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martes, 15 de septiembre de 2015

«El que se enamora, pierde» le dijo un día, medio jugando, medio en serio. Y ella le creyó y se lo tomó medio jugando, medio en serio.
Por las dudas, no le daba la mano, excepto para cruzar la calle. Y mientras caminaban pasito tras pasito por el asfalto, apretaba los dedos entre los suyos como si esa mano la estuviera sacando del agua, le acariciaba el dorso con el pulgar haciendo circulitos, y cuando llegaban al cordón de enfrente, dejaba que resbalase de entre sus manos como un puñadito de arena caliente, como la soltó a ella su mamá el primer día del jardín, sin querer que se fuera nunca.
Por las dudas, jamás le besaba la frente, excepto esa vez que se resfrió y levantó algo de fiebre. Para asegurarse, corroboraba con sus labios rozándolo apenitas noche de por medio, y alguna que otra vez cuando despertaba entrada la madrugada.
Tampoco, además, se atrevía a dormir sobre su pecho, no vaya a ser que descubriera que latían los dos al mismo ritmo y luego no hubiera quién la amparase.
Y cada vez que le sonreía, ella miraba hacia otro lado. Tenía esos ojitos de siempre adormilado, un hoyuelo en el lado izquierdo, la barba medio arremolinada en varias direcciones, y los labios más cómodos sobre la faz de la tierra sobre los que dormirse podría ser la tarea más fácil, aunque nunca vaya a animarse a probar, y en combinación, todo eso podía ser el flechazo más grande.
Sin embargo, por las dudas, el cuidado más grande que tenía, era el de cerrar los ojos. Siempre iba con sus ojitos curiosos bien abiertos, no fuera a perderse algo. Pero cuando la besaba, por más que todo el cuerpo se le entumeciera y las extremidades se le derritieran, entre sus pestañas siempre quedaba una rendija por la que dejaba entrar la realidad y el miedo a no poder jugar más.
Hasta anoche.
Cruzaron la calle corriendo y aterrizaron sobre la vereda a los tompicones. Reían a carcajadas limpias, con las bocas abiertas, los dientes brillando a la luz y el aire que les faltaba. Y de repente se vieron a los ojos sin querer y fue inevitable, fue la gravedad, fue magnetismo. Él se aferró a su carita sonrojada y acercó esa boquita de infarto a sus labios cómodos.
Y ella cerró los ojos.
Y cerrar los ojos es perder.

viernes, 14 de agosto de 2015

Talk to me. Tell me the things. I don't care what the things are, what do you want to tell me, just tell me. I want you to talk to me, to tell me about your most hated dreams, about your beloved nightmares.
I won't mind if you're tired of me and want some time apart, I'll understand. Maybe I'll break a plate or two, swish a tear, and even won't smile much after that, but I'll be okay, and I'll be knowing what you wanted, so it'll be okay. If you want to come running back to me, just come, and please yell it aloud on your way to my open arms.
If it happens that you love me and you want to tell me about it, do it, tell me. Look into my eyes, gently hold my face into your warm hands and whisper close to my little lips that you love me, 'cause if you don't, I will, because I love you and there's nothing I can do against it.
And if you want to tell me that you don't love me anymore, for the sake of what you love the most, then, tell me. Stop the walking, stop the holding hands, stop the gazing into the sunlit eyes, and tell me, 'cause I'll be fine, and you'll be free.
Yes, I'll cry right there on the sidewalk, under the sun, over the cracks underneath my feet. Yes, I won't be able to talk to you, that if I survive a choking scream or a million tears.
But at some point I'll stop. I'll lift my head, I'll look right into the sun, and I'll give you my heart, my broken-in-million-pieces heart, and you'll go and do whatever the hell you like with it, because it's not mine anymore, it never was.
And I'll be fine.
Because you told me.

viernes, 7 de agosto de 2015

  Con vos quiero todo. Cualquier cosa. Lo que sea, mientras sea con vos, mientras venga de vos y esté yo ahí para atajarlo.
  Sí, quiero ser yo a la que tus ojitos recorran de arriba abajo. Quiero que tus manos me desnuden íntegra, que te tomes todo el tiempo del mundo y  me explores de los pies a la cabeza ida y vuelta mil veces. Quiero tenerte tan cerca como para que seas una fiesta para todos y cada uno de mis sentidos, me los adormezcas y me los despiertes con las manos, con la boca, con el mero sonido de tu respiración.
  Quiero gastarme las manos en vos de acariciarte desde así de cerquita, quiero que no quede uno solo de mis lunares sin contar, sin una caricia de alguno de tus deditos, sin un beso de esos que aun sin probar sé que son capaces de arrancarme la razón de un soplido. Quiero que tengas las manos abiertas y listas para atraparme cuando caiga derretida, entregada. Porque si es con vos, cierro los ojos, bajo los brazos, me callo la boca.
  Y que la cama nos encuentre así, que demos vuelta hasta las sábanas, que se aclare el cielo y nos vea el sol sin que hayamos cerrado los ojos una sola vez.
  Con vos quiero todo. Y todo es tanto, que también quiero quedarme dormida de a poquito sobre los latidos en tu pecho y despertarme enredada en vos, de vos, con vos. Quiero abrazos infinitos que vuelvan invisible el alrededor, que me den una vuelta en el aire, que mantengan juntos todos mis pedacitos. Quiero besos en la frente y manos entre el cabello. Quiero un huequito a tu lado en el sofá, quiero un pedacito de tu almohada, un lado de tu cama, una puntita de la sábana. Quiero tu mano en mi mano y que me lleves a donde todo vuelva a empezar.

miércoles, 10 de junio de 2015

Creo que lo que primero me gustó fueron las manchas en su camisa, su camisa blanca, su camisa blanca atravesada por el sol de las cinco, el sol acariciando su espalda tostada que aparecía ante a mí a trasluz, un trasluz que susurraba intimidad y la sensación de estarlo tocando con las puntitas de mis propios dedos.
Y después le vi los ojos, que eran verdes y vagaban inquietos, llenos de sol. Hasta que se cruzaron con los míos y lo sentí mirarme y desnudarme el alma, que se sacudió allá adentro.
Y despues lo vi sonreírle al río enorme que nos corría colorado y acelerado por abajo.
Y me enamoré.

jueves, 28 de mayo de 2015


Odiaba la lluvia.
Odiaba cómo se mojaban las calles. Odiaba caminar por las calles, entre los charcos, sorteando los más profundos, evitando rotundamente los de barro, intentando no salpicarse los pantalones, las zapatillas, la obligación de tener que salir de casa. 
Odiaba el sonido de los truenos como manos gigantes aplaudiendo sobre su cabecita.
Odiaba los vendavales que le revolvían la cabeza y le daban vuelta el paraguas, que siquiera se resistía y levantaba sus bracitos hacia el cielo de cenizas mojadas.
Odiaba las gotitas de agua bailando a su alrededor, mojándole el cabello, que se convertía en soufflé de ricitos salpicados de oro y cristales.
Odiaba lo empañado de los vidrios, el olor a húmedo afuera de la casa, los agujeritos en sus medias, lo mojado de sus manos y de todo lo que sus ojitos alcanzaran a ver.
Odiaba tener que salir de casa con lluvia.
Odiaba tener que despertarse y saber que llovía.
Porque le encantaría quedarse en la cama, oyendo las gotitas repiquetear sobre las chapas del techo, con los bucles esparcidos por la almohada y las piernas enredadas en el acolchado. Ver las zapatillas secas y salvas en un rincón de la habitación en penumbras y los charcos allá abajo, allá afuera.
Le encantaría levantarse luego de un par de horas de dar vueltas en la cama, bajar los pies en medias al piso frío y arrastrarlos escaleras abajo. Acercarse a la nariz el vapor dulce de una taza de té, sacarse el cabello desordenado de la carita sonrojada, de los ojitos hinchados.
Le encantaría sentarse sobre el respaldo del sofá, junto a la ventana por las que las gotitas de agua juegan carreras hasta el suelo.
Y cuando sacara la manito pálida por la ventana y la hiciera bailar bajo el agüacero continuo, transparente, de gotas brillantes que resbalaran por sus deditos largos, por su palma tibia, recién podría decir que le gustaba la lluvia.

lunes, 20 de abril de 2015

It was the way she touched me.
On the back of my neck, right where the hair starts to fade.
The left side of my unshaved face, when she woke up, her head on my chest and a smile on that little mouth of hers.
Over the knee, only when we sat next to each other.
In between the nose and the upper lip, tracing with a finger my perfect cupid's bow, as she used to say.
And the hair, oh my god, the hair. Her little fingers gently running through my hair, from the back up to the forehead, from the scalp all the way to the tips, and then from the start again.

viernes, 17 de abril de 2015

Y cuando lo llamaba por su nombre se le encogía el corazón, se le revolvía el estómago allá adentro, escondido en lo profundo de sus entrañas. Le hervía la sangre que subía y bajaba a las corridas, saltábase uno o dos latidos su corazón enloquecido, se le entumecía el cerebro. Tenía escalofríos, los pelitos de la nuca de punta y la piel de gallina hasta los dedos.
Su nombre surgía de repente en el silencio, en la oscuridad, entre las paredes heladas, las puertas cerradas y las ventanas chirriantes. Enmudecía a la lluvia, al viento, a los árboles susurrantes allá afuera. Surgía de repente, sin nada que lo anticipase, pero aun así él sabía que empezaba latiendo en la penumbra de su vientre chiquitito, subía arrastrándose por debajo de su piel de muñequita, le atravesaba el pecho como una aguja encendida, le rodeaba la garganta como dedos finitos y largos quitándole de a poquito el aire, y llegaba hasta lo húmedo de su boquita cerrada, donde se le arrastraba por la lengua de melocotón, bailaba entre lo opaco de esas perlas que llamaba dientes y terminaba saliendo al aire helado por entre esos labios que parecían dibujados en forma de aliento tibio y dulce que le llegaba directo al corazón.

domingo, 1 de marzo de 2015

  So I was walking that night, talking to myself. The air was thick around me I could almost touch it, the street was slippery wet, and there was nothing behind nor ahead of me and my whispering voice.
  And suddenly, in the blink of an eye, mine stopped seeing clearly. I could not see the cracks underneath my feet and the lights floating above my head turned into big fluffy shiny clouds with no end. In fact, every thing I'd laid my eyes on had no end, no edge. The things in front of me just merged one into another, and I wasn't even capable of tell colors apart, because of the darkness falling all over me, because of the dim of the streetlights.
  But I just kept walking. And talking to myself. And even thinking out loud that maybe it wasn't me the one with the problem, that there was nothing wrong with my eyes.
  Maybe, and just maybe, it was the world around me that turned blurred, that lost all its boundaries, its edges. Maybe it was the universe itself  being foggy before my eyes trying to tell me something, to make me see myself losing my own boundaries, having my limits out of sight, and forcing me to frown a little, it was making me set some new ones just so I can see everything again shine in bright new colors.
  So I just kept on walking.

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