, tironeando de sus cabellos, apretando los dientes, porque la concentración no existe después de vos?
Agarrate, catalina, porque todo eso es un mar de escalofríos y piel de gallinas enloquecidas en el corral, una sonrisa boba, manos húmedas, un papel tembloroso, un nudo en la garganta y unas eternas ganas de más.

martes, 12 de agosto de 2014

Máscaras sueltas y carnavales.
Paisanos y techos de otro pueblo.
Momentos sin relaciones.
Qué arriba y qué abajo.
Primero, segundo y tercer momento.
Propuestas, grumos.
«Perfecto, le creo».
Batir. Trabajar. Constante.
¿Cómo llegamos? Olvidándonos de todo.





(Ninguna de estas palabras me pertenece, sino a un profe de la facu, a una tardenoche de no dejarnos ir, a una clase de insistencia y analogías metafóricamente morfológicas. Yo solo las anoté mientras se le caían de la boca.
Esto, señores, es una clase de morfología. Esto, es una partecita de estudiar arquitectura.)

miércoles, 6 de agosto de 2014

   
   Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar la oscuridad de la mitad de la noche, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban el haz de luz que pretendía terminar de despertarla.
   Sin embargo, apenas abrió sus ojitos de caramelo derretido, descubrió que no podía ver, y no podía ser. ¿Estaba ciega?
   No, ciega no, porque más allá podía ver todo lo que sabía que estaba ahí, con sus colores estáticos, esperando por ella, que no se animaba a bajar de su nube, a moverse, a pisar el suelo que no era más que una mancha bajo sus pies colgantes, que de repente parecían haber perdido su forma, sus bordes, sus uñitas pintadas.
   Mas bajó, pisó el piso así como si se sacara el saco, estiró sus bracitos blancos, cerró los ojos y en un escalofrío deseó que sus ojos fuesen parte de una broma nocturna, una pesadilla o algo por el estilo, pero no.
   Así que decidió salir a la calle a averiguar si el mundo se había vuelto borroso o sus ojos se rompieron en algún momento durante la noche. Bajó la escaleras vestida de azul y rosa, descalza porque nada la ayudó a diferenciar derecha de izquierda, sin atreverse a atajar su cabello porque era tan finito y brillante que su reflejo se perdía en la infinidad, y abrió la puerta. La recibió una brisa fría que se coló por entre sus pantalones, bajo su camiseta, entre sus cabellos, le hizo cosquillas y la dejó ahí temblando, parpadeando, tratando de focalizar sin resultados. El allá afuera no era más que colores en movimiento y colores que se quedaban quietitos, un mundo entero que seguía su curso sin bordes, sin fronteras; brillos que se difuminaban, formas que se acercaban corriendo y se alejaban sin que ella supiese qué eran.
   Fruncía el ceño, arrugaba la nariz, cruzaba los brazos y se abrazaba sola. Estaba entre que tenía frío y no veía más allá de su nariz. En un momento acercó sus manitos y recién cuando se acarició las pestañas pudo ver el límite de sus uñas, las arrugas de sus nudillos, mientras por la calle húmeda pasaba volando un manojo de luces rojas.
   Podía ver el semáforo de la esquina, podía adivinar si lo que frenaba era un auto o una moto, podía ver flotar las bicicletas, las personas que caminaban por la vereda de enfrente eran sombras que se arrastraban despacito bajo los techitos, y la calle se perdía en una infinidad neblinosa no muy lejana. La luna era un manchón blanco sobre las cabezas de todos ahí abajo, y las estrellas habían desaparecido.
   Quiso dar un paso fuera del umbral, caminar por sobre la vereda húmeda llena de hojas secas caídas que no llegaba a ver pero que sabía que estaban ahí, en ese abismo opaco bajo el escalón, pero en el momento en que estiró un pie, resbaló, cayó, y no golpeó nunca el suelo oscuro por el que se habían deslizado sus ojos. Sin embargo, despertó.
   Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar al sol sonriente de esa mañana, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban los cachitos de luz que pretendían terminar de despertarla.
   Fue entonces que recordó todo eso que no vio la noche anterior y tuvo terror de abrir los ojos, mas separó sus párpados temblorosos de a poquito, acostumbrándose a la luz, cayendo en la cuenta de que en la esquina del techo colgaban algunas telarañas, que el árbol allá afuera empezaba a hacer brotar hojitas nuevas, que sus pantuflas estaban dadas vuelta, que su reloj marcaba las en punto.
   «Soñé que no veía nada» se dijo en un susurro, apartándose el cabello enredado de la cara, relajando los ojos, pestañeando incontables veces, mordiéndose los labios, queriendo salir corriendo a ver el esplendor de la magia del detalle que la rodeaba.

martes, 5 de agosto de 2014



   El día había amenecido ventoso, como si la costa del mar hubiese corrido a instalarse en las playas de ese río sucio, arrastrando consigo los vendavales que levantaban faldas desprevenidas, enredaban cabellos y cablecitos, se colaban entre las orejas y los auriculares acolchonados. Y sin que nadie se diera cuenta, muy rápido se les escurrió el día entre los dedos, cayendo sigilosa la noche que se instaló fría, helada.
   Ella quería ya llegar a casa, con la mochila en los hombros doblemente cargada y las manos llenas. Cerraba los ojos y bostezaba sentada ahí, apretujada en la multitud, hundida en su asiento en esa pecera que atravesaba la ciudad. Su piecito congelado marcaba un pulso que nadie comprendía, sus deditos tamborileaban, su cabecita iba de un lado al otro suavemente, sus labios redondos y brillantes dibujaban las palabras en silencio que cantaban en susurros a sus oídos a través de los auriculares.
   Iba con las orejas calentitas y las pestañas caídas cuando, de repente, levantó la mirada ante la lucecita parpadeante que iluminaba sus mejillas apenas coloradas, sus bucles desordenados. Y ahí estaba él, que tenía unos auriculares chiquititos ahogándosele en las orejas, el cablecito que le rodeaba el cuello desnudo, el teléfono brillando en sus manos, los labios cantando canciones que nadie nunca iba a adivinar; ahí estaba él, que la miraba fijo. Y la miró hasta que lo miró ella. Y desviaron las miradas como desvían dos coches resbalando sobre calles mojadas.
   Las luces se apagaron, se encendieron, se apagaron y se encendieron de nuevo. Ellos se turnaban para mirarse sin dejar de cantar cada uno sus canciones favoritas. Algunas veces, para disimular, ella elegía espiarlo por su reflejo en los ventanales altísimos mientras hacía de cuenta que miraba hacia el otro lado y se perdía en el correr de las luces, la gente, los árboles, el allá afuera; otras, sus ojitos curiosos, divertidos, sonrientes, daban una vuelta, paseaban por entre los rostros borrosos que la rodeaban y terminaban aterrizando en él, en sus ojos cerrados, en sus orejitas como de mono, en su boca que bailaba, susurraba, cantaba, y no le importaba si nadie más podía leer la canción que se le escapaba de entre los labios abiertos.
   El resto del tiempo, ella bajaba los ojos, barría el aire con sus pestañas, sonreía, movía la cabeza, tamborileaba con los deditos fríos sobre su regazo impaciente, cantaba en silencio, se dejaba mirar. Mientras, el paisaje viajaba a su alrededor, la ciudad se acercaba de a poquito, flotaban por sobre el río, cruzaban las rutas vacías, atravesaban un mundo entero, lo cortaban a la mitad.
   En el momento en que una chicharra le avisó que tenía que bajar, se puso de pie como en cámara lenta, se aferró a sus manitos llenas, se colgó a la espalda el peso de todo un día, y dirigió sus ojitos cansados hacia él, que la miraba y le sonreía, y ella no pudo hacer más que sonreirle en respuesta con todo el ancho de sus labios que dejaron de cantar por un par de segundos que pudieron haber sido una eternidad. Y se bajó, se sumergió en la marea de brisas frías que se colaban por entre el tejido abierto de su saco desprevenido, que se burlaban de los brazos que no podía cruzar para abrazarse sola, y antes de avanzar hacia casa arrastrando sus piecitos, entrecerrando los ojitos, arrugando la nariz, no dejando de cantar, se volvió una vez más para verlo mirándola a través del vidrio de la pecera inundada de un mar de caras, sus ojos sonriendo, sus labios cantando.

domingo, 13 de julio de 2014


  Estaba sentada, acostada, tirada, de pie, de cabeza. No sabía. No importaba.
  Tenía los ojitos cerrados, las petañas arrebujadas, enrredadas, con el maquillaje de ayer arremolinado a su alrededor, y apretaba los párpados, los labios secos.
  En su cabecita soñadora ella flotaba, sus bracitos blancos caían hacia abajo, sus lunares aferrándose para no caer, lo dedos de sus pies bailaban en el aire, su cabellos eran remolinos que giraban hacia todos lados, su piel brillaba en la oscuridad.
  Todo era vacío ahí afuera. Sin embargo, por dentro tenía un torrente de llamas que la recorría de pies a cabeza, un caos completo que le desordenaba la cabeza y le enredaba las entrañas, un universo entero a punto de explotarle en medio del pecho. Le latían los oídos, su corazón galopaba frenético, le hervía la piel, le zumbaba la cabeza, estaba envuelta en escalofríos.
  Y todo en lo que podía pensar era en sus manos. Quería saber cómo tocaban sus manos, a qué sabía su boca, a qué olía su cuello. Quería saber cómo tocaban sus manos, qué tanto le retumbaban los latidos en el pecho, qué tan suave era su piel. Quería saber cómo tocaban sus manos, cómo se acercaban a su rostro acalorado de mejillas rosadas, a su cabello enredado, si se movían con las curvas de su cintura, si chocaban y se colaban como el viento entre sus deditos, si le hacían cosquillas, si llegaban a encenderla, a quemarla, a prenderla fuego viva ahí mismo, sentada, tirada, de cabeza, enredada, flotando, con la boquita abierta, los ojos bien fuertes, los deditos cayendo inhertes, los lunares bien agarrados, los cabellos danzando, y ardiendo a flor de piel las ganas de saber cómo tocaban sus manos.

domingo, 15 de junio de 2014

obligatorio escuchar~ 

 Estiró esa manaza suya que tenía, medio temblando de miedo, un poquito de vergüenza y una pizca de frío, y la acercó despacito. Ella estaba ahí, a un paso de él, su cuerpecito emanando la tibieza que se le escapaba por esos ojos curiosos, los labios rosados que trataban de morder una sonrisa incipiente, insistente, las mejillas sonrosadas, las pestañas arqueadas batiendo el aire, los puntitos de polvo que brillaban bajo la luz de la única lámpara de por ahí cerca bailando, meciéndose apenas ante sus ojitos destellantes, derretidos, entre los dos.
   Después de lo que le pareció una eternidad, sus dedos largos y toscos alcanzaron lo suavecito de esa piel que parecía tener pelusita de durazno, que era como manito de bebé, que estaba tan tibia como la cocina de mamá. La tocó apenas y ella entrecerró los ojitos y movió un cachito la cabeza, levantó el mentón, expuso su cuello un poquito más y lo invitó con una sonrisa tímida a deslizarle sus dedos por la mejilla, a que su palma invada toda la longitud de su mandíbula, a alcanzar su nuca con el pulgar.
   La sonrisa se borró de su carita embelesada y sus labios se separaron mientras escapaba de ella el dejo de un suspiro ahogado, sus párpados cayeron pesados, sus pestañas agitaron el polvo alrededor, sus manitos pálidas se desmoronaron, y las rodillas se sacudieron levemente mientras ella intentaba permanecer de pie, con la piel arrugándosele del estremecimiento, la carne de todo su cuerpo hirviendo.
   Él afianzó su mano nerviosa, con las venitas azules del frío medio hacia afuera, sobre esa carita que se caía hacia un lado, que se balanceaba al ritmo calmo que le faltaba a su corazón desbocado desde el momento en que entró en contacto con ella, con lo terso de su piel, con el calor de su cuerpo, con el frenesí del correr por sus venas. Y ella se quedaba ahí, quietita, intentando disimular el temblor que la recorría de pies a cabeza, que subía y bajaba, que sacudía y hacía sonar sus huesitos.
   Y mientras sus dedos iban ganando territorio por sobre esa pradera de seda, mientras se entibiaba de a poquito, contagiándose de su calor, mientras el resto de su cuerpo se tensaba expectante, mientras crecían sus ganas y se instalaban justo bajo su piel, ella se dejaba hacer, esperaba, se derretía en sus manos, e iba cediendo ante la gravedad.
   Entonces sus dos manos, enormes si las comparaba con ella, se aferraron a ese cuerpecito derretido, la arrebataron de sus pies clavados al suelo, de la silueta alrededor de la que bailaba el polvo tintineante, y al instante la tuvo ahí, adherida a él, a su temblor, a sus ganas a flor de piel, al latido de su corazón galopante. Ella cortó el aire como una brisa atravesando un huracán y aterrizó sobre él con todo el placer del mundo, se chocó contra la pared inmensa que era su pecho, se enredó de manos, pies, dedos y cabellos a él, y decidió que podría vivir toda su vida ahogada en ese calor sofocante, que dormiría para siempre con el oído pegado a ese corazón que le tarareaba canciones y le susurraba que ya ninguno sabía quién estaba más loco por el otro.

miércoles, 14 de mayo de 2014

   Después de un día entero caminando hundida entre las lagunas y sus esculturas, allá, del otro lado del río, volvía a casa.
   A su casa, esa que quedaba entre las calles de terracota, de arenas movedizas, una de las tantas que son más de la mitad sin adoquines, pavimento, cordones ni rampas en esa ciudad que todavía es mitad campo, con los ico-ico que dan vueltas por el centro y aprendieron de las motos a galopar sin poner el guiño y circular por el lado equivocado de las calles, por las que pasean, se arrastran y levantan polvo alpargatas de todos los colores habidos y por haber, con sus árboles de copas de algodón de azúcar rosado, como el horizonte detrás del puente en verano, invadiendo de pintitas las calles cada primavera, con sus muros de colores que cuentan las historias mejor que cualquier abuela, con su virgen morenita, con su gente y sus Che que de Guevara no tienen nada, que es una república aparte.
   El colectivo iba en silencio surcando la oscuridad que se cortaba cuando empezaban a aparecer los puntitos de luz que guiaban la ruta hasta caer por el barranco. Y mientras los cuerpos en duermevela la apretujaban dentro de esa cafetera empañada a la que era ajena, ella calculaba la hora reloj de viaje, contaba las canciones hasta llegar a casa, movía la cabeza suavecito, tarareaba en silencio. El allá afuera era una boca de lobo que de a ratitos destellaba, tintineaba, cuando pasaban rozando uno que otro farolito cada que el camino se torcía un poco y ella se aseguraba de que cada vez faltase menos.
   Hasta que las ventanillas se encendían de repente y el camino húmedo comenzaba a subir, a trepar la montaña rusa que era ese puente brillante que colgaba, flotaba sobre el río que corría tranquilo y oscuro, enorme, abismal por debajo de sus pies, de su estómago que se sacudía con la subida, las curvas y la bajada. Y las luces corrían ante sus ojitos que despertaban y se llenaban de ansias.
   Y desde lejos ahí estaba, podía verla erguirse sobre el río, hundida hasta las rodillas, sus playas de arena fresca como puntillas húmedas de un vestido que flotaba en el agua oscura, sus puntas de piedra como dedos de una mano abierta acariciando el río, sus edificios tímidos y blancos como de papel que de a poquito iban creciendo, estirando los bracitos, despegándose del horizonte, y las luces de la costa que contentas, saltarinas, sonrientes, acaparaban la costa y se lanzaban de lleno del otro lado del barandal y se derramaban sobre el río, como serpentinas centelleantes, y no podía diferenciarse el brillar redondo de la luna de las luces redonditas de la ciudad que se posaba ahí, preciosa, orgullosa, sonriendo, mostrando todos sus dientes.
   Era su casa, y sus ojitos brillaban encantados y hasta evitaba parpadear. Quería que resplandeciera así siempre y poder mostrársela a todos, hacer que la fotografiaran, se enamoraran y nunca la olvidaran.
   Era entonces que ella se acordaba de por qué se iba, cruzaba el puente y se perdía del otro lado todos los días. Se alejaba para poder volver todas las noches, para verla brillar, para acordarse de por qué nunca se iba realmente ni podría irse jamás.

(Entrada original del 14·5, resubida el 29·8)

viernes, 28 de marzo de 2014



  Y ahí estaba ella, encorvada, arrastrando las rodillas, el cabello acariciando el piso, con todas sus pasiones recogidas y bien atadas.
  Sobre su espalda inundada de lunares se sentaba una pequeña joroba que de vez en cuando le soltaba una patada o dos, que se balanceaba colgada de sus hombros puntiagudos, que se arrastraba y rasguñaba en su camino hacia la cima subiendo, haciendo alpinismo aferrándose a todas y cada una de las vértebras sobresalientes de esa columna empinada que dibujaba curvas y contracurvas de norte a sur.
  No era grande, no era tan grande, no aún, mas le pesaba como si llevara encima en mundo entero, como si ella fuese la alfombra de todos esos elefantes que extrañaban sus colmillos de marfil, el cochecito de todos los niños perdidos que no sabían volar, la grúa de miles de cargamentos varados, y pesaba como todos los embarazos perdidos en ese universo, como las mochilas cargadas del primer día de clases, como un par de zapatos bien puestos a mitad de un río helado, pero ella todavía podía caminar.
  Arrastraba los piecitos ataviados en zapatitos que le quedaban chicos, los dedos largos y blanditos le colgaban junto al cuerpo sin ganas de bailotear, se escondía del sol y cuando nadie la miraba, se sostenía de las paredes, suspiraba, se cacheteaba el corazón que amenazaba con ralentizarse de a ratos, y continuaba caminando con el universo sobre ella.
  Daba un paso tras otro sin detenerse, porque si bien a veces caía de rodillas y creía iba a morir aplastada, rota al medio, todas las veces se había vuelto a poner de pie, había sacado lustre a sus mejillas usando las lágrimas que no pudo evitar soltar, había levantado sus pecas, había apuntado al sol con sus ojitos brillantes y había seguido dejando cosas atrás, abrazando el adelante, deseando con todas sus fuerzas por lo que hubiera más allá.

viernes, 21 de marzo de 2014

   Se conocían desde siempre, la vida se encargó de que así fuera, pero no dejaban de separarse y de volver a juntarse.
   Muchos años de distancia se interpusieron en el medio la primera vez, y de una infancia feliz de correr tomados de la mano y caer juntos, pasaron a no reconocerse cuando volvieron a cruzarse en medio de confusiones, gritos, un escándalo al rededor y el mundo detenido sólo para ellos, y no pudieron atinar a nada más que a enamorarse perdidamente, a entregarse en cuerpo y alma. Se amaron esa primera vez como pioneros, se encontraron recorriéndose como a tierra nueva, se descubrieron reencarnando a Colón y sus carabelas.
   Pero de repente, sin que pudieran preverlo, sin precauciones tomadas, sus caminos se enfrentaron a un barranco que necesitaron saltar, la vida misma les dio un empujón y terminaron cayendo lejos uno del otro, echándose la culpa, odiándose, envenenándose mutuamente y sin quererlo realmente.
   Y cuando se encontraron de nuevo, fue una nueva primera vez. Ella era otra, era un disfraz, una farsa, una mentira que quería ser piadosa porque la necesitaba, porque debía esconderse, tener un escudo que la protegiera por si llegaba a caer. Él usaba una máscara, corría de un lado a otro, se escondía y mentía tras un seudónimo con tal de deshacerse del que había caído y casi había muerto.
   Y sin saber entre ellos quiénes eran, se enamoraron, se perdieron entre tanto disfraz, se entregaron con los ojos vendados, saltaron al vacío y se inventaron un mundo nuevo de lenguajes en silencio, de boca a boca, de sonrisas interminables, de manos incansables, de sangre hirviendo.
   Hasta que un día descubrieron quiénes eran en realidad.


   -Eras vos, siempre fuiste vos -le decía agarrándolo de la cara, con las palmas sudorosas y los dedos temblando, susurrándole, exhalando sobre los labios húmedos que no podía dejar de besar.
   -Y vos... no lo puedo creer -susurró él en un jadeo que lo dejó sin habla. No parpadeaba pero tampoco se atrevía a mirarla a los ojos, a esos ojos enormes como caramelos de dulce de leche que se derretían sobre él cada vez que lo miraba, que le clavaba la vista y no podía evitar ponerse a temblar, sentir que le ardía la piel, que el corazón le latía en los oídos mientras se clavaba un par de dientes en el labio sin poder ocultarlo ni hacer algo por evitarlo-. Me mentiste, todo este tiempo ¡me mentiste!
   La apartó un poquito, lo suficiente para poder sentir que podía respirar aire fresco de nuevo, y la soltó con cuidado, cerrando los ojos con fuerza, deseando que no lo odie.
   -¡Vos también me mentiste! ¿Cuántas fueron las veces que me trajiste hasta acá vestido de negro, con la máscara puesta? -empezó a decirle, dando pasitos de bebé hacia su pecho enorme, hacia sus ojos partidos, mientras se le quebraba la voz y se le inundaban los ojos-. Y yo, tonta enamorada de tu fantasía, me dejaba vendar los ojos y me ponía a temblar. Me dejaba acariciar por esas manos enormes que me hacían hervir la piel, besar por tu boca sin reconocerla por tener la cabeza nublada. Me desnudabas sin que llegara a darme cuenta, me despojaste de lo que llevara puesto, de mi vergüenza, de mis ganas de salir corriendo y hasta de la tentación de ver bajo la luz tus verdaderos razgos, pero ¡qué me importaba!, si a esta tonta, a esta mujercita enamorada le bastaba con saber que esa forma de sacudirme desde adentro hacia afuera era real, que tus besos eran un lenguaje nuevo, que tus dedos iban dejando sobre mi cuerpo un mensaje que sólo yo podía leer, que con esos ojos que yo no podía ver pero que sabía que me miraban me decías cuánto me amabas.
   Se pasó ambas manos por la carita húmeda, se limpió el rastro de maquillaje que sabía había empezado a resbalar de sus ojos desbordantes, se relamió la sal que saturaba sus labios temblorosos.
   -Si, yo te mentí, me escondí, jugué a ser esa otra, pero porque no soportaba esa distancia que alguna vez yo misma puse y que no supe cómo carajos suprimir. Entonces cambié, me transformé y me juré nunca más volver a caer en tus redes, entre tus brazos que para mi tormento siempre estuvieron ahí para mí, para sostenerme fuerte, para no dejarme ir nunca. -Apretó y rechinó los dientes, cerró las manos en puños y levantó la cabeza, alzó los ojitos, lo miró directamente al alma. -Pero siempre fuimos vos y yo, cada uno escondido, disfrazado, queriendo camuflar este torrente de cosas, este ir y venir de ganas, pasiones, sentimientos que nunca pudimos negar, que por más que quisimos siempre fue muy grande para guardar en un rincón.
   Desde su allá abajo, levantó las manos y se aferró a su cara mojada.
   -Mirame a los ojos y a mi mas allá y decime que todo fue una farsa, que esa forma de ahogarte en mi boca, que tus manos ancladas a mi cintura por noches enteras, que el acelerarse de tu corazón y de todos tus sentidos cuando estábamos ahí, enredados en el otro, tratando de respirar por los dos, era fingido, y yo te juro que pego media vuelta y me voy.
   Él y sus ojos oscuros como pedacitos de noche, como cuidades sin luz, miraron hacia abajo, hacia las lágrimas estrelladas contra el suelo, hacia sus manos inertes que se morían por subir y acariciarle la espalda, aferrarse a su cintura, hacerla cortar el espacio entre sus ombligos y besarla hasta desaparecer. Y ahí, junto a sus zapatos, junto a los piecitos descalzos, estaban esa máscara negra que lo miraba con sus ojos vacíos y le susurraba que se rindiera, y esa venda blanca perfectamente doblada que todavía olía a ella y le rogaba por favor.
   -Cómo va a ser mentira -jadeó con la voz rasgada y la mandíbula floja-, cómo iba a ser mentira, flaquita, si me podés con cada hebra de tu ser, me calás hasta los huesos, te tengo clavada en esta cabeza que no puede dejar de pensarte, en estos ojos que te lloran cuando no te ven -dijo y se limpió las lágrimas-, en esta boca que no se cansa de llamarte a gritos, en estas manos que arden si no te tienen cerca -levantó y sacudió sus manos frente a sus ojos-, en este corazón que deja de latir cada vez que me das la espalda -y se golpeó el pecho con los puños-. Me parte al medio chocarme de repente con este mundo de mentiras al que tuvimos que recurrir, en el que tuvimos que convertirnos para poder amarnos, porque sí, te amo así seas esa, aquella o la otra, porque siempre vas a ser vos, siempre vas a ser vos, maldita sea.
   Y la abrazó, le rodeó los hombros con la fuerza de sus dos brazos y de su alma compungida, le sujetó la cabecita despeinada contra su pecho retumbante, le besó el cabello y luego se sumergió en su boca, se dedicó a nadar en sus labios, a ahogarse, a perderse entero dentro de ella, a no dejarla ir nunca más.



y así, me despido de una de las mejores novelas de mi adolescencia, así guardo para siempre todo eso que me generó todas y cada una de las veces que la vi~

lunes, 3 de marzo de 2014



Era nuevo en sus manos, con todas sus hojitas en blanco, los renglones bien alineados, el espiral que giraba en un bucle perfecto, ni una puntita doblada.
Sin embargo, le parecía que ya había pasado por tantas manos, tantos siglos, tantas historias, y que se dedicaba a ocultarlas todas, a guardar en sus pulcras entrañas los más recónditos secretos, las pasiones más seductoras, los deseos más ardientes, las muertes más estremecedoras, las aventuras más fantásticas, los fantasmas de tantas vidas, los corazones más grandes, las más sabias almas nunca antes conocidas y que nadie nunca llegaría a conocer.
Y ella se sentaba ahí, a observarlo con atención, con las manos juntitas bajo el mentón, con sus rizos mezclándose con sus pestañas larguísimas, con esos ojos curiosos llenos de sol, respirando ansias, pero sin animarse a abrirlo, a hojearlo, mucho menos a escribirlo. En sus manos se sentía tan pesado, tan experimentado, que creía no iba a poder llegar siquiera a los talones del gigante en que se habían convertido todas esas historias de pasados mágicos, valientes, trágicos y victoriosos.
Pero podía pasarse horas frente a él, en total silencio, suspirando por lo bajo, oyendo a todas esas páginas susurrarle cuentos cortitos, frases de puntos suspensivos, finales felices. Y si cerraba los ojos, las palabras la envolvían y se la llevaban lejos, la convertían en la protagonista de todas y cada una de las aventuras por las que habían pasado esas páginas.
Y un día, estando ella quietita, sumergida en la más ardiente pasión, degustando cada una de las palabras que le acariciaban apenas los oídos, se le derretían en el fondo de la cabeza y le inundaba la boca de un dulce tibio y aterciopelado, la historia se terminó de a poquito, se apagó lentamente, y en un soplo de su respiración el cuaderno se abrió y sus hojas empezaron a correr hacia un lado, a aplastarse una sobre la otra, a gritar oraciones sin sentido, a tratar de armar un solo cuento que se se cortó de golpe e hizo silencio.
Sin poder creérselo, ella enderezó la colina en la que se había convertido su espalda, dejó que el galope de su respiración se detuviese y parpadeó un par de veces antes de darse cuenta de que el cuaderno se había callado, de que el silencio le aplastaba la cabeza, y que frente a ella había una página en blanco que de repente, en un solo, suave y clarísimo soplo le rogó «escribime».

viernes, 21 de febrero de 2014

   
el sueño de Marce

   Sentado en el centro de la habitación que por fin había dejado de girar, sumergido en la oscuridad asfixiante que se extendía más allá de la pequeña burbuja de luz que emitía una lamparita que colgaba desnuda sobre su cabeza, podía ver el sillón que se mecía lentamente, iba y volvía, y susurraba, y gemía bajito. Cuando esa montaña de cuero y suspenso se giró hacia él, sus ojos se descolocaron, los vellos de su nuca se ahogaron en sudor frío y empezó a temblar, era ella otra vez.
   -Doctor, necesito ayuda -le dijo. Se acariciaba el vientre plano como tabla de planchar, lloraba, retorcía sus piernas y lo miraba con los ojos abnegados en sangre y sudor.
   Recordaba haberla visto infinitas veces, arrastrándose hacia él cuidando de no aplastar su bebé, de no clavarle las puntas de sus huesos afilados, pero no había nada a lo que clavarle algo, él estaba seguro. Esa mujer no llevaba tal criaturita en esas entrañas retorcidas en oscuridad y retortijones.
   Sin embargo, de repente los gemiditos cesaron y se convirtieron en gritos agudos, en bocas abiertas, en manos desgarradoras, en piernas separadas, en tímpanos ensordecidos, y la habitación empezó a girar, a desaparecer, a oscurecerse, y cuando todo se iluminó de nuevo, ahí estaba él, en su delgado ser, ataviado en azul, mirando desde su altura sus zapatos embolsados, sus dedos largos cubiertos en látex que chirriaba y se quejaba cuando rozaba sus manos.
   Estaba de pie en un rincón, mirando hacia la camilla blanca que relucía ante sus ojos incrédulos y bajo la mujer de la consulta, que con las rodillas apuntando a norte y sur y las manos rasguñando lo blanco de las sábanas, le pedía que atajase a su bebé, que se salía, que iba a nacer, que la ayudase por lo que más quisiera.
   Y sin tener tiempo a pensarlo, en el frenesí de las gotas de sudor que le corrían por la frente, en la vehemencia con la que la mujer le gritaba, en medio de una habitación que no dejaba de moverse, con los oídos zumbándole y las piernas temblándole, se vio de cuclillas, atajando un ser humano pequeñito, arrugado, ensangrentado, que berreaba y se tragaba todo el aire respirable de la habitación.
   En toda su incredulidad, sosteniendo con asco y asombro el fruto del subconsciente de esa mujer, se puso de pie, dispuesto a enseñárselo, a decirle que era un nene, cuando se dio cuenta de que ella no estaba, de que ya siquiera la camilla estaba donde había estado, que ahí con ellos con había nadie más que la oscuridad y una lamparita que parpadeaba sobre su cabeza.
   -Parece que nos quedamos solos -le susurró al niño en sus manos con la mandíbula temblando, con el alma sacudiéndose, con el corazón tragándose un terremoto. Y cuando quiso creer que sus palabras lo silenciaron, le quitaron las ganas de llorar y gritar a los cuatro vientos que ahí no soplaban, bajó la vista para descubrir que ya tampoco el nene estaba en sus manos, sino que las tenía retorcidas en una camisa de fuerza que se aferraba a él como si no hubiese mañana.

viernes, 17 de enero de 2014


Había ido a conocer el mar. Tanta tierra, tantos horizontes polvorientos, tantos mantos infinitos de césped seco, tanto olor a casa cerrada la tenían adormecida, enajenada, aburrida.
Entonces se tragó las horas y los kilómetros interminables de cemento conforme iban pasando a su alrededor. El sol se ocultó y volvió a salir varias veces del otro lado de la pecera en que viajaba y a sus oídos llegaron cuentos y fábulas que no le sirvieron para dormir. Pasó días enteros viajando, volando, arrastrándose por sobre carreteras, esquivando luces, escondiéndose tras pantallas y anteojos de sol.
Sin poder enumerar los días, iba contando las lunas. Y un mediodía, con el sol rajándole la cabeza y la brisa caliente colándose por los huequitos de su ropa, el viaje se detuvo y se puso a dar vueltas, a subir y bajar, a bailar, y ella  de repente se vio riendo de nuevo como una nena chiquita llena de magia.
Después, y muy rápido, todo regresó a la normalidad, al cemento caliente bajo sus pies, a los pastizales corriendo a toda velocidad a su lado, hasta que su atosigante pecera tropezó, rodó y cayó de bruces frente al mar en el que ella quería hundirse hasta el fondo.
Entonces fue corriendo a sacarse las ganas. Se quemó los pies en la arena que se le atascaba entre los deditos mientras corría desaforada, los cabellos volaban contra el viento salado, los brazos abiertos de par en par, el vestido arrebolado al rededor de sus rodillas. Y llegó al mar y lo abrazó, enredó las piernas en él, dejó sus cabellos flotar inertes, le dio uno y mil besos. Y cuando se cansó, cuando ya había tragado demasiada agua salada, se arrastró hacia la costa, hacia la espuma de las olas en la arena, y salió chorreando el agua que le lamía la piel, que se arrastraba por sobre sus lunares desde sus más recónditos rincones. Con las manos mojadas y arrugadas recogió sus valijas y las arrastró calle arriba.
Y pasó días enteros entrando y saliendo, abriendo y cerrando la valija, peinando y despeinando sus cabellos, contando sus lunares antes y después de revolcarse en el mar, por las dudas de que le robara alguno con el afán de no olvidarse más de ella. Caminó por todas y cada una de las calles de la ciudad con la sal del mar obturando cada uno de los poros de su piel incandescente, arrastrándose por la sombra, escondiéndose del sol, y había gastado toditas sus monedas en cosas que probablemente nunca usaría.
Durante una semana entera se dedicó a regalarle al mar sus mejores besos, a tratar de endulzar sus lágrimas con toda esa sal, a flotar a la deriva en esas manos gigantes. Sin embargo, todo el tiempo sintió que algo le faltaba y, faltando poco y nada para su partida, no quería despedirse sin antes encontrarlo.
La ultima luna de su estadía, después de haber probado todos los manjares que la vieja ciudad tenía para ofrecerle, decidió darse un descanso y volver a casa al cerrar los ojos y acercarse a la nariz una taza de café caliente. El olor del mar que chocaba contra las rocas a un par de cuadras de la pastelería entraba con la brisa helada por una ventana entreabierta después de pasear y enredarse entre los árboles y los solitarios perdidos de la plaza de enfrente, y parecía llamarla, contándole algo.
Cuando se le terminó el café, decidió envolver y llevarse a casa el pedacito de postre que le quedaba y se retiró lentamente del lugar. Abrió la puerta y aspiró y abrazó el aire salado y frío que le acarició la carita tibia y endulzada. Dio un par de pasos en el silencio de esa vereda vacía y apenas iluminada por la luz del allá adentro y, como quien no quiere la cosa, sin querer, en su panorama oscurecido apareció un par de ojos que no le quitaba la vista de encima.
Estaba ahí, a unos cuantos pasos que ella misma contó pero que no se atrevió a dar, sino que, por alguna razón, caminó hacia el otro lado.
El tiempo y la calle empezaron a girar a su alrededor más rápido de lo que le hubiera gustado, de lo que era posible, de como era en las películas.
Con las mejillas encendidas y el corazón desbocado se atrevió a girarse, a volver a mirarlo, y no pudo evitar sonreir al ver que todvía la miraba. Y en ese intercambio de miradas, en un chispazo, el planeta dejó de girar y les mostró lo que hubiese sido toda una historia juntos.
Él acortaba las distancias, la iba a buscar y de la mano se la llevaba a pasar la noche entera bajo la luna, hablando del frío y del calor y de la vida que cada uno llevaba colgándole en las espaldas. La abrazaba y la refugiaba en su pecho con una sonrisa, y ella cerraba los ojos y hundía la nariz y se llenaba del olor a mar tatuado en su piel. La tomaba de la carita y le robaba un beso tras otro y ella podía podía morirse ahí mismo. Y se confesaba que se había enamorado, y con una lágrima amenazando con saltar al vacío le contaba en susurros que era su última noche; él le daba un beso más para coleccionar y se lamentaban juntos.
Antes del amanecer se despedían, se daban un último beso que no olvidarían jamás y se juraban volver a encontrarse en la próxima vida.
Cuando el romance, la tragedia y la relación más apasionada que hubiesen tenido se esfumó en un parpadeo, ella reparó en que había llegado a la esquina, que tenía que cruzar y seguir su camino, y que él se movía en la oscuridad limpiando mesitas. Para despedirse, se volteó una vez más a verlo viéndola mientras cruzaba.

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