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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Estaba en la oscuridad hablándole de los abrazos en los que soñaba poder sumergirse, enterrarse, de los besos en los que quería ahogarse, de las ganas de él que  surgía a través de todos y cada uno de sus poros.
Daba vueltas, iba y venía, cada uno estaba tan en la suya y tan en el otro. La luz de la pantalla y los píxeles latiendo ante sus ojos eran toda la cercanía que conseguían a través del río que les corría por en medio.
-Aquí estoy -le dijo, despertando de algun pequeño insomnio, temblando de ansias.
-Y yo aquí, tan estúpidamente lejos. -Y se le encogió el corazón, le tintineó el alma, perdió su carita entre sus manos heladas.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

La sonrisa se le deformó, no escuchaba sus ruegos mudos, no la veía descostillarse, y yo me reí, me reí tanto.
Hoy soy mártir de mi desoída intuición mientras vago y lloro, perdido entre las calles que, tiempo atrás, besé como mías.
De tus labios quebrados pidiendo un segundo beso.
Y escucharte es el orgasmo de mil sirenas, el placer de una flota entera.
Y sus manos resecas, el desierto al que van a morir los sedientos.
Sobre mi cadáver, que de exquisito se derrite entre tus dedos.
Sobre la tierra seca se estrelló el silencio que le regaló al universo el sonido de sus manos acariciando su piel.
Y saborearla a besos es poco decir, poco querer.
La lumbre de su piel se paseaba en la oscuridad cuando la atacaba el insomnio.
Los pies descalzos, el cabello más largo, la mirada un poquito más triste, las lágrimas a flor de piel.
Lo besó como nunca; la pared a su espalda también lo besó, la valija le quemó y la soltó, y su boca ardió en un gemido.
El afuera era terror, ruido, agua hirviendo y piel latiendo.
Una nalga flotando, el cabello cayendo de su balcón en la torre, los pies al borde del abismo.
Odiaba ese río en el medio, odiaba las catorce canciones de distancia.




Y no por ser un cadáver significa que esté muerto. Son cinco años de darle vida a mis depresiones, a mis profundidades, a las palabras que me veo obligada a tragar, y de ayudarme a gritar más fuerte. Soy yo a través de los años, a través de mi historia, y no le pongo punto final porque no se termina acá.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Los segundos, los minutos, las horas enteras eran bucles que daban saltos y se detenían de a ratos. El afuera corría a la velocidad de la luz que tenían apagada de este lado de la ventana y las cortinas apenas se atrevían a susurrar cuando la veían cerrar los ojos. A veces parecían dormir cada uno detrás de sus párpados, otras, se dormían en los ojos ajenos.
Todo el resto eran enriedos. Dedos ya incontables, sábanas en caída libre, pies helados e hirvientes, cabello en el que sumergirse, al que aferrarse, en el que ahogarse, en el que perder las manos. Y en la oscuridad, una sonrisa soñolienta que se esconde tras las puertas cerradas, bajo las sábanas, entre los dientes.
La vuelta era la parte más difícil. Cada vez más tarde, pero eso no importaba. Cada vez más frío, y eso tampoco importaba en absoluto. Cualquier cosa pasaba volando por sobre su cabecita mágicamente peinada si tenía la nariz apretada a presión a la mitad de ese pecho como una muralla de la que podía colgarse si estiraba los bracitos y se paraba de puntitas. Y si al instante caía al suelo, no tenía más que hacer que dejarse abrazar, asfixiar y enloquecer en suspiros de aire caliente.
La vuelta era la parte más difícil porque de golpe se le enfriaban las manos, sus mejillas se volvían pálidas de nuevo, se le secaba la boca y nadie podía responder a esa sonrisa indeleble de ojos adormecidos.
Loquita, con el cabello apenas desordenado, con la ropa estirada y alguna puntita fuera de lugar, con los dientes mordisqueando un labio partido y ruborizado, con la piel latiendo afiebrada y en sus oídos resonando un martilleo frenético, apoyaba la frente en la puerta mientras giraba la llave en la cerradura que la ponía un paso más adentro, un poco más lejos.
Loquita y temblando de ira se resistía a caer de rodillas. Odiaba ese río en el medio, odiaba las ruedas del colectivo, odiaba los lapsos de incomunicación, odiaba las camas demás, odiaba las catorce canciones de distancia.
Y loquita y sumida en un estado de sopor en el que a cada escalón el aire se enfriaba un poquito más, robándole el calor a sus orejas coloradas, de repente se encontraba ataviada en sábanas en las que podía jurar olfateaba un remanente de su escencia, encontraba uno que otro cabello dando vueltas entre los suyos y recordaba la sensación de esas manazas irrumpiendo bajo su ropa, violentando todos y cada uno de sus recovecos, robándole sus mejores suspiros.
Y cerraba los ojos y se recordaba envueltos en lunares, escondidos en ese techo bajo el que reposan otras cabezas, dormidos en ese cielo donde no existe nadie más, donde ella duerme lejos de la oscuridad que se la traga, donde su gigante la ata a sí, la resguarda de lo que se le ocurra, y se desmaya para siempre hasta que despertar sea un deber ineludible.
Es entonces que repara en que el sueño es inconcebible con la cama fría y desolada, y que apenas lo piensa, gigante y tibio y capaz de envolverla entera a ella, loquita y chiquitita, y la piel se le estremece, los ojitos se le cierran, su boca triste se sonríe de cualquier forma y automáticamente se pregunta que qué va a hacer, qué va a hacer, qué va a hacer.
Loquita y enredada en las sábanas se abraza sola, suspira y quiere hundirse en la almohada. Loquita y con los ojos a punto de estallar pretende ahogarse en el colchón que le gusta compartir. Loquita y muerta de sueño se deja arrastrar hecha un ovillo y que de ella sea lo que el destino quiera.






Perdí.

domingo, 4 de agosto de 2013


Me tiemblan las manos y no puedo escribir, no puedo. Los números al revés en el polvo pegado al suelo helado, los susurros cegando mis oídos sangrantes. Noches eternas sin poder pestañear, sin poder pegar los párpados ya sin pestañas, ¡me las arranqué todas!
Sus voces, esas voces como lenguas embebidas que se arrastran bajo mis harapos, sobre la mugre de mi piel, violentando mis recovecos y sacudiendo mis entrañas. Voces putrefactas que guían mis pasos en las tinieblas, sobre el entablonado rechinante, entre las sombras que se arrastran y se enredan en los callos de estos pies sin dedos, ¡me los arranqué todos, ajajajajajajaja!
Y de repente ella me dice "ahora quiero tus dientes... uno... uno por uno", y mi corazón errante castañea, me tiemblan las rodillas, mi cabeza le da un beso a los garabatos arañados en el piso y quiero aire, necesito aire, se me quiebran y me sangran los labios.
Su figurita sensual merodea a mis alrededores y mete sus deditos sucios en mi boca, me acaricia las caries, me araña la lengua y me ruega por favor.
Y lloro ácido y ahí van. Uno... dos, argh... ¡tres!


Tercer capítulo del cuento de la segunda performática del laboratoio de narrativa noise de Los Cenobitas.
3·8·2013

viernes, 26 de julio de 2013



Toda su vida la cama le quedó grande, enorme, le sobraba colchón más allá de los pies, podía hacer carpas de circo con las sábanas y montar espectáculos con la cantidad de osos que necesitaba para rellenar los huecos por los que se colaban el frío y las ganas.
Hecha un ovillo, con el cabello revuelto tapándole los oídos y las mejillas coloradas, dejaba al acolchado taparle la cabeza y aferrarse a su coronilla todas y cada una de las noches cuando se acostaba luego de apagar la luz. Se escondía del afuera oscuro y vacío, del nadie a su lado, de las siluetas imaginarias que bailaban en la penumbra nublada de sus ojos confundidos, de sus manos heladas, de su pequeña alma temblorosa. Escondía la carita apenas sonrosada en la almohada y se dormía enseguida, con la ilusión vacía y las pestañas húmedas.
Mas una noche se despertó de repente. Tardó una eternidad en acomodarse el camisón que le quedaba corto y se le enrollaba en la cintura, en rascarse los ojos hasta arrancarse una pestaña, en verse las manos en la oscuridad y en descorrerse el cabello de la cara y las sábanas de la cabeza. Dio una bocanada de aire frío, de noche de invierno, y se dio cuenta de que estaba en el borde de la cama; una nalga flotando, el cabello cayendo de su balcón en la torre, los pies al borde del abismo. Y cuando quiso volver a su huequito en el colchón, se chocó la nariz contra un muro enorme y blandito que, temblando de miedo, recorrió con sus ojos de caramelo derretido. Desde muy cerca se dio cuenta de que iba subiendo por el respirar de un pecho, el tragar de una garganta, el entrabierto de una boca y el mirar impaciente de un par de ojos que brillaba en la oscuridad. Se quedó sin aire y se le derrumbó el mundo cuando cayó en la cuenta de que tenía un gigante en la cama que la veía desde arriba y la hacía sentirse cada vez más chiquitita.
Bajo el revoltijo de frazadas deshilachadas su gigante doblaba las piernas y aun así tocaba el borde del colchón con los pies, la cabeza le hacía cosquillas a los dibujitos en el cabecero, tenía los brazos cruzados y estaba sumergido en su mar de sábanas sin que ella lo hubiese invitado, sin que supiese  cómo había pasado. Y así de inesperado fue también el tirón que la sumergió desde la cintura desnuda y la dejó aplastando la nariz contra todo ese pecho, y era tanta la fuerza que no pudo alejarse, por lo que se acurrucó ahí, compartiendo su huequito en el colchón, dejándose tragar por las sábanas, sumida en el sofoco que le provocaba tanto calor, tanto cuerpo de repente después de todas esas lunas de frío. Cerró los ojos, consciente de que ya no había cama que le sobrase.

sábado, 20 de julio de 2013

PEPINIERE I
EL BAÚL ROJO

Victoria apagó las luces y pasó el candado. Cerrado por hoy.
Sin embargo, adentro todavía brillaba un par de ojos. Estando en el baño el mundo se le oscureció y las puertas hicieron click en el silencio. El vacío que se apoderaba de todo y le tapaba los oídos era cada vez más grande y el vivero entero temblaba de frío con ella. Tragó en seco un par de veces antes de aventurarse al afuera detrás de la puerta a medio lijar; no se lavó las manos, se olvidó de qué lado dejó colgando el borde del papel higiénico, no podía verlo. Por las rendijas de la banderola torcida se colaba un silbido del viento que le contaba que estaba sola ahí.
Atravesó la cocinita con las tacitas todas alineadas y pegadas contra la pared y unas contra otras, como con miedo. El grifo de la bacha brillaba apenas con la luz que entraba por la ventana y le daba una idea de dónde ponía los pies. Cuando llegó a la sala de la mueblería suspiró con alivio, todo era un poco más claro.
Mas no tanto. La vidriera que le dejaba ver la galería, las plantas sacudiéndose con violencia, las mesitas solitarias y la ruta fantasmagórica del otro lado no la hicieron sentirse mejor. Prefirió dejar de mirar afuera, donde de tanto nadie podía hacerse un alguien. Rodó los ojos por entre los muebles dormidos y se acercó a las paredes, buscando entre los cuadros que ahora eran negros el interruptor que encendiera alguna de todas las lámparas que colgaban a la altura de su cabeza. Cuando completó la vuelta a la sala había perdido la cuenta de la cantidad de botones que apretó sin resultado, mas dio una segunda vuelta, por las dudas, y el último y más viejo interruptor hizo la luz en una de las lamparitas vidriadas de colores que colgaba del entrepiso. Se disparó un espectro disparejo y débil de colores entremezclados que apenas le alumbraba los dedos.
Después de un par de vueltas en torno a la fuente de luz que le acariciaba la barbilla, se le ocurrió que quizás encender un par de las velas no dañaría a nadie y no se sentiría tan sola, por lo que reunió un par en el centro de una de las mesas bajas de la sala y se sentó en el suelo frío, rodeada de almohadones plastificados y vacío por doquier.
Fijarse en el alrededor no la ayudaba, cerrar los ojos y escuchar el barullo que hacía el viento, tampoco. Tiritando, apartó la vista de la vidriera y enredó los ojos en las patas de las sillas altas, de los mesones, en las púas de los cactus, en los arabescos y las flores de los almohadones regados a sus pies cruzados como indio. Iba  acariciando con la vista las grietas del piso viejo sobre el que estaba sentada cuando se topó de repente con el baúl rojo a medio abrir y en la mitad del camino, iluminado por la luz que atravesaba la vidriera helada.
Observándolo, todo en ella se turbó, se revolvió. Los cajones parecieron abrir rendijas vacías y oscuras y el teléfono le susurraba cosas que no llegaba a discernir con claridad. El silencio hacía ruido que le apretaba los oídos y el baúl la llamaba por su nombre completo.
Se le secó la boca, se le desbocó el corazón. Las manos gélidas le temblaban con violencia, mas la carne le ardía con voracidad. No podía cerrar los ojos y no podía gritar, y el silencio crecía y la asfixiaba. Los puños apretados le rasguñaban las manos y tenía la mandíbula bajo presión.
Con las rodillas puntiagudas taconeó sigilosamente hasta el baúl y asomó apenas los ojos a la negrura de su interior. Parpadeó un par de veces que parecieron eternas, temblando de miedo sintió su espalda retorcerse en un suspiro que la recorrió desde la nuca y bajo la ropa, y se sintió desfallecer cuando, después de una vorágine de sacudones y asfixia, se encontró a sí misma acurrucada ahí adentro, apretándose las rodillas contra el alma intranquila y tiritando de frío, sola en la oscuridad, incapaz de mover un dedo, de quitarse el cabello enredado de la cara. Desesperada, había perdido la noción del tiempo, mas la mareaba el tic-tac del reloj colgado en alguna de las paredes de la sala. Todo parecía hablarle, susurrarle, gritarle. Todo se sacudía y la ensordecía. Hasta que dejó de escucharlo.
Y el baúl se cerró sobre su cabeza, y sus ojos cansados cayeron rendidos.

Victoria destrabó el candado y encendió las luces. Todas las lamparitas brillaron a la vez. Abrió las ventanas que chirriaron adormiladas y dejaron entrar aun más luz y un trazo del viento frío de esa mañana que empezaba algo nublada. Dio varias vueltas a la sala, abrió la cocina y volvió a revolotear entre los muebles.
De repente, se encontró con que todas las velas de colores estaban amontonadas en una de las mesas bajas, mas estaban intactas, por lo que se tomó su tiempo para acomodarlas. Después, volvió a la cocina, no sin antes cerrar la traba del baúl rojo.

sábado, 6 de julio de 2013

Obligatorio leer escuchando Passionflower


Era todo oscuridad, ceguera y frío en esa esquina. Las piernas entrelazadas en ella misma, el vestido añejo desgarrándose de a poquito como tela de araña, las mejillas grises y las manos que no podía llegar a verse. El silencio aturdía sus oídos y el mundo temblaba con ella. De sed tenía seca la boca y la lengua muy guardada en el fondo del alma. Sus pestañas juntaban polvo que, cuando suspiraba, salía volando como dientes de león despedazados.
Las perlas que guardaba en la boca le rechinaban como el techo que se encogía y se sacudía bajo las caricias violentas del viento y la respiración se le agitaba cada vez que la puerta amenazaba con abrirse. Moría, desfallecía en su rincón, en su oscuridad de espalda rota y ojos cerrados, mas no se creía capaz de arrastrarse hacia la luz, hacia el aire limpio, los espacios abiertos y la brisa frenética corriendo entre la ropa sucia y la piel ardiente.
Con las rodillas arañadas, daba vueltas en los tablones sobre los que dormía, respiraba y soñaba sus horas. El afuera era terror, ruido, agua hirviendo y piel latiendo; ella no era más que suspiros helados, labios quebrados y manos frías, mas tenía la cabecita llena de mariposas.
Se le iba la vida en ese miedo de ojos que no veían más allá de la punta de su nariz cuando la puerta se abrió de una sola sacudida. El rincón y los rincones se llenaron de luz, la oscuridad se secó y abrió por fin los ojos. Más allá del umbral del miedo y de la cerradura rota se extendía eso que realmente le generaba escalofríos, que la retraía y que la ataba a los tablones de su rincón: no veía ya el límite, el horizonte brillaba y el viento ya no chocaba, silbaba.
Se arrastró de a poquito, arrastrando las manos y taconeando con las rodillas, y cuando alcanzó el afuera, se dejó caer de boca en un salto de fe sobre el césped que vibraba en ámbar, sobre la tierra húmeda y caliente; sintió bailotear su vestido, la brisa ansiosa colándose por entre los huecos y desgarros, arrastrándose como una lengua hirviendo por sobre su piel que se coloreaba de rosa bajo el calor del sol. Se estremeció una y mil veces antes de intentar ponerse de pie, con las uñas aferradas a la tierra que latía bajo su peso, los huesos tintinéandole y la boca entreabierta de excitación. El cabello enmarañado se aferraba a la ilusión de brillar bajo esa luz ardiente mientras sus ojos pedían por favor no cerrarse.
Cuando el viento más fuerte sopló, ella clavó ambos pies en la tierra y levantó la cabeza. El resto de su cuerpo se elevó solo hasta que un paso tras otro iban viéndola correr por entre las flores que le acariciaban las piernas. Mirar directo al sol no le dolía, tragar aire le sonrojaba las mejillas, y su boquita entreabierta dejaba estirar las grietas arraigadas en sus labios en una sonrisa temblorosa.

viernes, 21 de junio de 2013


Había caminos en su piel y con un dedito tembloroso e hirviente ella los recorría ida y vuelta. Suspiraba en silencio y de vez en cuando frenaba de a poquito y esperaba sentir latir la tierra bajo sus pies.
Respiraba penas y no se daba cuenta, y le ardía la cara. Todos los caminos se bifurcaban y se perdían en algún punto, pero ella volvía a empezar, nada tenía para perder.
El sol plateado brillaba del otro lado y a la mitad de cada recorrido se le entibiaban más los pies.
De vez en cuando, el aire vibraba y le hablaba en susurros, en el idioma de los árboles, y la hacía temblar, y otras veces a ella le daba por acariciar su alma de artista y le pintaba lunares por doquier.
Caminaba a ciegas, aturdida en el calor que su piel embelesada generaba y que le embotaba los sentidos. Más de una vez se tentó a caer de rodillas, a aferrarse con uñas y dientes a la tierra sobre la que caminaba perdida, sin rumbo, pero disfrutando de cada paso, ardiendo en el proceso, queriendo enterrarse, revolcarse, fundirse y no poder salir nunca más.
De repente se encontró dormida, helando sobre el suelo en llamas que la sostenía con indiferencia; se abrazó sola y gimió por cobijo, en silencio apretó los ojitos y rogó que la tierra que respiraba bajo su piel la rodeara y le quitara el aire, y en el sopor de ese ensueño sintió que un beso le consumía la carne y le devolvía el alma a ese cuerpo febril que se iba despertando de a poco.
En la oscuridad brillaron sus ojos, sus manos, sus pies y los caminos que a lo lejos adelgazaban. El silencio le apretaba los oídos y el calor la asfixiaba. De rodillas, iba palpando con las manos esa tierra que latía, y cuando sobrevinieron las lágrimas, la apertura de un abismo la sacudió.
Abrió los ojos y se encontró acalorada, agitada, sumergida en un infierno ardiente, mas no se movió, dejó la vista pegada al techo en penumbras, las manos blancas e hirvientes engarrotadas en las sábanas, el cabello desparramado sobre su rostro, la respiración agitada, el corazón desbocado, la piel en llamas, la boca en ese beso que se la había tragado, y deseó volver a enterrarse en la tierra latente de esos caminos.

domingo, 16 de junio de 2013

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que es feliz entre mucha gente, que va a la universidad, que maduró muchísimo pero todavía guarda a flor de piel su niña interna.
A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar.
La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte.
Lo pienso y lo ruego y lo voy a repetir siempre. Hace diez larguísimos años que nos llevas a todas de la mano, no nos sueltes.

domingo, 9 de junio de 2013


En el cielo se arremolinaban nubes así como sobre el agua se arremolinaban las olas. El viajero que había ganado lunas enteras de verse solo con sus pensamientos, caía en la cuenta de cuán perdido se encontraba ahora, que pisaba el muelle húmedo, que sentía en la brisa el olor a lluvia de ciudad, que temblaba de miedo.
Había visto montañas, peces y nubes de colores, se encontró nadando con toda su ropa a cuestas, un par de veces levantó la mano y saludó a otros viajeros, a esos que a veces se le cruzaban en el camino; saboreó manjares extranjeros y se tragó de improviso un par de bichos, por dejar la boca abierta. No se llevó nada que le recordara a su casa, al suelo que lo vio nacer, ni una foto, ni una página perfumada, y se sentía valiente al creer que por eso extrañaría menos.
Y así fue, extrañó menos, amó cada uno de los pasos que dio en tierra para él virgen, y solo y lejos de casa se sintió más en casa que nunca. Anduvo solo, luchó contra adversidades irrelatables, y las hazañas de las que fue protagonista clavaron su foto en la pared del éxito, y la envidia en esos que lo vieron pasar.
Pero ahora que se encontraba de nuevo en el punto desde el que había partido, jurando jamás arrepentirse de una despedida, se daba cuenta de cuán pesada estaba la mochila que le colgaba de los hombros. Siquiera a la mitad la había llenado antes de partir, porque el peso de esas vanalidades nunca es bueno cuando la idea es desarraigarse un poco de lo que lo ata a uno y no le permite encontrarse consigo mismo. Pero, en esa búsqueda implacable de la que creía volver renovado y más valiente, había acumulado tanto miedo, tantas cosas viejas que no quería perder entre las nuevas, que ahora temía perder alguna vértebra, volverse jorobado por cargar con cosas que no debería.
Un grito, un vozarrón le pidió que saliera del camino, que se moviera, y el viajero emprendió una marcha lenta y tambaleante hacia su casa, que oculta bajo un par de árboles se encontraba oscura y sombría; fresca, porque en verano las sombras son agradecidas, pero... ay, siempre hay peros.
Pero esa casa de ventanas cerradas y puerta chirriante no despedía el calor de un hogar, no se veía como el hogar que él recordaba, o creía recordar.
Sin embargo y acordándose de lo valiente que se había vuelto después de tan espléndido viaje, creyéndose una persona nueva, se atrevió a poner ambos pies dentro de la casita fría y oscura que lo esperaba en silencio. Tenía olor a guardado y a ganas de llorar, y no al pan casero con el que sus tripas hambrientas le rogaban saciarse. Dejó, por las dudas, la puerta abierta, y suspiró, oyendo el eco de su respiración triste rebotar en sus oídos.
Y fue entonces que la vio, con los piecitos descalzos, el cabello más largo, la mirada un poquito más triste y las lágrimas a flor de piel. Se había leído todos los libros de la biblioteca, había hecho y deshecho la mesa para dos un millón de veces, había dormido sobre su aroma en la cama todas las noches y había llorado sus penas a moco tendido tantas veces, que un par se olvidó de por qué o quién lloraba, y todo esto se veía en sus ojos profundos y acuosos.
El viajero se vio reflejado en ese par de ojos y fue capaz de dejar caer la mochila junto a sus pies, deshaciéndose de las cosas viejas, de los recuerdos que no quería olvidar, de los peros que siempre pretendía recordar, de la valentía ganada, de los pensamientos nuevos, de la brisa de mar a la que olía su cabello y de la persona renovada que se pensaba. Dejó caer todo y se lanzó a sus brazos, se abrazó a su cintura, se hundió en su cuello.
Se dijo y le dijo cuánto extrañó, cuánto la extrañó. Derramó un par de lágrimas cuando en su lengua se derritió el aroma a hogar que ella desprendía, y entendió que no había hogar ni hombre nuevo si no tenía en su mano esa que lo ataba a quien era realmente.

Y ahí se fueron mis depresiones, mis tristezas, mis cuánto te extraño~

(Originalmente publicado un 20 de enero de 2011, hoy en día entre los relatos de la convocatoria Queremos leerte: Viajero)

domingo, 26 de mayo de 2013


La nena todavía no sabía dibujar, en su vida había visto un trazo de color atravesar esos cielos blancos tan brillantes que le lastimaban los ojos bajo los fluorescentes del comedor.
Una mano más grande que ya sabía escribir, leer, contar números y contar cuentos rayaba garabatos circulares que rozaban las esquinas y se acercaban peligrosamente a los bordes del paraíso blanco de ese papel. "Intentá vos" le decía, pero ella agitaba la cabeza apenas regada de algunos ricitos; prefería callar y observar.
Por la lámina se extendían arabescos de colores mientras allá afuera se iba oscureciendo el resto del mundo. Y sin embargo, el papelito bajo sus manos brillaba cada vez más. Seguía sin aferrarse a los garabatos, todavía no se animaba a estirar la mano, pero era tan tentador cómo iban dejando estelas de color como aviones a chorro indeleble a través de un firmamento tan volátil.
Acercó la carita a la mesa, los ojitos al borde del papel, a la intimidad entre la puntita de los lápices y la pulcritud del papel, y allí se quedó observando hasta que todos fueron a dormir. Los colores la esperaban ahí, quietitos, impacientes, pero ella guardó sus manos y les contó cuentos, les cantó canciones, guardó silencio. En algún momento crítico de la espera se atrevió a estirar un dedo y acariciar el papel, pasó por encima de las lñineas dibujadas y agitó el aire por encima de los lápices, pero volvió a guardar la manito inquieta y suspiró.
No, todavía nada, no se atrevía.
Algún otro día será.
Apagó las luces y prefirió ir a dormir, ignorando el brillo incandescente del papel que revoloteaba por sobre la mesa y los lapicitos que bailoteaban melancólicos, dejando huellas de colores.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Esa mirada melancólica al pasado que fue mejor le daba vueltas a la cabeza mientras la música que solía escuchar hace unos años la distraía frente a los vidrios empañados del colectivo abarrotado que iba lento por rutas desiertas de gente.
Las cosas estaban cambiando, las cosas estaban siendo distintas.

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