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Lagartijas y sus colas

Máscaras sueltas y carnavales.
Paisanos y techos de otro pueblo.
Momentos sin relaciones.
Qué arriba y qué abajo.
Primero, segundo y tercer momento.
Propuestas, grumos.
«Perfecto, le creo».
Batir. Trabajar. Constante.
¿Cómo llegamos? Olvidándonos de todo.





(Ninguna de estas palabras me pertenece, sino a un profe de la facu, a una tardenoche de no dejarnos ir, a una clase de insistencia y analogías metafóricamente morfológicas. Yo solo las anoté mientras se le caían de la boca.
Esto, señores, es una clase de morfología. Esto, es una partecita de estudiar arquitectura.)

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Estaba tendida sobre el césped que hacía un par de semanas nadie cortaba, bajo el árbol que se cernía sobre ella y la escondía del sol. Sus cabellos infinitamente oscuros se repartían hacia todos lados, sus ojitos se cerraban apenas ante el resplandor del cielo azul, su boca era un puchero imperturbable y sus manos de deditos largos acariciaban la alfombra esmeralda que cedía ante su toque, ante el soplo de un brisa que llegaba de por allá y se llevaba algo del calor abrasador de esa siesta a la sombra.
Inspiraba. Y suspiraba. Y a su alrededor y por sobre su vestido desparramado y sus piernas largas y toda su piel morenita bailaban las motitas de la luz del sol que se colaba por entre el follaje del árbol, que rebotaban acá y allá, le hacían cosquillas que ella ni sentía, la acariciaban de arriba abajo y se mecían en silencio.
Y ese silencio trajo consigo un sopor tibio y ella se vio sumergida en el más placentero sueño sin siquiera notarlo. Sentía el sol acariciarle las mejillas y b…