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lunes, 24 de noviembre de 2014

 

Estaba ahí, inmóvil.
Había pasado, como sin querer, arrastrándose del fulgor a las sombras mientras apagaba una a una las luces que encendían la casa para ella. Iba por los pasillos, los pies descalzos, fríos, el camisón casi transparente flotando al rededor de sus piernas pálidas, las páginas amarillas de su libro favorito apretadas con firmeza contra su pecho, la compañía perfecta para echarse a dormir sola.
Hasta que los cuchicheos, las risitas ahogadas y los susurros en orejas ajenas llegaron hasta ella, hasta el centro de su cabecita soñadora adormilada, casi ausente, y no pudo evitar más que quedarse ahí, inmóvil.
Las luces ciegas a su alrededor, la penumbra reptando por entre los deditos de sus pies, acariciándole las piernas, tironeando del camisón. Sus manitos temblando apenas, sudando, el libro que sujetaban resbalando de a poquito.
Por un momento, como si supieran que estaba ahí, todo se volvió silencio aplastante, vacío inalcanzable, quietud, y ella mordió su labio para evitar un puchero, se tragó un suspiro delator y consideró volver por donde había llegado, hasta que aparecieron, como de la nada, las palabras flotando concisas, exactas, prohibidas, y ella supo inmediatamente que no debería estar ahí, que su lugar era en la cama, bajo incontables frazadas, sus oídos lejos de todo lo que sucedía un poco más allá, en la oscuridad impalpable, de donde provenían invitaciones a lo no debido, susurros atrevidos, y hasta llegaba a ella el roce de manos inquietas que se arrastraban de a poquito, lentamente, sobre piel incandescente ahí donde no llegó nunca la luz.
Y mientras escuchaba, mientras el rasgar del silencio con lo clandestino de esas palabras vedadas llegaba a sus oídos atentos, en su boquita medio abierta latía desbocado su corazón, le sacudía las entrañas, la sangre bombeando y hormigueando hacia su cabeza embotada, haciendo latir todos y cada uno de sus músculos engarrotados, el estómago dado vuelta, arrebujado en lo más profundo de su ser clavado al piso ahí donde estaba, inmóvil, imposible de voltear y alejarse para siempre aunque lo intentara.
Le temblaban las manos, se le resbalaba de entre sus deditos húmedos el libro de hojas amarillentas que intentaba abrazar contra su camisón arrugado.
Y de repente, sin poder evitarlo, sin siquiera darse cuenta, con la atención puesta en el sisear de barbaridades que le impedían alejar su atención, apretar los ojos derretidos en esa penumbra, cerrar la boquita abierta, tapar sus oídos curiosos, el libro, pesado de páginas e historias innumerables, cayó al suelo bajo sus pies, rebotando su golpear entre las paredes y dentro de su cuerpo, que con un latido sordo dejó de bombear y se detuvo en el tiempo.
Los susurros se esfumaron y de entre sus labios, proveniente de lo más oscuro de sus entrañas temblorosas, se escapó un grito ahogado que no pudo suprimir con las manitos húmedas con las que presionó su carita.
Y aunque quiso, no pudo correr, no pudo esconderse. Se quedó ahí, inmóvil.

sábado, 15 de noviembre de 2014


La sien que se hundía un cachito, lo justo como para encastrar su cabecita despeinada en la puntita de su clavícula, la oreja colorada y aplastada, retorcijada contra ese hombro ajeno, cada uno de sus largos cabellos apuntando a una dirección diferente, algunos enganchaditos apenas de esa barba de ayer, todos los demás perdiéndose en las dunas interminables de almohadas aplastadas y sábanas enredadas.
De repente, en esa duermevela interminable, con las luces que parpadeaban largo, con el sueño que amagaba pero nunca les cerraba los ojos, movió apenas la cabeza, como encastrando bien los engranajes de ese reloj que empezaba en sus pies de cosquillas eternas danzando por debajo de las sábanas, las piernas enredadas a tal punto que no sabían cuál era de quién, las caderas que no dejaban pasar el aire, la luz o la oscuridad, los dedos inquietos que correteaban sobre las costillas y saltaban el fozo del ombligo se veían aprisionados para siempre entre otros dedos más grandes y menos ágiles pero con las mejores caricias del mundo; había en el medio algún codo mal doblado, uno que otro brazo adormecido como una señal de televisión interrumpida, como haber irrumpido en un hormiguero. Y después estaba el pecho que subía y bajaba y el otro que bajaba y subía, y trataban los dos de ir al mismo ritmo.
Hasta que él suspiró y bajó un poquito el mentón, le rozó la coronilla y en ese nido de cabellos enredados dejó caer un besito con sabor a poco.
Entonces ella levantó el rostro pegoteado a su pecho desnudo, pateó apenas y empujó por el colchón, sobre las piernas ajenas, se enredó en las sábanas, alargó una mano libre y adormilada hasta esa nuca de cabellos cortitos, reptó y se arrastró por sobre su cuerpo desnudo y estiró su boquita colorada hasta esos labios tibios que la besaron despacito y la hicieron sonreír.
Las luces terminaron de apagarse y ella volvió su cabecita al pecho desnudo, al hombro incómodo, a la clavícula puntiaguda, y cerró los ojos hasta mañana.

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