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viernes, 28 de marzo de 2014



  Y ahí estaba ella, encorvada, arrastrando las rodillas, el cabello acariciando el piso, con todas sus pasiones recogidas y bien atadas.
  Sobre su espalda inundada de lunares se sentaba una pequeña joroba que de vez en cuando le soltaba una patada o dos, que se balanceaba colgada de sus hombros puntiagudos, que se arrastraba y rasguñaba en su camino hacia la cima subiendo, haciendo alpinismo aferrándose a todas y cada una de las vértebras sobresalientes de esa columna empinada que dibujaba curvas y contracurvas de norte a sur.
  No era grande, no era tan grande, no aún, mas le pesaba como si llevara encima en mundo entero, como si ella fuese la alfombra de todos esos elefantes que extrañaban sus colmillos de marfil, el cochecito de todos los niños perdidos que no sabían volar, la grúa de miles de cargamentos varados, y pesaba como todos los embarazos perdidos en ese universo, como las mochilas cargadas del primer día de clases, como un par de zapatos bien puestos a mitad de un río helado, pero ella todavía podía caminar.
  Arrastraba los piecitos ataviados en zapatitos que le quedaban chicos, los dedos largos y blanditos le colgaban junto al cuerpo sin ganas de bailotear, se escondía del sol y cuando nadie la miraba, se sostenía de las paredes, suspiraba, se cacheteaba el corazón que amenazaba con ralentizarse de a ratos, y continuaba caminando con el universo sobre ella.
  Daba un paso tras otro sin detenerse, porque si bien a veces caía de rodillas y creía iba a morir aplastada, rota al medio, todas las veces se había vuelto a poner de pie, había sacado lustre a sus mejillas usando las lágrimas que no pudo evitar soltar, había levantado sus pecas, había apuntado al sol con sus ojitos brillantes y había seguido dejando cosas atrás, abrazando el adelante, deseando con todas sus fuerzas por lo que hubiera más allá.

viernes, 21 de marzo de 2014

   Se conocían desde siempre, la vida se encargó de que así fuera, pero no dejaban de separarse y de volver a juntarse.
   Muchos años de distancia se interpusieron en el medio la primera vez, y de una infancia feliz de correr tomados de la mano y caer juntos, pasaron a no reconocerse cuando volvieron a cruzarse en medio de confusiones, gritos, un escándalo al rededor y el mundo detenido sólo para ellos, y no pudieron atinar a nada más que a enamorarse perdidamente, a entregarse en cuerpo y alma. Se amaron esa primera vez como pioneros, se encontraron recorriéndose como a tierra nueva, se descubrieron reencarnando a Colón y sus carabelas.
   Pero de repente, sin que pudieran preverlo, sin precauciones tomadas, sus caminos se enfrentaron a un barranco que necesitaron saltar, la vida misma les dio un empujón y terminaron cayendo lejos uno del otro, echándose la culpa, odiándose, envenenándose mutuamente y sin quererlo realmente.
   Y cuando se encontraron de nuevo, fue una nueva primera vez. Ella era otra, era un disfraz, una farsa, una mentira que quería ser piadosa porque la necesitaba, porque debía esconderse, tener un escudo que la protegiera por si llegaba a caer. Él usaba una máscara, corría de un lado a otro, se escondía y mentía tras un seudónimo con tal de deshacerse del que había caído y casi había muerto.
   Y sin saber entre ellos quiénes eran, se enamoraron, se perdieron entre tanto disfraz, se entregaron con los ojos vendados, saltaron al vacío y se inventaron un mundo nuevo de lenguajes en silencio, de boca a boca, de sonrisas interminables, de manos incansables, de sangre hirviendo.
   Hasta que un día descubrieron quiénes eran en realidad.


   -Eras vos, siempre fuiste vos -le decía agarrándolo de la cara, con las palmas sudorosas y los dedos temblando, susurrándole, exhalando sobre los labios húmedos que no podía dejar de besar.
   -Y vos... no lo puedo creer -susurró él en un jadeo que lo dejó sin habla. No parpadeaba pero tampoco se atrevía a mirarla a los ojos, a esos ojos enormes como caramelos de dulce de leche que se derretían sobre él cada vez que lo miraba, que le clavaba la vista y no podía evitar ponerse a temblar, sentir que le ardía la piel, que el corazón le latía en los oídos mientras se clavaba un par de dientes en el labio sin poder ocultarlo ni hacer algo por evitarlo-. Me mentiste, todo este tiempo ¡me mentiste!
   La apartó un poquito, lo suficiente para poder sentir que podía respirar aire fresco de nuevo, y la soltó con cuidado, cerrando los ojos con fuerza, deseando que no lo odie.
   -¡Vos también me mentiste! ¿Cuántas fueron las veces que me trajiste hasta acá vestido de negro, con la máscara puesta? -empezó a decirle, dando pasitos de bebé hacia su pecho enorme, hacia sus ojos partidos, mientras se le quebraba la voz y se le inundaban los ojos-. Y yo, tonta enamorada de tu fantasía, me dejaba vendar los ojos y me ponía a temblar. Me dejaba acariciar por esas manos enormes que me hacían hervir la piel, besar por tu boca sin reconocerla por tener la cabeza nublada. Me desnudabas sin que llegara a darme cuenta, me despojaste de lo que llevara puesto, de mi vergüenza, de mis ganas de salir corriendo y hasta de la tentación de ver bajo la luz tus verdaderos razgos, pero ¡qué me importaba!, si a esta tonta, a esta mujercita enamorada le bastaba con saber que esa forma de sacudirme desde adentro hacia afuera era real, que tus besos eran un lenguaje nuevo, que tus dedos iban dejando sobre mi cuerpo un mensaje que sólo yo podía leer, que con esos ojos que yo no podía ver pero que sabía que me miraban me decías cuánto me amabas.
   Se pasó ambas manos por la carita húmeda, se limpió el rastro de maquillaje que sabía había empezado a resbalar de sus ojos desbordantes, se relamió la sal que saturaba sus labios temblorosos.
   -Si, yo te mentí, me escondí, jugué a ser esa otra, pero porque no soportaba esa distancia que alguna vez yo misma puse y que no supe cómo carajos suprimir. Entonces cambié, me transformé y me juré nunca más volver a caer en tus redes, entre tus brazos que para mi tormento siempre estuvieron ahí para mí, para sostenerme fuerte, para no dejarme ir nunca. -Apretó y rechinó los dientes, cerró las manos en puños y levantó la cabeza, alzó los ojitos, lo miró directamente al alma. -Pero siempre fuimos vos y yo, cada uno escondido, disfrazado, queriendo camuflar este torrente de cosas, este ir y venir de ganas, pasiones, sentimientos que nunca pudimos negar, que por más que quisimos siempre fue muy grande para guardar en un rincón.
   Desde su allá abajo, levantó las manos y se aferró a su cara mojada.
   -Mirame a los ojos y a mi mas allá y decime que todo fue una farsa, que esa forma de ahogarte en mi boca, que tus manos ancladas a mi cintura por noches enteras, que el acelerarse de tu corazón y de todos tus sentidos cuando estábamos ahí, enredados en el otro, tratando de respirar por los dos, era fingido, y yo te juro que pego media vuelta y me voy.
   Él y sus ojos oscuros como pedacitos de noche, como cuidades sin luz, miraron hacia abajo, hacia las lágrimas estrelladas contra el suelo, hacia sus manos inertes que se morían por subir y acariciarle la espalda, aferrarse a su cintura, hacerla cortar el espacio entre sus ombligos y besarla hasta desaparecer. Y ahí, junto a sus zapatos, junto a los piecitos descalzos, estaban esa máscara negra que lo miraba con sus ojos vacíos y le susurraba que se rindiera, y esa venda blanca perfectamente doblada que todavía olía a ella y le rogaba por favor.
   -Cómo va a ser mentira -jadeó con la voz rasgada y la mandíbula floja-, cómo iba a ser mentira, flaquita, si me podés con cada hebra de tu ser, me calás hasta los huesos, te tengo clavada en esta cabeza que no puede dejar de pensarte, en estos ojos que te lloran cuando no te ven -dijo y se limpió las lágrimas-, en esta boca que no se cansa de llamarte a gritos, en estas manos que arden si no te tienen cerca -levantó y sacudió sus manos frente a sus ojos-, en este corazón que deja de latir cada vez que me das la espalda -y se golpeó el pecho con los puños-. Me parte al medio chocarme de repente con este mundo de mentiras al que tuvimos que recurrir, en el que tuvimos que convertirnos para poder amarnos, porque sí, te amo así seas esa, aquella o la otra, porque siempre vas a ser vos, siempre vas a ser vos, maldita sea.
   Y la abrazó, le rodeó los hombros con la fuerza de sus dos brazos y de su alma compungida, le sujetó la cabecita despeinada contra su pecho retumbante, le besó el cabello y luego se sumergió en su boca, se dedicó a nadar en sus labios, a ahogarse, a perderse entero dentro de ella, a no dejarla ir nunca más.



y así, me despido de una de las mejores novelas de mi adolescencia, así guardo para siempre todo eso que me generó todas y cada una de las veces que la vi~

lunes, 3 de marzo de 2014



Era nuevo en sus manos, con todas sus hojitas en blanco, los renglones bien alineados, el espiral que giraba en un bucle perfecto, ni una puntita doblada.
Sin embargo, le parecía que ya había pasado por tantas manos, tantos siglos, tantas historias, y que se dedicaba a ocultarlas todas, a guardar en sus pulcras entrañas los más recónditos secretos, las pasiones más seductoras, los deseos más ardientes, las muertes más estremecedoras, las aventuras más fantásticas, los fantasmas de tantas vidas, los corazones más grandes, las más sabias almas nunca antes conocidas y que nadie nunca llegaría a conocer.
Y ella se sentaba ahí, a observarlo con atención, con las manos juntitas bajo el mentón, con sus rizos mezclándose con sus pestañas larguísimas, con esos ojos curiosos llenos de sol, respirando ansias, pero sin animarse a abrirlo, a hojearlo, mucho menos a escribirlo. En sus manos se sentía tan pesado, tan experimentado, que creía no iba a poder llegar siquiera a los talones del gigante en que se habían convertido todas esas historias de pasados mágicos, valientes, trágicos y victoriosos.
Pero podía pasarse horas frente a él, en total silencio, suspirando por lo bajo, oyendo a todas esas páginas susurrarle cuentos cortitos, frases de puntos suspensivos, finales felices. Y si cerraba los ojos, las palabras la envolvían y se la llevaban lejos, la convertían en la protagonista de todas y cada una de las aventuras por las que habían pasado esas páginas.
Y un día, estando ella quietita, sumergida en la más ardiente pasión, degustando cada una de las palabras que le acariciaban apenas los oídos, se le derretían en el fondo de la cabeza y le inundaba la boca de un dulce tibio y aterciopelado, la historia se terminó de a poquito, se apagó lentamente, y en un soplo de su respiración el cuaderno se abrió y sus hojas empezaron a correr hacia un lado, a aplastarse una sobre la otra, a gritar oraciones sin sentido, a tratar de armar un solo cuento que se se cortó de golpe e hizo silencio.
Sin poder creérselo, ella enderezó la colina en la que se había convertido su espalda, dejó que el galope de su respiración se detuviese y parpadeó un par de veces antes de darse cuenta de que el cuaderno se había callado, de que el silencio le aplastaba la cabeza, y que frente a ella había una página en blanco que de repente, en un solo, suave y clarísimo soplo le rogó «escribime».

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