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domingo, 1 de mayo de 2011

Cuando una va en un colectivo al que le apagan las luces bajo el refusilar de la lluvia, generalmente en el asiento de al lado hay alguien que no tiene ganas de hablar, y ese lado de la ventanilla es más cómodo para perderse en una contemplación que no mira sino modelos de vestidos fuera de temporada, poesías releídas una y otra vez y tu carita perdiéndose en ese cuello al que le gusta refugiarte.
Entonces una piensa en conversaciones pasadas, en sucesos a la luz amarillenta de la cocina, y se acuerda de ese arrebato de duda. Vergüenza debería darle por no poder responder como ahora, que se hunde en ese parloteo imaginario donde dice que sí, que más de una vez estuvo segura de que, de la mano, iban a llegar lejos, lejos, tan lejos como se hunden en el agua espesa las luces de la ciudad triste que aparece de a poco bajo la curva del puente y del otro lado del río.
Y en eso llega a divagar sobre la idea de que no quiere apresurarse, pero que aún así le gustaría confirmar esa certeza de que sos el hombre de su vida, de que no puede verse encontrando algún otro alguien así para llenar el hueco que vos tenés en ella.
¿Sabés? Llegaste a encontrarle la vuelta a sus rizos, escarbaste en su piel e hiciste relucir a la luz del fuego de tus ojos los puntitos ciegos que la encienden de a poquito. Te metiste bajo sus cosquillas y te quedaste ahí, con una mano entibiando su corazón y la otra insistiendo en cuánto te gusta su cintura. Y así se reclama tuya en cuerpo y alma, trepada en su castillo de merengue rosa y detalles de nena que le quedan chicos.
Después de todo, una termina admitiendo que podés llegar a reconocer a tientas y en la oscuridad que le da miedo cada una de las vueltas de su cuerpo, y que a oídos sordos podés responder a tinta por ella cualquier cuestionario ya hecho a lápiz.
Y sus pensamientos vuelven al principio cuando las luces se encienden de nuevo.
Sí, los imagina llegando lejos, de acá a un par de años, más quizás, sin atreverse a dar números ni identidades, sabiendo que, aunque pareciera que hace varias eternidades se conocen y reconocen, apenas están a la mitad del principio.

Antes de bajarse, una deja un pie en el aire, cierra los ojos, y siente el cerrarse del molde en que fue envasada. Caminando a vos, tararea y susurra que son el uno para el otro, el uno por el otro, el uno del otro.

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