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viernes, 17 de diciembre de 2010

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que ya terminó el colegio y empieza la universidad y anda de novia.
A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar.
La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte.
Lo escribí y salió en el diario, y no me canso de pensarlo, de rogártelo.
Desde hace ocho años nos llevás a todas de la mano. No nos sueltes.

domingo, 24 de octubre de 2010


Escuchaba llover. ¡Ay, si!, escuchaba llover. ¡Y cómo llovía! Pero cada vez que sus pasos levantaban polvo y ecos de la alfombra, y las lagrañas de sus ojos de maquillaje derretido se asomaban al afuera tras los vidrios, veían radiar el sol más allá de nubarrones azulados que amenazaban con derramarse sobre los adoquines amohosados de la calle y los rosales podridos del patio trasero, pero nada sucedía.
Estaba sentada en el cuarto piso de esa casona de seis para ella, que era una sola, bajo el techo de pizarra que repiqueteaba, con la araña de bronce ahogada en telarañas de seda pendulando sobre la mugre de sus cabellos de avellana. Tenía la mirada clavada en los gimoteos de la alfombra enredada bajo sus piecitos blancos, y el fantasma del placard daba tumbos contra las cerraduras ciegas.
Cantaba las notas que las gotas de lluvia le arrancaban a sus oídos inocentes, y en la oscuridad de ese día sus dedos acariciaban y escarbaban en las grietas de las paredes, en el empapelado despegado, entre los zócalos deshechos.
A veces, cuando escuchaba llover por la noche, cuando la penumbra se adueñaba del fulgor del sol y las nubes se tornaban del rojo de las rosas que hacía meses se habían fugado de sus macetas, ella se enredaba en lo apolillado de sus sábanas y cantaba a pulmón herido.
Las malas lenguas, esas que se cortan con un poquito de azúcar y sangran con la verdad, cuchichean blasfemias cuando, a través de las ventanas limpias de la gente que se proclama común, se la ve danzando en la calle aburrida esas tardes grises en que los murciélagos pierden el sentido de la luz y la oscuridad y dan vueltas por sobre esa cabeza enmarañada de cabellos e ideas de las que no tiene consciecia.
Sus ojitos perdidos son el cementerio de los arcoiris después de cada diluvio, y sus manos resecas, el desierto al que van a morir los sedientos. La voz que ella ya no reconoce la tiene enamorada, y los pasillos que la escuchan cantar tiemblan y se doblegan a su paso.
Camina sola, baila sola y canta a los cuatro vientos bajo una lluvia que le gusta imaginar. Se le enriedan los dedos en el cabello, se le transparenta la ropa, se le amarillean los dientes, y nadie la ve cuando todos la miran ahí, mojada, en medio del palomar vacío y techado que ella reclama como suyo cuando su casa enorme le queda chica a su imaginación.
Encontrándose una tarde a mitad de la calle por la que los autos ausentes no se dignaban a esquivarla, los truenos entonaron para ella y a cuentagotas empezó a arreciar sobre la mugre que formaba lunares sobre sus pecas. Ella no se dio cuenta y por eso no bailó, no cantó, no giró descalza sobre el pavimento caliente, y recién cuando el sol salió y la lluvia se secó, el cerrarse de las puertas retumbó por toda la casa mientras ella, sola y divertida, ilusionada y enamorada, corría a la ventana porque escuchaba llover.

Yo también escucho llover a veces (:

domingo, 17 de octubre de 2010

Apología al peor de mis deseos, al más bondadoso de mis miedos. El título, de una de las Casidas de García Lorca~

Y aunque no lo viera pasar y estuviera clavada en medio de la nada, pensaba en él. Y desfiguraba a su alrededor la realidad buscándole la vuelta a las sonrisas que acompañaban sus hola cuando la encontraba postrada en un escalón como el mejor trono que su reinado puediera encontrar.
le gustaba acostarse pensando en que esa vez que se detuvo a esperar que ella le dijera que no iba a despedirse, de verdad esperaba un beso, una mano en el hombro como un mero reflejo, un nos vemos, porque otra cosa no respondía, y al no haber, ella se decía que lo dejaba deseando y se regocijaba en ello. O se le dibujaba una sonrisa de pensar en esa tarde de tiempo libre, payada y miradas fijas mientras ella intentaba perderse en el amarillo de las agrietadas hojas de un libro viejo, así como las manos de la abuela; él, sentado allá, la miraba estando acá, se fijaba en ella, al menos y, ¡ay!, a ella la dejó volando, suspirando, pidiéndole al cosmos un novio, intentando no ponerse exquisita al querer que quizás fuera él, que no fuera otro que él.
Pero a veces la duda encuentra el huequito por el que colarse, y en su cabecita de nubes y sueños dorados hay miles, así como se reproducen las ideas negativas, así como los cuestionamientos pudren los rosales en el patio y los brillos de las lámparas desnudas que cuelgan del techo envuelto en telarañas. Entonces llegan los intentos de querer convencer a una misma de que todo son puras fantasías que brillan en sus ojitos soñadores, que en realidad nadie la mira como a ella le parece, que los halagos son iguales para todas, porque su popularidad es infinita y él se las sabe todas, y todas saben de él, y ella odia que alguien así esté gustándole tanto. Y, como se decía, hilando pensamientos que poco tienen que ver pero que hablan de lo mismo, están también los intentos por olvidarse de cómo la hizo sentir aquel abrazo de brazos fríos y descubiertos que la hundieron en la tibieza de lágrimas que no iba a soltar porque siquiera sabía que estaban ahí, atadas, tendidas a tal punto que las clavijas que mantenían el rizo del registro de su cordura amenazaban con desatarse en un latigazo y terminaron por aflojar su risa, le soltaron el cabello y la sumergieron en el viento de una noche fría.
A él lo quiere, a él, y por ahora no va a atreverse a nadie más. Entonces, y por eso, a sus sueños recurre ese león manso que la rodea en silencio y no contesta cuando se le pregunta, y ella tiembla y le grita que quiere tocarlo, que quiere que la toque, que se siente adolescente de verdad ahora que imagina esas manos rápidas e intrépidas sobre sus jeans, sobre su juventud desgastada en él.
Puede estar mirando a través de los vidrios de la ventana, bajo el aire sobre el que está sentada en el balcón, hacia el arriba que su cabello no le deja ver, pero en realidad espera, espera sentada sola y aburrida, quiere que pase y agite su mano desde lejos para recién tener ganas de salir corriendo y demostrarle al mundo que es feliz, como esa noche.
Y no sabe si dudar, si creer que es verdad. Si dejarse llevar, si continuar soñando. La timidez no le deja hacer realidad las cosas de las que cree que es capaz, y la máscara que le pone a sus necesidades la está matando por un mano acariciando el cabello que se esmera en arreglar.
Quizás, esta noche se acueste a dormir y a llorarlo, sin animarse a sacar el violín del estuche para no acordarse de él, para olvidarse en su consciencia y reternerlo en sus sueños.
Tal vez, esta noche se quede dormida y mañana, cuando despierte a ver amanecer, le ruegue al universo que la acerque más a lo que esté deseando en ese momento, mientras el sol bosteza en anaranjados y violetas, y sus ojitos pestañean ante la luz que la obliga a sonreir.

Me aplaudo si algún día le encuentro sentido, me sonrojo porque sé que en un tiempo lo voy a odiar. Me pongo de rodillas ante el cosmos.

martes, 24 de agosto de 2010

Todo un trimestre (mucho, demasiado D: ) leyendo y analizando «Felicitas guerrero, la mujer más hermosa de la República» de Ana María Cabrera, y el último punto del trabajo consistía en una representación gráfica del pedacito de la novela que más nos haya gustado. Las manos para la gráfica no me dan, pero las palabras fluyeron solas (:



Fantasía brillante sobre una noche en el teatro


«Señorita Guerrero, tengo el honor de invitar a usted al Teatro Colón con motivo del estreno de mi obra ‘La América Libre’» resonaba en su cabecita de bucles castaños desde la velada de la buena nueva que no la dejaba dormir, y la tarjeta de invitación descansaba secretamente custodiada entre las páginas blancas de su diario íntimo con el aroma del papel recién impreso.

A sabiendas de que esa noche el teatro la esperaba con las puertas abiertas y con la noche cerniéndose sobre la blancura de su piel perfumada, la niña Felicitas acariciaba cada uno de sus rizos y pestañeaba lentamente ante la luna del espejo, sumida en la vehemencia del sueño a cumplirse. ¡Cuántas veces! había arrastrado la seda de sus vestidos frente a las puertas talladas, a las molduras de la fachada que escondían de la luz del sol la pana de las butacas, deseando encontrarse con el fulgor de la lámpara de gas, la imponencia de telón que ella imaginaba tan rojo como una divisa punzó, como los labios de las damas; quería oír el taconeo de los zapatos sobre el escenario y volverse invisible en la penumbra cuando las  luces escaparan y los rostros desconocidos proclamaran con voces inolvidables diálogos estudiados.

Al grito de “¡niña Felicitas!” que le tiraba de las orejas para que volviese a la realidad, para que se apurase en bajar, se echó una última mirada y, sonriendo, conquistó las calles que la vieron pasear, las baldosas que la sintieron caminar y la butaca en que se sentó. Las gasas de su túnica lila se derramaron entre los asientos de Martín y Bernabé, así como de sus ojitos se escurrió la maravilla con la que vio encenderse la lámpara de gas. Pudo ver todos y cada uno de los recovecos de las molduras que la rodeaban, mientras sus acompañantes la veían brillar con el esplendor de las mejillas sonrosadas, la boquita sonriente y los ojos acalorados.

Sobre su regazo, sus dedos blancos se retorcían de las ansias, y uno de sus zapatitos taconeaba, nervioso e inconsciente. Martín la vio ahí, a su lado, temblando en la agitación de un sueño que colgaba frente a ellos como el telón tan nuevo y pesado. Su mirada destejía los enredos de la fantasía que la rodeaba y no se percataba del movimiento que se desperezaba sobre el escenario. Entonces, el hombre a su lado rozó uno de sus hombros con intimidad contenida, y le sonrió al sobresalto que se pintó en las facciones de la niña que casi era su mujer.

Con el rebote de sus bucles, Felicitas se giró hacia los pasos de los actores y ya no supo de más nada ni nadie. Se sumergió en las palabras que habían salido de la pluma de Bernabé Demaría y revivió con pasión los sucesos que se vivieron allá, en la América Libre.

Los aplausos la despertaron del sopor de su alma y ensancharon su sonrisa. La multitud se puso de pie y la euforia que la rodeaba la llevó a las lágrimas.

Del brazo de Martín, Felicitas salió del Teatro Colón enjugando sus lágrimas en las puntillas de un pañuelo bordado, y haciendo destellar las perlas de sus dientes en una sonrisa se subió al carruaje que la llevó hasta su casa de la calle México, donde las sábanas limpias y perfumadas de su cama la esperaban, pero ella no podía dormir, ¡cómo dormir!, si el agitarse de su alma nunca quieta dejaba en claro que no podría cerrar los ojos, que la emoción y la alegría no le permitirían conciliar el más dulce de los sueños.

Después de horas de insomnio, cuando por su almohada se desparramaban sus rizos y sus ojos despiertos bostezaban, Felicitas cayó, sin darse cuenta, en brazos del sueño que la llevó a revolverse tan intranquila como estuvo su ser esa noche, murmurando con la boca entrecerrada una repetición barata e incompleta de lo que había oído esa noche y que no olvidaría jamás.
 

El título de «Fantasía brillante sobre» alude a la composición que un músico elabora a partir de la obra musical de alguna ópera que no le pertenece, tomándola e interpretándola a su gusto, bajo su inspiración y sin seguir cánones. Yo tomé un pedacito de novela que no me pertenece y me explayé a mi gusto (:

domingo, 25 de julio de 2010



Me tiemblan las manos y no es el frío, sé que no es el frío. Se sacuden esas puntitas de hielo, allá, adentro mío, y me acuerdo del calor de tu carita pálida, de tus labios quebrados pidiendo un segundo beso, de tus ojos profundos como un cielo sin luna, perdidos como un viajero sin estrellas, solitarios como un juego de cartas para uno.
Camino en la oscuridad de las teclas blancas que suenan en la negrura de mis pensamientos, me sacudo en la idea de tocarte con los callos de mis dedos hartos de grietas, y lloro en la lluvia que quisiera mojara los zapatos que no llevo.
La soledad de las alfombras persas me persigue, el dolor de las cortinas me roza con la sutileza que yo no tengo, la esclavitud de mil abuelas me grita desde una cama apolillada en la que mi cabeza ya no descansa, y el piano sabe algo que yo no sé.
Pero qué puedo hacer, si cuando te veo amagar con una palabra colgando de tu boquita ausente se me sacuden las rodillas. Desde antes de saber que te voy a ver, no puedo dejar de temblar, y escucharte es el orgasmo de mil sirenas, el placer de una flota entera, y yo soy un pirata más.
Bufar, suspirar, saber que estás ahí mientras yo espero. Te espero.
Que no sos fácil, ya lo sé. Que estás lejos, el frío me lo dice. Que me tengo lástima, en tus ojos lo veo, y mis manos huesudas en torno a tu cuello desprotegido de los tules que cubrieran mil piernas árabes quieren apretar cada vez más.
Boqueando, te veo lagrimear, pedir perdones que no te corresponden. Haciéndote daño es la única manera de olvidarme de lo que sufro yo cuando me ponés a temblar, y viéndote a los ojos mi pulso se vuelve incontrolable.
Tus ojitos hinchados se borran de mi cabeza sucia y me despierto sentado en la cocina que espera por un poco de detergente. En mis oídos resuena la melodía agudade tus llantitos nocturnos, y viéndome sobre el polvo que cubre los ventanales reparo en que te sigo esperando, en que sigo temblando.


Las divagaciones de una a estas horas~

sábado, 24 de julio de 2010

«Call me foolish, i feel hopeless. Running from lions never felt like such a mistake.Don't forget we've got unfinished bussiness, stories yet to unfold, tales that must be retold. And i regret not knowing where to put an end to all this madness.»

Es como para gritarla, llorarla. En el reproductor podían llenarse de polvo las demás, que ahora lo que sacudía su alma solitaria era el abrazo de una sinfonía que le gritaba sobre cuentos viejos, páginas amarillas, besos sucios y palabras pendientes.
Temblando de pánico, mordisqueando su inquietud, gritándole a sus adentros, cantando con lo que de alma sana le quedaba, buscando el calor de los brazos que en sueños lo consolaban, la música le golpeaba la cabeza y el silencio corría cuesta abajo por su columna encorvada sobre sus penas y locuras.
Sí, quiere y acepta las culpas de las que es libre, se queda queriendo más, deja ir sus esperanzas, se lanza a los leones sólo para saber que quiere escapar de ellos.
Cuando la canción termina, sus oídos se llenan del vacío que le provoca el despertar de un sueño en el que no oyó nada.




Running from Lions, by All Time Low

Cuando me anime, te cuento más~
por ahora, dejalo así (:

martes, 20 de julio de 2010



Una madrugada, abrumada y aburrida, decidí volcar mis porque sí al gótico de palabras que mi inconsciente me va dictando~



Caminando por un sendero destruido, sintiendo el mundo derrumbarse a sus pies, dejando que murieran bajo la sordera de sus oídos los murmullos que pedían auxilio, su cabellera se entregaba al enriedo y el alboroto del viento desesperado que se colaba entre sus piernas, que hacía bailar su vestido. Sus zapatitos negros brillaban bajo la mugre, y su rizada cabellera de un rojo fantasía era una llamarada que se evaporaba en el vacío de aquella ciudad pelada.
La nena de los bucles de fuego, del vestidito sucio, de los zapatitos sucios que le quedaban chicos, la nena que ya no era tan nena, lleva a todos lados su nariz de caramelo, sus mejillas coloradas, sus manitos desnudas y sus piernas largas. Temblando de frío, dejaba que el terciopelo renegrido de su piel pálida, antes rozagante como primavera en flor, se sacudiera con los sismos del mundo de los vivos.
Dejó atrás la mansión que se venía abajo, las alfombras persas deshilachadas, los sillones bordados en oro y esclavitud, las camas con doseles astillados, los ventanales opacos, los vitreaux abollados, los tapados apolillados y las frutas marchitas, para salir a andar por los senderos de una vida que se caía a pedazos, como un rompecabezas desarmado y armado a medias guardado en el placard, como una cascada, un alud de pobreza y muerte que se derretía bajo los brazos de la indiferencia.
Pero a ella qué le importaba, si no conocía a ninguno de los que la miraban pasar.
Arrastrándose cuesta abajo, dejándose caer por la colina del abandono, tironeando de los mechones de cabello que cubrían con despecho sus ojos anegados en maquillaje de segunda, llevó sus pasitos de nena inocente, de nena no tan nena, muy lejos de allí, esperando cualquier cosa menos más de lo mismo.
Con la ilusión a flor de piel, su vestidito flotante, sus zapatos sucios, sus pestañas enmarañadas, sus rizos de fantasía, acarreó consigo la indiferencia con que regaba las plantas que desde abajo observaban su caminar, y les dio de comer a las bocas que se abrían ante ella. Con el ego abierto como manzana partida al medio, con las lagrañas colgando de su mirada en seducción mode-on, se fue y no volteó.




Son las 5, y a esta hora puedo darme el lujo de decir que escribo. Lástima que no tenga que ser esto lo que debería que estar aflorando de mi cabecita~ :3

sábado, 3 de abril de 2010


Paz; nunca tuvimos paz, pero esa pseudo-tranquilidad que nos daban las calles silenciosas, las películas de comedia y los mediodías en familia se vio rota desde aquel desembarco desinteresado que pedía asilo y un pedazo de pan. Nadie quiso pensar que quizá nunca debimos haberlos dejado entrar, y mucho menos se animaron a echarlos; dejaron pasar el tiempo bajo un «ya vamos a ver qué pasa», y se tiraron a dormir la siesta. Yo sí pensé e intenté hacer a los demás pensar y rebelarse ante los extranjeros antes de que ocurriera lo que yo veía venir, pero me mandaron a callar.
Siempre fui una persona intuitiva, reaccionaba antes de tiempo a cosas que todavía no sucedían, y aquella no fue la excepción.
Una mañana muy temprano, cuando la noche se tornaba apenas celeste, cuando todavía siquiera era mañana, al puerto desvencijado y aburrido llegó una embarcación pequeña, pero tecnológicamente avanzada, toda una innovación. Los tripulantes se ganaron un descanso gratis en la posada del centro, y la fuerza no se fueron más. De a poco, empezaron a llegar más de los mismos, y al tiempo fueron suficientes como para reducir a una población desarmada, desprevenida y asustada.
Yo no los vi matar ni morir, pero sí los escuché desaparecer a mitad de la noche, entre alaridos, oscuridad, y los bramidos del mar que aplacaban los disparos. Tampoco vi cómo vaciaban y ocupaban casas ajenas ya sin dueño, pero sí los vi adentro, disfrutando de manjares podridos y música pirata.
Antes de que me vieran, yo me escondí; y cuando el encuentro fue inevitable, los obedecí, les seguí la corriente, me dejé hacer.
Hoy soy mártir de mi desoída intuición, y mi castigo es ver las casas vacías y derruidas, la bandera flameando con ese viento que una vez fue nuestro, las caritas de los nenes que tratan de memorizar plegarias en un idioma indescifrable, a dioses que ellos no conocen, mientras yo vago y lloro, perdido entre las calles que, tiempo atrás, besé como mías.
·


.~
La tarea de literatura, un relato expresivo sobre la invasión de una cultura a otra, como sucedió con la colonización en territorio precolombino.
Sólo en pequeñeces como esta puedo darme el lujo de decir que gusta hacer la tarea para el colegio ):

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