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Manzanas


Había caminos en su piel y con un dedito tembloroso e hirviente ella los recorría ida y vuelta. Suspiraba en silencio y de vez en cuando frenaba de a poquito y esperaba sentir latir la tierra bajo sus pies.
Respiraba penas y no se daba cuenta, y le ardía la cara. Todos los caminos se bifurcaban y se perdían en algún punto, pero ella volvía a empezar, nada tenía para perder.
El sol plateado brillaba del otro lado y a la mitad de cada recorrido se le entibiaban más los pies.
De vez en cuando, el aire vibraba y le hablaba en susurros, en el idioma de los árboles, y la hacía temblar, y otras veces a ella le daba por acariciar su alma de artista y le pintaba lunares por doquier.
Caminaba a ciegas, aturdida en el calor que su piel embelesada generaba y que le embotaba los sentidos. Más de una vez se tentó a caer de rodillas, a aferrarse con uñas y dientes a la tierra sobre la que caminaba perdida, sin rumbo, pero disfrutando de cada paso, ardiendo en el proceso, queriendo enterrarse, revolcarse, fundirse y no poder salir nunca más.
De repente se encontró dormida, helando sobre el suelo en llamas que la sostenía con indiferencia; se abrazó sola y gimió por cobijo, en silencio apretó los ojitos y rogó que la tierra que respiraba bajo su piel la rodeara y le quitara el aire, y en el sopor de ese ensueño sintió que un beso le consumía la carne y le devolvía el alma a ese cuerpo febril que se iba despertando de a poco.
En la oscuridad brillaron sus ojos, sus manos, sus pies y los caminos que a lo lejos adelgazaban. El silencio le apretaba los oídos y el calor la asfixiaba. De rodillas, iba palpando con las manos esa tierra que latía, y cuando sobrevinieron las lágrimas, la apertura de un abismo la sacudió.
Abrió los ojos y se encontró acalorada, agitada, sumergida en un infierno ardiente, mas no se movió, dejó la vista pegada al techo en penumbras, las manos blancas e hirvientes engarrotadas en las sábanas, el cabello desparramado sobre su rostro, la respiración agitada, el corazón desbocado, la piel en llamas, la boca en ese beso que se la había tragado, y deseó volver a enterrarse en la tierra latente de esos caminos.

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