domingo, 15 de junio de 2014

obligatorio escuchar~ 

 Estiró esa manaza suya que tenía, medio temblando de miedo, un poquito de vergüenza y una pizca de frío, y la acercó despacito. Ella estaba ahí, a un paso de él, su cuerpecito emanando la tibieza que se le escapaba por esos ojos curiosos, los labios rosados que trataban de morder una sonrisa incipiente, insistente, las mejillas sonrosadas, las pestañas arqueadas batiendo el aire, los puntitos de polvo que brillaban bajo la luz de la única lámpara de por ahí cerca bailando, meciéndose apenas ante sus ojitos destellantes, derretidos, entre los dos.
   Después de lo que le pareció una eternidad, sus dedos largos y toscos alcanzaron lo suavecito de esa piel que parecía tener pelusita de durazno, que era como manito de bebé, que estaba tan tibia como la cocina de mamá. La tocó apenas y ella entrecerró los ojitos y movió un cachito la cabeza, levantó el mentón, expuso su cuello un poquito más y lo invitó con una sonrisa tímida a deslizarle sus dedos por la mejilla, a que su palma invada toda la longitud de su mandíbula, a alcanzar su nuca con el pulgar.
   La sonrisa se borró de su carita embelesada y sus labios se separaron mientras escapaba de ella el dejo de un suspiro ahogado, sus párpados cayeron pesados, sus pestañas agitaron el polvo alrededor, sus manitos pálidas se desmoronaron, y las rodillas se sacudieron levemente mientras ella intentaba permanecer de pie, con la piel arrugándosele del estremecimiento, la carne de todo su cuerpo hirviendo.
   Él afianzó su mano nerviosa, con las venitas azules del frío medio hacia afuera, sobre esa carita que se caía hacia un lado, que se balanceaba al ritmo calmo que le faltaba a su corazón desbocado desde el momento en que entró en contacto con ella, con lo terso de su piel, con el calor de su cuerpo, con el frenesí del correr por sus venas. Y ella se quedaba ahí, quietita, intentando disimular el temblor que la recorría de pies a cabeza, que subía y bajaba, que sacudía y hacía sonar sus huesitos.
   Y mientras sus dedos iban ganando territorio por sobre esa pradera de seda, mientras se entibiaba de a poquito, contagiándose de su calor, mientras el resto de su cuerpo se tensaba expectante, mientras crecían sus ganas y se instalaban justo bajo su piel, ella se dejaba hacer, esperaba, se derretía en sus manos, e iba cediendo ante la gravedad.
   Entonces sus dos manos, enormes si las comparaba con ella, se aferraron a ese cuerpecito derretido, la arrebataron de sus pies clavados al suelo, de la silueta alrededor de la que bailaba el polvo tintineante, y al instante la tuvo ahí, adherida a él, a su temblor, a sus ganas a flor de piel, al latido de su corazón galopante. Ella cortó el aire como una brisa atravesando un huracán y aterrizó sobre él con todo el placer del mundo, se chocó contra la pared inmensa que era su pecho, se enredó de manos, pies, dedos y cabellos a él, y decidió que podría vivir toda su vida ahogada en ese calor sofocante, que dormiría para siempre con el oído pegado a ese corazón que le tarareaba canciones y le susurraba que ya ninguno sabía quién estaba más loco por el otro.

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