miércoles, 6 de agosto de 2014

   
   Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar la oscuridad de la mitad de la noche, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban el haz de luz que pretendía terminar de despertarla.
   Sin embargo, apenas abrió sus ojitos de caramelo derretido, descubrió que no podía ver, y no podía ser. ¿Estaba ciega?
   No, ciega no, porque más allá podía ver todo lo que sabía que estaba ahí, con sus colores estáticos, esperando por ella, que no se animaba a bajar de su nube, a moverse, a pisar el suelo que no era más que una mancha bajo sus pies colgantes, que de repente parecían haber perdido su forma, sus bordes, sus uñitas pintadas.
   Mas bajó, pisó el piso así como si se sacara el saco, estiró sus bracitos blancos, cerró los ojos y en un escalofrío deseó que sus ojos fuesen parte de una broma nocturna, una pesadilla o algo por el estilo, pero no.
   Así que decidió salir a la calle a averiguar si el mundo se había vuelto borroso o sus ojos se rompieron en algún momento durante la noche. Bajó la escaleras vestida de azul y rosa, descalza porque nada la ayudó a diferenciar derecha de izquierda, sin atreverse a atajar su cabello porque era tan finito y brillante que su reflejo se perdía en la infinidad, y abrió la puerta. La recibió una brisa fría que se coló por entre sus pantalones, bajo su camiseta, entre sus cabellos, le hizo cosquillas y la dejó ahí temblando, parpadeando, tratando de focalizar sin resultados. El allá afuera no era más que colores en movimiento y colores que se quedaban quietitos, un mundo entero que seguía su curso sin bordes, sin fronteras; brillos que se difuminaban, formas que se acercaban corriendo y se alejaban sin que ella supiese qué eran.
   Fruncía el ceño, arrugaba la nariz, cruzaba los brazos y se abrazaba sola. Estaba entre que tenía frío y no veía más allá de su nariz. En un momento acercó sus manitos y recién cuando se acarició las pestañas pudo ver el límite de sus uñas, las arrugas de sus nudillos, mientras por la calle húmeda pasaba volando un manojo de luces rojas.
   Podía ver el semáforo de la esquina, podía adivinar si lo que frenaba era un auto o una moto, podía ver flotar las bicicletas, las personas que caminaban por la vereda de enfrente eran sombras que se arrastraban despacito bajo los techitos, y la calle se perdía en una infinidad neblinosa no muy lejana. La luna era un manchón blanco sobre las cabezas de todos ahí abajo, y las estrellas habían desaparecido.
   Quiso dar un paso fuera del umbral, caminar por sobre la vereda húmeda llena de hojas secas caídas que no llegaba a ver pero que sabía que estaban ahí, en ese abismo opaco bajo el escalón, pero en el momento en que estiró un pie, resbaló, cayó, y no golpeó nunca el suelo oscuro por el que se habían deslizado sus ojos. Sin embargo, despertó.
   Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar al sol sonriente de esa mañana, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban los cachitos de luz que pretendían terminar de despertarla.
   Fue entonces que recordó todo eso que no vio la noche anterior y tuvo terror de abrir los ojos, mas separó sus párpados temblorosos de a poquito, acostumbrándose a la luz, cayendo en la cuenta de que en la esquina del techo colgaban algunas telarañas, que el árbol allá afuera empezaba a hacer brotar hojitas nuevas, que sus pantuflas estaban dadas vuelta, que su reloj marcaba las en punto.
   «Soñé que no veía nada» se dijo en un susurro, apartándose el cabello enredado de la cara, relajando los ojos, pestañeando incontables veces, mordiéndose los labios, queriendo salir corriendo a ver el esplendor de la magia del detalle que la rodeaba.

1 comentarios:

Emiliano Agustin dijo...

Hoy justo me saque los lentes y le contaba a la vieja que es como estar envuelto es una neblina, como que todo esta empañado. No veo una mierda. Me encanto a pesar de mi graduacion no tenga tanto encanto como la que contas.


"pisó el piso así como si se sacara el saco" me pintaste una sonrisa

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