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viernes, 21 de junio de 2013


Había caminos en su piel y con un dedito tembloroso e hirviente ella los recorría ida y vuelta. Suspiraba en silencio y de vez en cuando frenaba de a poquito y esperaba sentir latir la tierra bajo sus pies.
Respiraba penas y no se daba cuenta, y le ardía la cara. Todos los caminos se bifurcaban y se perdían en algún punto, pero ella volvía a empezar, nada tenía para perder.
El sol plateado brillaba del otro lado y a la mitad de cada recorrido se le entibiaban más los pies.
De vez en cuando, el aire vibraba y le hablaba en susurros, en el idioma de los árboles, y la hacía temblar, y otras veces a ella le daba por acariciar su alma de artista y le pintaba lunares por doquier.
Caminaba a ciegas, aturdida en el calor que su piel embelesada generaba y que le embotaba los sentidos. Más de una vez se tentó a caer de rodillas, a aferrarse con uñas y dientes a la tierra sobre la que caminaba perdida, sin rumbo, pero disfrutando de cada paso, ardiendo en el proceso, queriendo enterrarse, revolcarse, fundirse y no poder salir nunca más.
De repente se encontró dormida, helando sobre el suelo en llamas que la sostenía con indiferencia; se abrazó sola y gimió por cobijo, en silencio apretó los ojitos y rogó que la tierra que respiraba bajo su piel la rodeara y le quitara el aire, y en el sopor de ese ensueño sintió que un beso le consumía la carne y le devolvía el alma a ese cuerpo febril que se iba despertando de a poco.
En la oscuridad brillaron sus ojos, sus manos, sus pies y los caminos que a lo lejos adelgazaban. El silencio le apretaba los oídos y el calor la asfixiaba. De rodillas, iba palpando con las manos esa tierra que latía, y cuando sobrevinieron las lágrimas, la apertura de un abismo la sacudió.
Abrió los ojos y se encontró acalorada, agitada, sumergida en un infierno ardiente, mas no se movió, dejó la vista pegada al techo en penumbras, las manos blancas e hirvientes engarrotadas en las sábanas, el cabello desparramado sobre su rostro, la respiración agitada, el corazón desbocado, la piel en llamas, la boca en ese beso que se la había tragado, y deseó volver a enterrarse en la tierra latente de esos caminos.

domingo, 16 de junio de 2013

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que es feliz entre mucha gente, que va a la universidad, que maduró muchísimo pero todavía guarda a flor de piel su niña interna.
A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar.
La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte.
Lo pienso y lo ruego y lo voy a repetir siempre. Hace diez larguísimos años que nos llevas a todas de la mano, no nos sueltes.

domingo, 9 de junio de 2013


En el cielo se arremolinaban nubes así como sobre el agua se arremolinaban las olas. El viajero que había ganado lunas enteras de verse solo con sus pensamientos, caía en la cuenta de cuán perdido se encontraba ahora, que pisaba el muelle húmedo, que sentía en la brisa el olor a lluvia de ciudad, que temblaba de miedo.
Había visto montañas, peces y nubes de colores, se encontró nadando con toda su ropa a cuestas, un par de veces levantó la mano y saludó a otros viajeros, a esos que a veces se le cruzaban en el camino; saboreó manjares extranjeros y se tragó de improviso un par de bichos, por dejar la boca abierta. No se llevó nada que le recordara a su casa, al suelo que lo vio nacer, ni una foto, ni una página perfumada, y se sentía valiente al creer que por eso extrañaría menos.
Y así fue, extrañó menos, amó cada uno de los pasos que dio en tierra para él virgen, y solo y lejos de casa se sintió más en casa que nunca. Anduvo solo, luchó contra adversidades irrelatables, y las hazañas de las que fue protagonista clavaron su foto en la pared del éxito, y la envidia en esos que lo vieron pasar.
Pero ahora que se encontraba de nuevo en el punto desde el que había partido, jurando jamás arrepentirse de una despedida, se daba cuenta de cuán pesada estaba la mochila que le colgaba de los hombros. Siquiera a la mitad la había llenado antes de partir, porque el peso de esas vanalidades nunca es bueno cuando la idea es desarraigarse un poco de lo que lo ata a uno y no le permite encontrarse consigo mismo. Pero, en esa búsqueda implacable de la que creía volver renovado y más valiente, había acumulado tanto miedo, tantas cosas viejas que no quería perder entre las nuevas, que ahora temía perder alguna vértebra, volverse jorobado por cargar con cosas que no debería.
Un grito, un vozarrón le pidió que saliera del camino, que se moviera, y el viajero emprendió una marcha lenta y tambaleante hacia su casa, que oculta bajo un par de árboles se encontraba oscura y sombría; fresca, porque en verano las sombras son agradecidas, pero... ay, siempre hay peros.
Pero esa casa de ventanas cerradas y puerta chirriante no despedía el calor de un hogar, no se veía como el hogar que él recordaba, o creía recordar.
Sin embargo y acordándose de lo valiente que se había vuelto después de tan espléndido viaje, creyéndose una persona nueva, se atrevió a poner ambos pies dentro de la casita fría y oscura que lo esperaba en silencio. Tenía olor a guardado y a ganas de llorar, y no al pan casero con el que sus tripas hambrientas le rogaban saciarse. Dejó, por las dudas, la puerta abierta, y suspiró, oyendo el eco de su respiración triste rebotar en sus oídos.
Y fue entonces que la vio, con los piecitos descalzos, el cabello más largo, la mirada un poquito más triste y las lágrimas a flor de piel. Se había leído todos los libros de la biblioteca, había hecho y deshecho la mesa para dos un millón de veces, había dormido sobre su aroma en la cama todas las noches y había llorado sus penas a moco tendido tantas veces, que un par se olvidó de por qué o quién lloraba, y todo esto se veía en sus ojos profundos y acuosos.
El viajero se vio reflejado en ese par de ojos y fue capaz de dejar caer la mochila junto a sus pies, deshaciéndose de las cosas viejas, de los recuerdos que no quería olvidar, de los peros que siempre pretendía recordar, de la valentía ganada, de los pensamientos nuevos, de la brisa de mar a la que olía su cabello y de la persona renovada que se pensaba. Dejó caer todo y se lanzó a sus brazos, se abrazó a su cintura, se hundió en su cuello.
Se dijo y le dijo cuánto extrañó, cuánto la extrañó. Derramó un par de lágrimas cuando en su lengua se derritió el aroma a hogar que ella desprendía, y entendió que no había hogar ni hombre nuevo si no tenía en su mano esa que lo ataba a quien era realmente.

Y ahí se fueron mis depresiones, mis tristezas, mis cuánto te extraño~

(Originalmente publicado un 20 de enero de 2011, hoy en día entre los relatos de la convocatoria Queremos leerte: Viajero)

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