Ir al contenido principal

Crayones


La nena todavía no sabía dibujar, en su vida había visto un trazo de color atravesar esos cielos blancos tan brillantes que le lastimaban los ojos bajo los fluorescentes del comedor.
Una mano más grande que ya sabía escribir, leer, contar números y contar cuentos rayaba garabatos circulares que rozaban las esquinas y se acercaban peligrosamente a los bordes del paraíso blanco de ese papel. "Intentá vos" le decía, pero ella agitaba la cabeza apenas regada de algunos ricitos; prefería callar y observar.
Por la lámina se extendían arabescos de colores mientras allá afuera se iba oscureciendo el resto del mundo. Y sin embargo, el papelito bajo sus manos brillaba cada vez más. Seguía sin aferrarse a los garabatos, todavía no se animaba a estirar la mano, pero era tan tentador cómo iban dejando estelas de color como aviones a chorro indeleble a través de un firmamento tan volátil.
Acercó la carita a la mesa, los ojitos al borde del papel, a la intimidad entre la puntita de los lápices y la pulcritud del papel, y allí se quedó observando hasta que todos fueron a dormir. Los colores la esperaban ahí, quietitos, impacientes, pero ella guardó sus manos y les contó cuentos, les cantó canciones, guardó silencio. En algún momento crítico de la espera se atrevió a estirar un dedo y acariciar el papel, pasó por encima de las lñineas dibujadas y agitó el aire por encima de los lápices, pero volvió a guardar la manito inquieta y suspiró.
No, todavía nada, no se atrevía.
Algún otro día será.
Apagó las luces y prefirió ir a dormir, ignorando el brillo incandescente del papel que revoloteaba por sobre la mesa y los lapicitos que bailoteaban melancólicos, dejando huellas de colores.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Reach

The sky was red. Bluish, orange, red. Blinding when facing the sun. She had her head on the edge of the matress, her endless hair falling downward, softly brushing the floor. Lying across the bed, her lower back was on the other edge, and her legs ascended all the way up the wall to the window, where her feet rested, and danced, and swayed embedded in the sunset's orange light. She had her eyes closed, her lips barely half-open, her fingers intertwined, resting atop her stomach, which gently moved up and down with every breath she took. Regarding him, he was sitting a little more over there, his back against the wall and his head against the window, his feet on the floor. Still, silent, looking at her without knowing she noticed it. He was just a movement of her hand away, and she had no trouble admitting she wanted to touch him, that she wanted him to touch her. She wanted a little intimacy, fingertips, a first time, goosebumps, a shiver, a smile. But she only heard him breathe …

Anisóptera

Azahares