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domingo, 7 de diciembre de 2008



"Yo puedo volar", se dijo una mañana mientras regaba las plantas del jardín del frente de su casona. Una casona vieja, que se venía abajo. Renegrida, de varios pisos, con vitrales y muebles cubiertos de polvo.
La mujer que vivía ahí, empequeñecida por una joroba, disminuida por tener una pierna más corta, caminaba por su casa con tres patas y un bolso colgando del hombro derecho.
"¿Estaré algo loca?" se preguntó una noche mientras se acostaba saludando a su marido acostado a su lado en la cama. (Cuando su marido hacía veinte años había fallecido de fiebre amarilla.)

Un día abrió la puerta de las escaleras de la terraza y sin darse cuenta ya estaba trepada en la baranda, como si en ello se le fuera la vida.
El viento le golpeó el rostro, le sacudió los pocos blancos cabellos y se le metió entre las arrugas del cuello. ¡Eso era libertad!
Pero la libertad le estaba costando horrores, le hacía doler los brazos y no podía seguir aferrándose a ella, por lo que se bajó de la baranda, como un pájaro rendido, y volvió al jardín, a seguir regando.

Algunos de los vecinos más jóvenes, esos ratones bélicos que no sabían lo que harían de su vida, la veían subir a la terraza todas las tardes, cuando el sol dejaba en penumbras la casona, para mirar el horizonte como si fuera una de las líneas para colgar la ropa. Luego la veían de nuevo en su jardín, una selva atestada de yuyos y plantas sin chiste, con cara de depresión, como si recién se enterase que a su perro lo había atropellado un auto. En esos momentos daba la impresión de ser un murciélago: estirándose en la húmeda oscuridad de su prisión, chillando de pena y para ella misma.
A las chismosas les daba pena y nada de qué hablar, los niños huían escandalizados o se atrevían a lanzar cosas que iban a parar escondidas entre las plantas, y los más grandecitos y audaces, amenazaban con entrar alguna vez y contaban historias que jamás podrían haber pasado.

Pero de todo esto la mujer no se enteraba. Para ella había un solo lugar que le llamaba la atención y no era su selvático jardín, ni su renegrida casona, ni la calle por la que corrían autos y niños: sólo quería llegar allá donde sabía que podía: esa línea anaranjada que veía todos los días desde el balcón de su casa.


Y un día pasó una pierna, luego la otra, por la baranda. Cuando se dio cuenta, estaba a un paso de salir a volar.
Y sus manos se soltaron, y sus zapatos bailaron ingrávidos en sus pies, y su mejor vestido, apolillado, ondeó. Volaba...
~
Son las 4 de la mañana. A mí estas cosas me salen cuando todos duermen, la ventana está abierta, el aire acondicionado zumba y hay poca luz. Y me gusta cómo quedan, para colmo.

miércoles, 3 de diciembre de 2008


Me miraba fijo. Agrandaba los ojos, parecía que iban a salirse de sus respectivas cuencas, y los relajaba. Jugaba con los músculos de su cara como si fueran los elásticos de su ropa interior: abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, apretaba la mandíbula y hacía saltar las venas azules en ese mar amarillento que era su cuello. Creo que hasta pudo levantar una ceja y mover la oreja izquierda.

Estaba sentada, enconrvada, con la cabeza ladeada hacia la derecha y ataviada en una túnica que no era ya blanca sino del mismo color huesudo que sus ojos secos. Tenía las piernas cruzadas como indio bajo una sábana celeste arrugada, olorosa, manchada de la comida insípida que se negaba a ingerir. Tenía los brazos flácidos a ambos lados de su flacucho cuerpo, enseñando esa piel de papel: amarillenta, arrugada. Tenía las muñecas, el dorso de las manos y la cara posterior de los codos llenos de pinchazos, pero ya no había agujas allí.

Las paredes eran color verde enfermera, la cama de barrotes de metal, la silla no tenía respaldo ni apoyabrazos (no, no era un banquito, era una silla sin respaldo ni apoyabrazos) y yo estaba sentado ahí. El techo era blanco y el piso de un repugnante color marrón (¡qué mala combinación de colores!).

Y si, ¡yo estaba sentado frente a ella! Veía su negro y desgrenado cabello sucio caer por sobre su hombro ¡y qué asco me daba! Tenía frente a mí su desgastada figura, pidiéndome auxilio. ¡Socorro!, gritaba yo. Estaba preso en aquella habitación de hospital (¿hospital o psiquiátrico?, ¿quién de los dos estaba realmente encerrado?) y era una tortura.

-¿Cómo estás? -le pregunté estúpidamente (el silencio me hace mal). Por un momento mantuve la boca abierta, viendo cómo ella no podía responder. Por vez primera me regocijé-. Yo estoy bien, cansado pero bien. Pero ¿sabés qué? -¿Qué? respondió en mi cabeza la voz de ella. Me asusté y me quedé callado. Sus ojos se abrieron como dos enormes platos, como los que mamá sacaba del aparador para la cena de año nuevo, y sus labios, secos y quebrados, empezaron a estirarse, la nariz se le arrugó, las mejillas retrocedieron y aparecieron pequeños ladrillos de marfil tintineando frente a mis ojos.

Cerré la mano izquierda con fuerza y me di cuenta de que ahí todavía estaba el pedazo de papel en el que me había puesto a escrbir cuando todavía estaba en casa. No me acordaba qué había estado escribiendo, pero es que tenía tanta bronca. Ella no podía sonreír, ella ya no sabía, ¡no sabía! Ella estaba loca y por eso estaba ahí donde estaba, como estaba: sucia, olorosa, olvidada.

Leí lo que tenía en el papel, no quería seguir viéndola.

Tragedia. Tragedia. Tragedia. Tragedia. Tragedia. Tragedia. Tragediatragediatragediatragediatragediatragedia.

Tragué duro. Pretendía salir de ahí y mis pasos se tragaron las baldosas que parecían bailar, reírse y restorcerse de la forma más sucia bajo mis pies, pero no contaba con parpadear y tener mis manos enroscadas en su cuello, mis ojos clavados en los suyos.

Pero ella seguía riendo y yo cada vez me enfadaba más, mis dedos apretaban más.

Los ojos empezaron a salírsele de las órbitas, inclusive parecían querer derramarse de las vasijas en las que estaban, la sonrisa se le deformó; no escuchaba sus ruegos mudos, no la veía descostillarse, y yo me reí. Reí tanto...

Como masa para galletitas de manteca su cuerpo se escurrió de mis manos y quedó aplastado en la cama. Con los ojos abiertos, los dientes asomados tras una desfigurada sonrisa, las manos tiesas, como garras filosas.

Tragediatragediatragedia.

Me escurrí entre el silencio, el verde enfermera y la gente. Nadie se dio cuenta.


Tragedia...








De vez en cuando, pienso cosas así. Un poquito gótico, tal vez, pero me encanta, sin M de Mc Donald's... (?)

Y el título me suena conicido

Ah, ¿si?... I write Sins, Not Tragedies; Panic! At The Disco.

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Buscando más de lo que puedo tener, aspirando a ser todo. ¿Quién me acompaña? (;

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