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martes, 12 de agosto de 2014

Máscaras sueltas y carnavales.
Paisanos y techos de otro pueblo.
Momentos sin relaciones.
Qué arriba y qué abajo.
Primero, segundo y tercer momento.
Propuestas, grumos.
«Perfecto, le creo».
Batir. Trabajar. Constante.
¿Cómo llegamos? Olvidándonos de todo.





(Ninguna de estas palabras me pertenece, sino a un profe de la facu, a una tardenoche de no dejarnos ir, a una clase de insistencia y analogías metafóricamente morfológicas. Yo solo las anoté mientras se le caían de la boca.
Esto, señores, es una clase de morfología. Esto, es una partecita de estudiar arquitectura.)

miércoles, 6 de agosto de 2014

   
   Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar la oscuridad de la mitad de la noche, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban el haz de luz que pretendía terminar de despertarla.
   Sin embargo, apenas abrió sus ojitos de caramelo derretido, descubrió que no podía ver, y no podía ser. ¿Estaba ciega?
   No, ciega no, porque más allá podía ver todo lo que sabía que estaba ahí, con sus colores estáticos, esperando por ella, que no se animaba a bajar de su nube, a moverse, a pisar el suelo que no era más que una mancha bajo sus pies colgantes, que de repente parecían haber perdido su forma, sus bordes, sus uñitas pintadas.
   Mas bajó, pisó el piso así como si se sacara el saco, estiró sus bracitos blancos, cerró los ojos y en un escalofrío deseó que sus ojos fuesen parte de una broma nocturna, una pesadilla o algo por el estilo, pero no.
   Así que decidió salir a la calle a averiguar si el mundo se había vuelto borroso o sus ojos se rompieron en algún momento durante la noche. Bajó la escaleras vestida de azul y rosa, descalza porque nada la ayudó a diferenciar derecha de izquierda, sin atreverse a atajar su cabello porque era tan finito y brillante que su reflejo se perdía en la infinidad, y abrió la puerta. La recibió una brisa fría que se coló por entre sus pantalones, bajo su camiseta, entre sus cabellos, le hizo cosquillas y la dejó ahí temblando, parpadeando, tratando de focalizar sin resultados. El allá afuera no era más que colores en movimiento y colores que se quedaban quietitos, un mundo entero que seguía su curso sin bordes, sin fronteras; brillos que se difuminaban, formas que se acercaban corriendo y se alejaban sin que ella supiese qué eran.
   Fruncía el ceño, arrugaba la nariz, cruzaba los brazos y se abrazaba sola. Estaba entre que tenía frío y no veía más allá de su nariz. En un momento acercó sus manitos y recién cuando se acarició las pestañas pudo ver el límite de sus uñas, las arrugas de sus nudillos, mientras por la calle húmeda pasaba volando un manojo de luces rojas.
   Podía ver el semáforo de la esquina, podía adivinar si lo que frenaba era un auto o una moto, podía ver flotar las bicicletas, las personas que caminaban por la vereda de enfrente eran sombras que se arrastraban despacito bajo los techitos, y la calle se perdía en una infinidad neblinosa no muy lejana. La luna era un manchón blanco sobre las cabezas de todos ahí abajo, y las estrellas habían desaparecido.
   Quiso dar un paso fuera del umbral, caminar por sobre la vereda húmeda llena de hojas secas caídas que no llegaba a ver pero que sabía que estaban ahí, en ese abismo opaco bajo el escalón, pero en el momento en que estiró un pie, resbaló, cayó, y no golpeó nunca el suelo oscuro por el que se habían deslizado sus ojos. Sin embargo, despertó.
   Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar al sol sonriente de esa mañana, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban los cachitos de luz que pretendían terminar de despertarla.
   Fue entonces que recordó todo eso que no vio la noche anterior y tuvo terror de abrir los ojos, mas separó sus párpados temblorosos de a poquito, acostumbrándose a la luz, cayendo en la cuenta de que en la esquina del techo colgaban algunas telarañas, que el árbol allá afuera empezaba a hacer brotar hojitas nuevas, que sus pantuflas estaban dadas vuelta, que su reloj marcaba las en punto.
   «Soñé que no veía nada» se dijo en un susurro, apartándose el cabello enredado de la cara, relajando los ojos, pestañeando incontables veces, mordiéndose los labios, queriendo salir corriendo a ver el esplendor de la magia del detalle que la rodeaba.

martes, 5 de agosto de 2014



   El día había amenecido ventoso, como si la costa del mar hubiese corrido a instalarse en las playas de ese río sucio, arrastrando consigo los vendavales que levantaban faldas desprevenidas, enredaban cabellos y cablecitos, se colaban entre las orejas y los auriculares acolchonados. Y sin que nadie se diera cuenta, muy rápido se les escurrió el día entre los dedos, cayendo sigilosa la noche que se instaló fría, helada.
   Ella quería ya llegar a casa, con la mochila en los hombros doblemente cargada y las manos llenas. Cerraba los ojos y bostezaba sentada ahí, apretujada en la multitud, hundida en su asiento en esa pecera que atravesaba la ciudad. Su piecito congelado marcaba un pulso que nadie comprendía, sus deditos tamborileaban, su cabecita iba de un lado al otro suavemente, sus labios redondos y brillantes dibujaban las palabras en silencio que cantaban en susurros a sus oídos a través de los auriculares.
   Iba con las orejas calentitas y las pestañas caídas cuando, de repente, levantó la mirada ante la lucecita parpadeante que iluminaba sus mejillas apenas coloradas, sus bucles desordenados. Y ahí estaba él, que tenía unos auriculares chiquititos ahogándosele en las orejas, el cablecito que le rodeaba el cuello desnudo, el teléfono brillando en sus manos, los labios cantando canciones que nadie nunca iba a adivinar; ahí estaba él, que la miraba fijo. Y la miró hasta que lo miró ella. Y desviaron las miradas como desvían dos coches resbalando sobre calles mojadas.
   Las luces se apagaron, se encendieron, se apagaron y se encendieron de nuevo. Ellos se turnaban para mirarse sin dejar de cantar cada uno sus canciones favoritas. Algunas veces, para disimular, ella elegía espiarlo por su reflejo en los ventanales altísimos mientras hacía de cuenta que miraba hacia el otro lado y se perdía en el correr de las luces, la gente, los árboles, el allá afuera; otras, sus ojitos curiosos, divertidos, sonrientes, daban una vuelta, paseaban por entre los rostros borrosos que la rodeaban y terminaban aterrizando en él, en sus ojos cerrados, en sus orejitas como de mono, en su boca que bailaba, susurraba, cantaba, y no le importaba si nadie más podía leer la canción que se le escapaba de entre los labios abiertos.
   El resto del tiempo, ella bajaba los ojos, barría el aire con sus pestañas, sonreía, movía la cabeza, tamborileaba con los deditos fríos sobre su regazo impaciente, cantaba en silencio, se dejaba mirar. Mientras, el paisaje viajaba a su alrededor, la ciudad se acercaba de a poquito, flotaban por sobre el río, cruzaban las rutas vacías, atravesaban un mundo entero, lo cortaban a la mitad.
   En el momento en que una chicharra le avisó que tenía que bajar, se puso de pie como en cámara lenta, se aferró a sus manitos llenas, se colgó a la espalda el peso de todo un día, y dirigió sus ojitos cansados hacia él, que la miraba y le sonreía, y ella no pudo hacer más que sonreirle en respuesta con todo el ancho de sus labios que dejaron de cantar por un par de segundos que pudieron haber sido una eternidad. Y se bajó, se sumergió en la marea de brisas frías que se colaban por entre el tejido abierto de su saco desprevenido, que se burlaban de los brazos que no podía cruzar para abrazarse sola, y antes de avanzar hacia casa arrastrando sus piecitos, entrecerrando los ojitos, arrugando la nariz, no dejando de cantar, se volvió una vez más para verlo mirándola a través del vidrio de la pecera inundada de un mar de caras, sus ojos sonriendo, sus labios cantando.

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