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domingo, 1 de julio de 2012


"No te escucho bien, estás triste... ¿es eso, no?"
"Mhn..."

No, también está el hecho de que textraña y no te tiene a su lado, de que hace semanas duerme sola en su cama fría y pequeña, de que por más ocupada que esté, le sobran las horas para acordarse de vos, de tus manos, de tus besos, de las lágrimas que podrían estar rodando por tus hombros en lugar de caer directo en el vacío entre sus piernas cruzadas en el suelo.
El teléfono en la oreja le tiembla, la voz se le sacude, los suspiros ahogan la bocina así como se le quedan atoradas las palabras en la lengua.
Ya los vas a ver, ya te va a ver, ya se van a ver. Mientras, a esperar.

Y colgó el teléfono con una promesa colgándole de la comisura de los labios que a poco se le iban marchitando. Imposible pedirle una sonrisa.

viernes, 1 de junio de 2012


Olía a vainilla, a azúcar quemada. Olía a postre de invierno. Entre las sábanas tibias quedaba pegado el dulce de su piel y afuera apenas amanecía.
Se alzaba en sol con el dorado  de sus cabellos enredados entre mis dedos, desparramados en la almohada. Su boquita de algodón de azúcar no llegaba a cerrarse y sus manos de dedos largos y delgados se cerraban sobre el acolchado que de a poquito se caía de la cama.
Yo no podía dormir, él lo hacía por los dos. No quería quitarle los ojos ni las manos de encima, ahora que lo tenía ahí, para mí. Y el aire olía tan dulce, tan tibio,  tan suave, que prender un cigarrillo para limpiar mis ganas ensuciaría  la magia que se posaba sobre su espalda semi descubierta.
La noche anterior, casi en la vereda, con la puerta abierta y en la boca un chupetín, "quiero dormir con vos", me dijo. Era ya muy de madrugada y la idea me pudo. Me pudieron sus ojos acaramelados, sus bracitos enredados en mi cuello, su cuerpito delgado y apenas tibio pegado a mí. Me pudo la idea de tenerlo justo así, pero piel a piel bajo las sábanas.
Lo rodeé fuerte, le besé la cabeza y cerré la puerta a mis espaldas.
... Pero una vez lo tuve entre mis brazos, solos en la oscuridad de mi habitación, me sentí perdido, el silencio pesaba sobre mis hombros y respirar se me hacía trabajoso. Él me miraba dulce y sumiso, entregado. Y yo tenía tanto tiempo pensando en la inocencia de su desnudez sobre mis sábanas, queriendo marcar a fuego mis besos sobre su piel. Quería no estar soñando, quiero no estar soñando.
¿Soy yo o hace una eternidad el sol empezó a salir y se detuvo en el punto justo para hacer brillar sus pestañas y llenar de magia mis cama desarreglada y dulce?
De repente, luego de un rato de estarlo mirando completamente embelesado, caí en la cuenta de que con la punta de los dedos estaba acariciando esa piel suave y repleta de lunares que se iba estremeciendo conforme la recorría. Apretaba los ojitos de a pequeños instantes, y sonrió al sentir un beso que apenas se acercó a su sien.
Y al verlo sonreír sentí el peso del mundo caer sobre mis párpados, por lo que lentamente me acomodé junto a él y me dispuse a intentar dormir sin querer dejar de verlo o acariciarlo.
Lo disfruté con las manos una sola vez más, acariciándole el cabello, las mejillas, la nuca y todo el largo de su espalda huesuda, para volver hacia su rostro nuevamente. Y entonces abrió apenas los ojitos, extendió una mano, me acarició la cara suavemente y sin dejar de sonreír me dijo "tapame".
Yo lo tapé, le di un último beso y me dormí luego de verlo rendirse ante sus propios párpados.

jueves, 15 de marzo de 2012


Estaba triste, tenía la cabeza vacía y los ojos llenos de lágrimas que de a poquito se iban llenando de telarañas. Los árboles de afuera le decían cosas que ya no quería escuchar, el río que corría un poco más allá la dejaba cada vez más lejos de ese calorcito entrañable.
Su cama era el desierto donde se perdían sus lamentos; los soles pasaban tardíos, agotadores, afiebrados. Las noches eran grados bajo cero, cuencas vacías, mitades agujereadas, sed, hambre, dedos quebrados, cordones desatados. Y así se iba desgastando poquito a poco.
Algún día habían bailado descalzos a la luz del queso gigante que veía en la luna. El rocío, el césped fresco, la tierra fértil entre los dedos. EL cabello al aire y los labios húmedos. Los ojos brillantes de sonrisas y las manos enredadas. El éxtasis de tenerse ahí, así. Y perdida en su fantasía quedaba colgando de la cama, envuelta en las cortinas de hojaldre, de cara al balcón roído, con la boquita abierta.
El resto de la casa era un mar de polvo húmedo, fantasmas tras las cerraduras, silencios encajonados y portarretratos en blanco. Las alfombras le sonreían, las puertas se abrían ante su mirar de caramelo derretido. El puchero de su boca había empezado a quebrarse y sus rodillas eran las almohadas sobre las que acostumbraba a derrumbarse al caer sobre sus hombros la noche, que le acariciaba la espalda huesuda bajo el satén que amarilleaba sollozo a sollozo.
La lumbre de su piel se paseaba en la oscuridad cuando la atacaba el insomnio. Y cuando el cansancio ganaba, se echaba de lado sobre las sábanas aun impecables, respiraba despacito, cerraba los ojos, se dejaba hundir en la almohada y corría a refugiarse en esa vez en que, perdida en sus brazos hirvientes, con la nariz pegada a su cuello, sentía el latir de su corazón, el escurrir de esas manos en el largo de sus cabellos, los besos con aroma a te quiero. Fuera de sus sentidos, apagada la voz de la razón, lo escuchaba susurrar "ya vamos a estar mejor".
Y ella esperaba.

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