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A las 5

Creo que lo que primero me gustó fueron las manchas en su camisa, su camisa blanca, su camisa blanca atravesada por el sol de las cinco, el sol acariciando su espalda tostada que aparecía ante a mí a trasluz, un trasluz que susurraba intimidad y la sensación de estarlo tocando con las puntitas de mis propios dedos.
Y después le vi los ojos, que eran verdes y vagaban inquietos, llenos de sol. Hasta que se cruzaron con los míos y lo sentí mirarme y desnudarme el alma, que se sacudió allá adentro.
Y despues lo vi sonreírle al río enorme que nos corría colorado y acelerado por abajo.
Y me enamoré.

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Estaba tendida sobre el césped que hacía un par de semanas nadie cortaba, bajo el árbol que se cernía sobre ella y la escondía del sol. Sus cabellos infinitamente oscuros se repartían hacia todos lados, sus ojitos se cerraban apenas ante el resplandor del cielo azul, su boca era un puchero imperturbable y sus manos de deditos largos acariciaban la alfombra esmeralda que cedía ante su toque, ante el soplo de un brisa que llegaba de por allá y se llevaba algo del calor abrasador de esa siesta a la sombra.
Inspiraba. Y suspiraba. Y a su alrededor y por sobre su vestido desparramado y sus piernas largas y toda su piel morenita bailaban las motitas de la luz del sol que se colaba por entre el follaje del árbol, que rebotaban acá y allá, le hacían cosquillas que ella ni sentía, la acariciaban de arriba abajo y se mecían en silencio.
Y ese silencio trajo consigo un sopor tibio y ella se vio sumergida en el más placentero sueño sin siquiera notarlo. Sentía el sol acariciarle las mejillas y b…