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lunes, 31 de octubre de 2011


Estábamos sentados en el suelo de baldosas rojas de la cocina de tu departamentito. Estuvimos ahí toda la tarde, agotando los temas sobre los que hablar, opinar y discutir hasta ponernos rojos y terminar riendo, porque ninguno de los dos podía verse bien con los ojos brillantes, las mejillas coloradas, los cabellos revueltos y la boca abierta a más no poder. Bueno, quizás yo no me viera bien, pero vos...
Ya era de noche, o por lo menos eso parecía, a seis pisos de altura sobre el suelo y las cabezas inocentes que caminaban calle abajo.
El pasillo entre la mesada y la pared que limitada la cocina dejaba tus jeans rozando mis zapatillas, tu espalda encorvada contra el anaranjado de la pared y tu carita viendo fijo hacia la mía. Una sola vez me quedé callado, sin saber qué decir, viendo la luz incidir con timidez sobre tus cabellos, tus pecas, tus hombros pálidos y tersos, y para sacarme de ese sopor me sonreíste. Desde ese momento empecé a callar más seguido sólo para verte sonreírme así, como si fuera sólo tuyo y tuvieses el derecho de reclamarme a mis adentros oscuros y turbados.
Hasta que, sin darme cuenta, ya hacían diez minutos de silencio y estábamos ahí, calladitos, escondidos en la oscuridad, como un par de nenes, ¿pero de quién nos escondíamos? Vos seguías sonriendo, divertida con la idea de que aún nadie nos encontrase, mientras que yo intentaba reflejar esa seguridad que vos irradiabas, muriendo por que alguien encendiese la luz al grito de "¡acá están!" a la vez que quería seguir ahí, acurrucado en el rincón.
Me da tanto miedo saber que vos podés ser quien abra la puerta, encienda la luz, me saque de los pelos de mi escondite y al verme a la cara me dejes ahí tirado, a plena luz, y salgas corriendo.
Sos perfecta. Me estremezco al verte ahora en la pseudo-penumbra a la que nos sometemos inconscientemente, con los ojos dando vueltas por la cocina, tus cabellos acompañando los ademanes de tus manitos blancas, tu sonrisa enternecedora al punto de hacerme sentir chiquito, y tu risita contagiosa, contándome sobre el conejo de Lil, sobre la pintura seca en los baldes blancos, diciéndome que está bueno estar en la oscuridad, que así no suma tanto la boleta de la luz y que conmigo cualquier pasillo brilla al final. Y yo sólo quiero llorar, derrumbarme solo y elegir que siquiera sepas de mí y así nunca te enteres de todo lo que me provocás.
-¿Por qué tan callado? -me preguntaste de repente, con la preocupación nadando en tus ojitos.
-Nada, estoy algo colgado hoy, perdoná -fue la única respuesta que pude darte y que para nada te convenció, pero intenté hacerla sonar despreocupada, con una sonrisa y un dedo largo acariciando el largo de tu nariz.
Te enderezaste, te acercaste un poquito más a mí y me miraste seria, escrutaste cada una de mis facciones y te quedaste ahí. Yo podía sentir tu respiración suavecita y tibia y por un momento me perdí en un beso que no te di; perdí la razón acercándome a tu boquita de cereza, degustando del aroma de tu piel mientras te enamoro de a poquito con caricias boca a boca, con los dedos enredados en tu cabello y tus bracitos rodeando mi cuello.
Te quiero así, perdida en la pasión de un beso, en mis brazos, sobre mis labios, aferrada a mí como si fuera la última orilla de tu amor náufrago, pero no puedo más que querer, más que amarte en silencio mientras te veo ir dando pasitos cortos a mi lado sin tomarme nunca de la mano.
Ahí vas vos, ese sueño hecho realidad por el que no quiero despertar y que yo dejo ir para no terminar perdiendo.

miércoles, 1 de junio de 2011



Vio una foto y se sintió estremecer. Vio la foto y quiso ser ella quien estuviera plasmada en esos blancos y negros, en los claros y los oscuros. Fijó los ojitos en la foto resplandeciente ante su nariz respingada y se puso a hablar con él.
Parloteaba, haciendo ademanes con sus manecitas blancas, sonriendo y frunciendo el ceño de a intervalos, soltando risotadas y haciendo pucheros graciosos; todo para agradarle, para hacerlo quedarse. Las órbitas de sus ojos grandes casi ni se apagaban, para no dejar en la oscuridad aquel momento congelado en papel, un papel tan amarillo como las manchas de humedad en las sábanas sucias que ya nadie se molestaba en lavar, pero no se atrevía a clavar sus ojos en ese acompañante, en su ropa, en su aroma, en los labios que se movían al compás de sus propios latidos.
Después de un rato, mientras las cortinas ondeaban en el anaranjado del atardecer, se dio cuenta de que había demasiado ruido, de que él no se callaba, ella tampoco, y no se escuchaba nada que no fuera el caer de las hojas de ese otoño tardío. Y entonces dijo:
-¿Sabés? No hay como algo así. -Le enseña la foto, la acaricia con la punta de su nariz, con esas pestañas largas que barren el aire de su habitación. -Los brazos enredados a tal punto de no saber cuál es de quién, pero sin importar. Piel a piel, cada centímetro hasta querer uno ser parte del otro. Y cuánto mejor si esa superficie ajena se entibiece, hierve al contacto y parece volverla a una más chiquita...
En ese momento hace una pausa, tira la cabeza hacia atrás, adelante, mira el techo, se pega una vuelta al rededor de su habitación y vuelve al discurso que le pone la piel de gallina:
-Y las manos no se cansan de escanear esa piel efeverscente, con la suavidad de las masitas de almidón, tersa y llana, sin imperfecciones, como una vista aérea del desierto. -Y mientras lo dice cierra sus ojazos de avellana, levanta un poquito el mentón, la nariz, y sonrie, embriagada de imaginación. -Pero cuando abrís los ojos te encontrás con un paraíso de galletitas con pepitas de chocolate, estrellas morenas que adornan el candor de esa piel, y saborearla a besos es poco decir, poco querer.
Sin quererlo, se sacude en un escalofrío y suelta un suspiro. Sus manos soltaron la foto; sus dientes, perlas añejas y brillantes, mordisquean las grietitas de sus labios, y sus cabellos se derraman por su espalda y acarician la seda de su vestido, el terciopelo del taburete sobre el que descansa. Mantiene los ojos cerrados hasta que se da cuenta de que le teme a la oscuridad de esa ceguera momentánea.
Entonces abre el par de castaños caramelos que una vez alguien habrá deseado saborear, esconder del resto del mundo, y mira a su alrededor.
La ventana está abierta, la gasa de las cortinas ondea con el mínimo de brisa que ensucia las calles con las hojas sueltas; todavía no encendió ninguna luz, mientras el sol se arrastra hacia abajo, dejándola en la penumbra que la aterroriza dentro de ese caserón, y él no está con ella. Pero en esa enorme y solitaria mansión, en esa oscuridad, a su cabecita regresa un atisbo de luz y admite que cualquier cosa a su alrededor puede ser real, menos él, que vive con ella porque está en ella cuando ella no está.

domingo, 1 de mayo de 2011

Cuando una va en un colectivo al que le apagan las luces bajo el refusilar de la lluvia, generalmente en el asiento de al lado hay alguien que no tiene ganas de hablar, y ese lado de la ventanilla es más cómodo para perderse en una contemplación que no mira sino modelos de vestidos fuera de temporada, poesías releídas una y otra vez y tu carita perdiéndose en ese cuello al que le gusta refugiarte.
Entonces una piensa en conversaciones pasadas, en sucesos a la luz amarillenta de la cocina, y se acuerda de ese arrebato de duda. Vergüenza debería darle por no poder responder como ahora, que se hunde en ese parloteo imaginario donde dice que sí, que más de una vez estuvo segura de que, de la mano, iban a llegar lejos, lejos, tan lejos como se hunden en el agua espesa las luces de la ciudad triste que aparece de a poco bajo la curva del puente y del otro lado del río.
Y en eso llega a divagar sobre la idea de que no quiere apresurarse, pero que aún así le gustaría confirmar esa certeza de que sos el hombre de su vida, de que no puede verse encontrando algún otro alguien así para llenar el hueco que vos tenés en ella.
¿Sabés? Llegaste a encontrarle la vuelta a sus rizos, escarbaste en su piel e hiciste relucir a la luz del fuego de tus ojos los puntitos ciegos que la encienden de a poquito. Te metiste bajo sus cosquillas y te quedaste ahí, con una mano entibiando su corazón y la otra insistiendo en cuánto te gusta su cintura. Y así se reclama tuya en cuerpo y alma, trepada en su castillo de merengue rosa y detalles de nena que le quedan chicos.
Después de todo, una termina admitiendo que podés llegar a reconocer a tientas y en la oscuridad que le da miedo cada una de las vueltas de su cuerpo, y que a oídos sordos podés responder a tinta por ella cualquier cuestionario ya hecho a lápiz.
Y sus pensamientos vuelven al principio cuando las luces se encienden de nuevo.
Sí, los imagina llegando lejos, de acá a un par de años, más quizás, sin atreverse a dar números ni identidades, sabiendo que, aunque pareciera que hace varias eternidades se conocen y reconocen, apenas están a la mitad del principio.

Antes de bajarse, una deja un pie en el aire, cierra los ojos, y siente el cerrarse del molde en que fue envasada. Caminando a vos, tararea y susurra que son el uno para el otro, el uno por el otro, el uno del otro.

viernes, 25 de marzo de 2011

"Quedate conmigo" me pidió ella esa noche nublada y húmeda en que la lluvia que ahogaba mis penas y sus ganas se estaba haciendo rogar. Y la vereda hirviente, sus ojitos brillantes, la puerta entreabierta, el universo entero que latía sobre su boquita pintada y en mis oídos me pedía que me quedara.
Pero yo le solté las manitos tibias, abracé su carita helada entre mis dedos, le besé los párpados, la punta de la nariz, los labios y me retiré, caminando entre el polvo que se levantaba silencioso en esa noche vacía. Escuché cerrarse su puerta barnizada en sol y miradas melancólicas y creí sentir en mi pecho el retumbar de sus pasitos subiendo descalzos las escaleras, mas solo cuando mis manos se pusieron a temblar al pulso de sus sollozos, volví corriendo y me colgué de la celosía de sus ventanas, de esas cortinas translúcidas que tantas veces velaron de la curiosidad ajena nuestros cuerpos enredados, nuestras manos entrelazadas y sus expresiones inconfundibles hasta en la penumbra.
Bajo la luna creciente de ese raro abril trepé un par de pisos hasta hasta encontrarme con la escena de sus manos despojando su cuerpo del vestido que rozaba con afano la suavidad de su piel incandescente. Con los ojitos cerrados se escondía de la oscuridad de las persianas abiertas y no me veía viéndola, no reparaba en mis ojos acariciándola, en mi boca deseándola.
Sumergida en las luces apagadas su desnudez brillaba y yo me embriagaba de solo imaginarla derritiéndose entre mis dedos y sobre la almohada, pero no podía hacer más que detenerme a deleitarme con ella ahí, así, entregada a mí sin saberlo, deseando y fantaseando con la idea de tenerme espiándola mientras su cuerpo se desvestía de las cintas y el broderie con la parsimonia de su alma de nena enamorada.
Pero de repente reparé en sus mejillas saladas, en las lágrimas que resbalaban por su palidez como los restos de esas estrellas fugaces que el cielo se empeñaba en ocultar, y me vi preso de una congoja inexplicable en la que ella se volvía cada vez más chiquita y caminaba hacia atrás, alejándose de las palmas de estas manos que se marchitan en las ganas de rodearla.
Mi respiración fue volviéndose más pesada y mis suspiros entibiaron en aire dulce que giraba a su alrededor, y ella se dio cuenta, pero sacudió la cabeza, agitó la cabellera por la que resbalaban sus ideas, y se dijo que era todo producto de su imaginación, de sus ansias inquietas, de sus ganas de mí.
Y de repente todo el mundo calló, sobre la tierra seca se estrelló el silencio que le regaló al universo el sonido de sus manos acariciando su piel mientras por su garganta resbalaban las lágrimas y los suspiros ahogados. Se sumergió solita y asustada en sus caricias mientras de su piel despertaba ese mar avainillado que embotaba mis sentidos inclusive a la distancia.
Me olvidé de hacer pasar el tiempo, los relojes empezaron a girar hacia atrás, y cuando quise darme cuenta, ella estaba plácidamente dormida sobre las sábanas blancas que se confundían con la frescura de su piel.
Y entonces, cuando ya solo me tocaba velar sus sueños, reforcé mi agarre y, sin que lo supiera más que en su imaginación, le dije que sí, que me quedaba con ella, acariciándola a través de esas persianas abiertas.

martes, 1 de febrero de 2011

Sobre mi cadáver, que de exquisito se derrite entre tus dedos. Corriendo río abajo por lo pedregoso de un camino calficicado y puntiagudo. Rizos de sol naciente dejan que su manto blanco caiga y se derrame sobre las sábanas; un par de médanos tersos, tiernos, esponjosos le dan su debido fin.
Detrás del par de montes que como un espejo reflejan una simetría perfecta se esconden el sol y la luna, que brillan con el mismo fulgor de la arena de la playa.
Una rampa por la que caen en un desliz tibio, inconscientes, las motitas de lluvia, las gotitas de chocolate, los besos incansables e irrepetibles, los escalofríos que generan las manos ajenas.
Y suben, y bajan, y escarban. Y ante las palmas hirvientes se moldea en frío una figura que tienta a abrazar, mientras entre los huesos que se doblan y desdoblan suena una melodía que huele al tintineo de las llaves de casa.
Es una imagen muda, que vale más de mil palabras que nunca se dicen, porque con los ojos se queman, porque los ojos queman, al igual que el sol que entra por la ventana y la ilumina de lleno estando ahí, acariciada por las sábanas, sumida en el más bendito éxtasis, en esa profunda pasión de un cuerpo que destila sensualidad y sosiego puro, plácido.
Y se estremece cuando, uno a uno, dedos ajenos se sumergen en el surco que la atraviesa de norte a sur, nace y muere en un caudal de placer que se evapora y flota en el aire a su alrededor.
De comienzo a fin mi espalda desnuda es tu perdición, la arena de ese desierto donde muere tu lengua sedienta, donde tus manos escarban sin llegar nunca al otro lado, ahí donde tus ojos se resecan sin cansarse de ver jamás. Tus huellas se vuelven imborrables, y los suspiros que agitan los vientos son el oasis donde descansa tu imaginación.
De ahora en más, como nunca y hasta siempre, qué más vas a querer que perderte y no volver a encontrarte, sumergirte sin esperar no ahogarte en mi espalda desnuda.


El éxtasis de mi imaginación corriendo por ahí donde no yo, sino vos podés ver~

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