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viernes, 26 de julio de 2013



Toda su vida la cama le quedó grande, enorme, le sobraba colchón más allá de los pies, podía hacer carpas de circo con las sábanas y montar espectáculos con la cantidad de osos que necesitaba para rellenar los huecos por los que se colaban el frío y las ganas.
Hecha un ovillo, con el cabello revuelto tapándole los oídos y las mejillas coloradas, dejaba al acolchado taparle la cabeza y aferrarse a su coronilla todas y cada una de las noches cuando se acostaba luego de apagar la luz. Se escondía del afuera oscuro y vacío, del nadie a su lado, de las siluetas imaginarias que bailaban en la penumbra nublada de sus ojos confundidos, de sus manos heladas, de su pequeña alma temblorosa. Escondía la carita apenas sonrosada en la almohada y se dormía enseguida, con la ilusión vacía y las pestañas húmedas.
Mas una noche se despertó de repente. Tardó una eternidad en acomodarse el camisón que le quedaba corto y se le enrollaba en la cintura, en rascarse los ojos hasta arrancarse una pestaña, en verse las manos en la oscuridad y en descorrerse el cabello de la cara y las sábanas de la cabeza. Dio una bocanada de aire frío, de noche de invierno, y se dio cuenta de que estaba en el borde de la cama; una nalga flotando, el cabello cayendo de su balcón en la torre, los pies al borde del abismo. Y cuando quiso volver a su huequito en el colchón, se chocó la nariz contra un muro enorme y blandito que, temblando de miedo, recorrió con sus ojos de caramelo derretido. Desde muy cerca se dio cuenta de que iba subiendo por el respirar de un pecho, el tragar de una garganta, el entrabierto de una boca y el mirar impaciente de un par de ojos que brillaba en la oscuridad. Se quedó sin aire y se le derrumbó el mundo cuando cayó en la cuenta de que tenía un gigante en la cama que la veía desde arriba y la hacía sentirse cada vez más chiquitita.
Bajo el revoltijo de frazadas deshilachadas su gigante doblaba las piernas y aun así tocaba el borde del colchón con los pies, la cabeza le hacía cosquillas a los dibujitos en el cabecero, tenía los brazos cruzados y estaba sumergido en su mar de sábanas sin que ella lo hubiese invitado, sin que supiese  cómo había pasado. Y así de inesperado fue también el tirón que la sumergió desde la cintura desnuda y la dejó aplastando la nariz contra todo ese pecho, y era tanta la fuerza que no pudo alejarse, por lo que se acurrucó ahí, compartiendo su huequito en el colchón, dejándose tragar por las sábanas, sumida en el sofoco que le provocaba tanto calor, tanto cuerpo de repente después de todas esas lunas de frío. Cerró los ojos, consciente de que ya no había cama que le sobrase.

sábado, 20 de julio de 2013

PEPINIERE I
EL BAÚL ROJO

Victoria apagó las luces y pasó el candado. Cerrado por hoy.
Sin embargo, adentro todavía brillaba un par de ojos. Estando en el baño el mundo se le oscureció y las puertas hicieron click en el silencio. El vacío que se apoderaba de todo y le tapaba los oídos era cada vez más grande y el vivero entero temblaba de frío con ella. Tragó en seco un par de veces antes de aventurarse al afuera detrás de la puerta a medio lijar; no se lavó las manos, se olvidó de qué lado dejó colgando el borde del papel higiénico, no podía verlo. Por las rendijas de la banderola torcida se colaba un silbido del viento que le contaba que estaba sola ahí.
Atravesó la cocinita con las tacitas todas alineadas y pegadas contra la pared y unas contra otras, como con miedo. El grifo de la bacha brillaba apenas con la luz que entraba por la ventana y le daba una idea de dónde ponía los pies. Cuando llegó a la sala de la mueblería suspiró con alivio, todo era un poco más claro.
Mas no tanto. La vidriera que le dejaba ver la galería, las plantas sacudiéndose con violencia, las mesitas solitarias y la ruta fantasmagórica del otro lado no la hicieron sentirse mejor. Prefirió dejar de mirar afuera, donde de tanto nadie podía hacerse un alguien. Rodó los ojos por entre los muebles dormidos y se acercó a las paredes, buscando entre los cuadros que ahora eran negros el interruptor que encendiera alguna de todas las lámparas que colgaban a la altura de su cabeza. Cuando completó la vuelta a la sala había perdido la cuenta de la cantidad de botones que apretó sin resultado, mas dio una segunda vuelta, por las dudas, y el último y más viejo interruptor hizo la luz en una de las lamparitas vidriadas de colores que colgaba del entrepiso. Se disparó un espectro disparejo y débil de colores entremezclados que apenas le alumbraba los dedos.
Después de un par de vueltas en torno a la fuente de luz que le acariciaba la barbilla, se le ocurrió que quizás encender un par de las velas no dañaría a nadie y no se sentiría tan sola, por lo que reunió un par en el centro de una de las mesas bajas de la sala y se sentó en el suelo frío, rodeada de almohadones plastificados y vacío por doquier.
Fijarse en el alrededor no la ayudaba, cerrar los ojos y escuchar el barullo que hacía el viento, tampoco. Tiritando, apartó la vista de la vidriera y enredó los ojos en las patas de las sillas altas, de los mesones, en las púas de los cactus, en los arabescos y las flores de los almohadones regados a sus pies cruzados como indio. Iba  acariciando con la vista las grietas del piso viejo sobre el que estaba sentada cuando se topó de repente con el baúl rojo a medio abrir y en la mitad del camino, iluminado por la luz que atravesaba la vidriera helada.
Observándolo, todo en ella se turbó, se revolvió. Los cajones parecieron abrir rendijas vacías y oscuras y el teléfono le susurraba cosas que no llegaba a discernir con claridad. El silencio hacía ruido que le apretaba los oídos y el baúl la llamaba por su nombre completo.
Se le secó la boca, se le desbocó el corazón. Las manos gélidas le temblaban con violencia, mas la carne le ardía con voracidad. No podía cerrar los ojos y no podía gritar, y el silencio crecía y la asfixiaba. Los puños apretados le rasguñaban las manos y tenía la mandíbula bajo presión.
Con las rodillas puntiagudas taconeó sigilosamente hasta el baúl y asomó apenas los ojos a la negrura de su interior. Parpadeó un par de veces que parecieron eternas, temblando de miedo sintió su espalda retorcerse en un suspiro que la recorrió desde la nuca y bajo la ropa, y se sintió desfallecer cuando, después de una vorágine de sacudones y asfixia, se encontró a sí misma acurrucada ahí adentro, apretándose las rodillas contra el alma intranquila y tiritando de frío, sola en la oscuridad, incapaz de mover un dedo, de quitarse el cabello enredado de la cara. Desesperada, había perdido la noción del tiempo, mas la mareaba el tic-tac del reloj colgado en alguna de las paredes de la sala. Todo parecía hablarle, susurrarle, gritarle. Todo se sacudía y la ensordecía. Hasta que dejó de escucharlo.
Y el baúl se cerró sobre su cabeza, y sus ojos cansados cayeron rendidos.

Victoria destrabó el candado y encendió las luces. Todas las lamparitas brillaron a la vez. Abrió las ventanas que chirriaron adormiladas y dejaron entrar aun más luz y un trazo del viento frío de esa mañana que empezaba algo nublada. Dio varias vueltas a la sala, abrió la cocina y volvió a revolotear entre los muebles.
De repente, se encontró con que todas las velas de colores estaban amontonadas en una de las mesas bajas, mas estaban intactas, por lo que se tomó su tiempo para acomodarlas. Después, volvió a la cocina, no sin antes cerrar la traba del baúl rojo.

sábado, 6 de julio de 2013

Obligatorio leer escuchando Passionflower


Era todo oscuridad, ceguera y frío en esa esquina. Las piernas entrelazadas en ella misma, el vestido añejo desgarrándose de a poquito como tela de araña, las mejillas grises y las manos que no podía llegar a verse. El silencio aturdía sus oídos y el mundo temblaba con ella. De sed tenía seca la boca y la lengua muy guardada en el fondo del alma. Sus pestañas juntaban polvo que, cuando suspiraba, salía volando como dientes de león despedazados.
Las perlas que guardaba en la boca le rechinaban como el techo que se encogía y se sacudía bajo las caricias violentas del viento y la respiración se le agitaba cada vez que la puerta amenazaba con abrirse. Moría, desfallecía en su rincón, en su oscuridad de espalda rota y ojos cerrados, mas no se creía capaz de arrastrarse hacia la luz, hacia el aire limpio, los espacios abiertos y la brisa frenética corriendo entre la ropa sucia y la piel ardiente.
Con las rodillas arañadas, daba vueltas en los tablones sobre los que dormía, respiraba y soñaba sus horas. El afuera era terror, ruido, agua hirviendo y piel latiendo; ella no era más que suspiros helados, labios quebrados y manos frías, mas tenía la cabecita llena de mariposas.
Se le iba la vida en ese miedo de ojos que no veían más allá de la punta de su nariz cuando la puerta se abrió de una sola sacudida. El rincón y los rincones se llenaron de luz, la oscuridad se secó y abrió por fin los ojos. Más allá del umbral del miedo y de la cerradura rota se extendía eso que realmente le generaba escalofríos, que la retraía y que la ataba a los tablones de su rincón: no veía ya el límite, el horizonte brillaba y el viento ya no chocaba, silbaba.
Se arrastró de a poquito, arrastrando las manos y taconeando con las rodillas, y cuando alcanzó el afuera, se dejó caer de boca en un salto de fe sobre el césped que vibraba en ámbar, sobre la tierra húmeda y caliente; sintió bailotear su vestido, la brisa ansiosa colándose por entre los huecos y desgarros, arrastrándose como una lengua hirviendo por sobre su piel que se coloreaba de rosa bajo el calor del sol. Se estremeció una y mil veces antes de intentar ponerse de pie, con las uñas aferradas a la tierra que latía bajo su peso, los huesos tintinéandole y la boca entreabierta de excitación. El cabello enmarañado se aferraba a la ilusión de brillar bajo esa luz ardiente mientras sus ojos pedían por favor no cerrarse.
Cuando el viento más fuerte sopló, ella clavó ambos pies en la tierra y levantó la cabeza. El resto de su cuerpo se elevó solo hasta que un paso tras otro iban viéndola correr por entre las flores que le acariciaban las piernas. Mirar directo al sol no le dolía, tragar aire le sonrojaba las mejillas, y su boquita entreabierta dejaba estirar las grietas arraigadas en sus labios en una sonrisa temblorosa.

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