domingo, 1 de septiembre de 2013

Los segundos, los minutos, las horas enteras eran bucles que daban saltos y se detenían de a ratos. El afuera corría a la velocidad de la luz que tenían apagada de este lado de la ventana y las cortinas apenas se atrevían a susurrar cuando la veían cerrar los ojos. A veces parecían dormir cada uno detrás de sus párpados, otras, se dormían en los ojos ajenos.
Todo el resto eran enriedos. Dedos ya incontables, sábanas en caída libre, pies helados e hirvientes, cabello en el que sumergirse, al que aferrarse, en el que ahogarse, en el que perder las manos. Y en la oscuridad, una sonrisa soñolienta que se esconde tras las puertas cerradas, bajo las sábanas, entre los dientes.
La vuelta era la parte más difícil. Cada vez más tarde, pero eso no importaba. Cada vez más frío, y eso tampoco importaba en absoluto. Cualquier cosa pasaba volando por sobre su cabecita mágicamente peinada si tenía la nariz apretada a presión a la mitad de ese pecho como una muralla de la que podía colgarse si estiraba los bracitos y se paraba de puntitas. Y si al instante caía al suelo, no tenía más que hacer que dejarse abrazar, asfixiar y enloquecer en suspiros de aire caliente.
La vuelta era la parte más difícil porque de golpe se le enfriaban las manos, sus mejillas se volvían pálidas de nuevo, se le secaba la boca y nadie podía responder a esa sonrisa indeleble de ojos adormecidos.
Loquita, con el cabello apenas desordenado, con la ropa estirada y alguna puntita fuera de lugar, con los dientes mordisqueando un labio partido y ruborizado, con la piel latiendo afiebrada y en sus oídos resonando un martilleo frenético, apoyaba la frente en la puerta mientras giraba la llave en la cerradura que la ponía un paso más adentro, un poco más lejos.
Loquita y temblando de ira se resistía a caer de rodillas. Odiaba ese río en el medio, odiaba las ruedas del colectivo, odiaba los lapsos de incomunicación, odiaba las camas demás, odiaba las catorce canciones de distancia.
Y loquita y sumida en un estado de sopor en el que a cada escalón el aire se enfriaba un poquito más, robándole el calor a sus orejas coloradas, de repente se encontraba ataviada en sábanas en las que podía jurar olfateaba un remanente de su escencia, encontraba uno que otro cabello dando vueltas entre los suyos y recordaba la sensación de esas manazas irrumpiendo bajo su ropa, violentando todos y cada uno de sus recovecos, robándole sus mejores suspiros.
Y cerraba los ojos y se recordaba envueltos en lunares, escondidos en ese techo bajo el que reposan otras cabezas, dormidos en ese cielo donde no existe nadie más, donde ella duerme lejos de la oscuridad que se la traga, donde su gigante la ata a sí, la resguarda de lo que se le ocurra, y se desmaya para siempre hasta que despertar sea un deber ineludible.
Es entonces que repara en que el sueño es inconcebible con la cama fría y desolada, y que apenas lo piensa, gigante y tibio y capaz de envolverla entera a ella, loquita y chiquitita, y la piel se le estremece, los ojitos se le cierran, su boca triste se sonríe de cualquier forma y automáticamente se pregunta que qué va a hacer, qué va a hacer, qué va a hacer.
Loquita y enredada en las sábanas se abraza sola, suspira y quiere hundirse en la almohada. Loquita y con los ojos a punto de estallar pretende ahogarse en el colchón que le gusta compartir. Loquita y muerta de sueño se deja arrastrar hecha un ovillo y que de ella sea lo que el destino quiera.






Perdí.

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