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Cerrar los ojos

«El que se enamora, pierde» le dijo un día, medio jugando, medio en serio. Y ella le creyó y se lo tomó medio jugando, medio en serio. Por las dudas, no le daba la mano, excepto para cruzar la calle. Y mientras caminaban pasito tras pasito por el asfalto, apretaba los dedos entre los suyos como si esa mano la estuviera sacando del agua, le acariciaba el dorso con el pulgar haciendo circulitos, y cuando llegaban al cordón de enfrente, dejaba que resbalase de entre sus manos como un puñadito de arena caliente, como la soltó a ella su mamá el primer día del jardín, sin querer que se fuera nunca. Por las dudas, jamás le besaba la frente, excepto esa vez que se resfrió y levantó algo de fiebre. Para asegurarse, corroboraba con sus labios rozándolo apenitas noche de por medio, y alguna que otra vez cuando despertaba entrada la madrugada. Tampoco, además, se atrevía a dormir sobre su pecho, no vaya a ser que descubriera que latían los dos al mismo ritmo y luego no hubiera quién la amp...

To tell

Talk to me. Tell me the things. I don't care what the things are, what do you want to tell me, just tell me. I want you to talk to me, to tell me about your most hated dreams, about your beloved nightmares. I won't mind if you're tired of me and want some time apart, I'll understand. Maybe I'll break a plate or two, swish a tear, and even won't smile much after that, but I'll be okay, and I'll be knowing what you wanted, so it'll be okay. If you want to come running back to me, just come, and please yell it aloud on your way to my open arms. If it happens that you love me and you want to tell me about it, do it, tell me. Look into my eyes, gently hold my face into your warm hands and whisper close to my little lips that you love me, 'cause if you don't, I will, because I love you and there's nothing I can do against it. And if you want to tell me that you don't love me anymore, for the sake of what you love the most, then, tel...

Todo

  Con vos quiero todo. Cualquier cosa. Lo que sea, mientras sea con vos, mientras venga de vos y esté yo ahí para atajarlo.   Sí, quiero ser yo a la que tus ojitos recorran de arriba abajo. Quiero que tus manos me desnuden íntegra, que te tomes todo el tiempo del mundo y  me explores de los pies a la cabeza ida y vuelta mil veces. Quiero tenerte tan cerca como para que seas una fiesta para todos y cada uno de mis sentidos, me los adormezcas y me los despiertes con las manos, con la boca, con el mero sonido de tu respiración.   Quiero gastarme las manos en vos de acariciarte desde así de cerquita, quiero que no quede uno solo de mis lunares sin contar, sin una caricia de alguno de tus deditos, sin un beso de esos que aun sin probar sé que son capaces de arrancarme la razón de un soplido. Quiero que tengas las manos abiertas y listas para atraparme cuando caiga derretida, entregada. Porque si es con vos, cierro los ojos, bajo los brazos, me callo la boca. ...

A las 5

Creo que lo que primero me gustó fueron las manchas en su camisa, su camisa blanca, su camisa blanca atravesada por el sol de las cinco, el sol acariciando su espalda tostada que aparecía ante a mí a trasluz, un trasluz que susurraba intimidad y la sensación de estarlo tocando con las puntitas de mis propios dedos. Y después le vi los ojos, que eran verdes y vagaban inquietos, llenos de sol. Hasta que se cruzaron con los míos y lo sentí mirarme y desnudarme el alma, que se sacudió allá adentro. Y despues lo vi sonreírle al río enorme que nos corría colorado y acelerado por abajo. Y me enamoré.

Sacar la mano

Odiaba la lluvia. Odiaba cómo se mojaban las calles. Odiaba caminar por las calles, entre los charcos, sorteando los más profundos, evitando rotundamente los de barro, intentando no salpicarse los pantalones, las zapatillas, la obligación de tener que salir de casa.  Odiaba el sonido de los truenos como manos gigantes aplaudiendo sobre su cabecita. Odiaba los vendavales que le revolvían la cabeza y le daban vuelta el paraguas, que siquiera se resistía y levantaba sus bracitos hacia el cielo de cenizas mojadas. Odiaba las gotitas de agua bailando a su alrededor, mojándole el cabello, que se convertía en soufflé de ricitos salpicados de oro y cristales. Odiaba lo empañado de los vidrios, el olor a húmedo afuera de la casa, los agujeritos en sus medias, lo mojado de sus manos y de todo lo que sus ojitos alcanzaran a ver. Odiaba tener que salir de casa con lluvia. Odiaba tener que despertarse y saber que llovía. Porque le encantaría quedarse en la cama, oyendo las ...

It was the way she touched me

It was the way she touched me. On the back of my neck, right where the hair starts to fade. The left side of my unshaved face, when she woke up, her head on my chest and a smile on that little mouth of hers. Over the knee, only when we sat next to each other. In between the nose and the upper lip, tracing with a finger my perfect Cupid's bow, as she used to say. And the hair, oh my God, the hair. Her little fingers gently running through my hair, from the back up to the forehead, from the scalp all the way to the tips, and then from the start again.

El nombre

Y cuando lo llamaba por su nombre se le encogía el corazón, se le revolvía el estómago allá adentro, escondido en lo profundo de sus entrañas. Le hervía la sangre que subía y bajaba a las corridas, saltábase uno o dos latidos su corazón enloquecido, se le entumecía el cerebro. Tenía escalofríos, los pelitos de la nuca de punta y la piel de gallina hasta los dedos. Su nombre surgía de repente en el silencio, en la oscuridad, entre las paredes heladas, las puertas cerradas y las ventanas chirriantes. Enmudecía a la lluvia, al viento, a los árboles susurrantes allá afuera. Surgía de repente, sin nada que lo anticipase, pero aun así él sabía que empezaba latiendo en la penumbra de su vientre chiquitito, subía arrastrándose por debajo de su piel de muñequita, le atravesaba el pecho como una aguja encendida, le rodeaba la garganta como dedos finitos y largos quitándole de a poquito el aire, y llegaba hasta lo húmedo de su boquita cerrada, donde se le arrastraba por la lengua de melocotón,...

Blur

  So I was walking that night, talking to myself. The air was thick around me I could almost touch it, the street was slippery wet, and there was nothing behind nor ahead of me and my whispering voice.   And suddenly, in the blink of an eye, mine stopped seeing clearly. I could not see the cracks underneath my feet and the lights floating above my head turned into big fluffy shiny clouds with no end. In fact, every thing I'd laid my eyes on had no end, no edge. The things in front of me just merged one into another, and I wasn't even capable of tell colors apart, because of the darkness falling all over me, because of the dim of the streetlights.   But I just kept walking. And talking to myself. And even thinking out loud that maybe it wasn't me the one with the problem, that there was nothing wrong with my eyes.   Maybe, and just maybe, it was the world around me that turned blurred, that lost all its boundaries, its edges. Maybe it was the universe itself...

La ventana al patio

Él estaba ahí, de pie, frente a la puerta. La mano sobre el picaporte, los pies impacientes, el corazón en la boca. Se moría de ganas de bajar la mano, de empujar la puerta, de dar un paso ahí adentro, donde todo era oscuridad que se lo tragaba vivo noche tras noche, queriendo siempre encontrar algo diferente, algún huequito que dejara entrar con una reverencia algún haz de luz coqueto y lleno de volados revoloteantes. Pero nada, detrás de la puerta no había nada más que oscuridad. Así que arrastró sus pies descalzos a tientas hasta chocar contra una silla, contra un montón de ropa, con papeles doblados, con dibujos olvidados, y alcanzó la cama. Sus rodillas alcanzaron el borde del colchón, sus manos alcanzaron las arrugas de las sábanas, su cara alcanzó y se hundió en la oscuridad acumulada en la almohada. Cuando sus ojitos se acostumbraron a la penumbra, pudo ver las paredes alzarse a su lado hasta casi el infinito, las telarañas colgando de las esquinas, la ...

Hombrecito

«¡Será tan divertido! Tendrás quinientos millones de cascabeles y tendré quinientos millones de fuentes...» A de S-E. Se acordaba de su voz de hombre grande hablándole con ternura, del temblor de sus palabras, de la calidez con la que se dirigía al hombrecito que fue alguna vez. Se sentaba, como todos los días, a ver la puesta del sol. A veces, la veía varias veces. Movía su sillita un cachito más allá y veía la brillante enormidad caer tras su pequeño horizonte una y otra vez. Extraía, como todos los días, alguna que otra raíz de baobab que se atreviera a querer apoderarse de su asteroide. Regaba, como todos los días, a su rosa, que con sus cuatro espinas y los pétalos más tersos del universo se contoneaba y sonreía para él, que estaba ahí para cuidarla. Y como todos los días desde que volviera, se sentaba un ratito a acariciar a su cordero encerrado en la caja. Y después volvía a sentarse. Y sentado se acordaba de cuando bajó y se posó sobre toda esa arena dorada y se en...

De los niños interiores y otras historias de locura

Ahí estaba ella, lavando los platos. Sacudía la cabecita, los cabellos despeinados rebotando acá y allá. Tenía jabón hasta los codos y los dedos arrugados. Abría y cerraba la canilla, trataba de rascarse el mentón o un hombro con algún dedo más limpio que los otros nueve. Apoyaba las caderas en la mesada, hacía ya mucho rato que estaba ahí. Y se miraba desde lejos, desde la espalda, se veía lavar, cantar en silencio, mecer la cabeza y hablar con alguien que no estaba ahí por el simple hecho de odiar el silencio y tener esa necesidad de hablar que pugnaba por salir de lo más profundo de sus entrañas inquietas, de su hermosa y ruidosa mente. —Te faltó un poquito ahí —se dijo. Y un poco más allá estaba él, lejos en su mundo, con la cabeza que estallaba de ruido y el pecho que se le abría a la mitad de bronca. Daba un paso y tropezaba, se tiraba de los cabellos y terminaba por arrancarse alguno. Rechinaba los dientes, tenía más calor. Hasta que aparecieron sus cinco años. ...

La lluvia creará equilibrio

Se le derrumbaba la casa sobre la cabeza, sobre los hombros, se le escapaban las palabras de la boca y las manos de sus manos, temblaba el suelo bajo sus pies. El cielo era negro, azul, rojo con cicatrices brillantes que destellaban en sus ojitos que se derramaban sobre las pecas en sus mejillas. El silencio era absoluto, exceptuando su respiración, que se perdía apenas más allá de su nariz colorada, y cada tanto el cielo, muy allá arriba, se abría en dos y rugía sobre ella. Hasta que empezó a gotear, a lloviznar, a llover, a arreciar de arriba para abajo, desde las nubes negras hasta lo mojado de sus zapatos. Y se llenó el aire de agua, y se llenó el silencio con el ruido de caer. Y entonces le dijo «sh», una mano en su cabecita húmeda y despeinada, «la lluvia creará equilibrio».

Escuchaba

  Estaba ahí, inmóvil. Había pasado, como sin querer, arrastrándose del fulgor a las sombras mientras apagaba una a una las luces que encendían la casa para ella. Iba por los pasillos, los pies descalzos, fríos, el camisón casi transparente flotando al rededor de sus piernas pálidas, las páginas amarillas de su libro favorito apretadas con firmeza contra su pecho, la compañía perfecta para echarse a dormir sola. Hasta que los cuchicheos, las risitas ahogadas y los susurros en orejas ajenas llegaron hasta ella, hasta el centro de su cabecita soñadora adormilada, casi ausente, y no pudo evitar más que quedarse ahí, inmóvil. Las luces ciegas a su alrededor, la penumbra reptando por entre los deditos de sus pies, acariciándole las piernas, tironeando del camisón. Sus manitos temblando apenas, sudando, el libro que sujetaban resbalando de a poquito. Por un momento, como si supieran que estaba ahí, todo se volvió silencio aplastante, vacío inalcanzable, quietud, y ella mordió...

Acostados

La sien que se hundía un cachito, lo justo como para encastrar su cabecita despeinada en la puntita de su clavícula, la oreja colorada y aplastada, retorcijada contra ese hombro ajeno, cada uno de sus largos cabellos apuntando a una dirección diferente, algunos enganchaditos apenas de esa barba de ayer, todos los demás perdiéndose en las dunas interminables de almohadas aplastadas y sábanas enredadas. De repente, en esa duermevela interminable, con las luces que parpadeaban largo, con el sueño que amagaba pero nunca les cerraba los ojos, movió apenas la cabeza, como encastrando bien los engranajes de ese reloj que empezaba en sus pies de cosquillas eternas danzando por debajo de las sábanas, las piernas enredadas a tal punto que no sabían cuál era de quién, las caderas que no dejaban pasar el aire, la luz o la oscuridad, los dedos inquietos que correteaban sobre las costillas y saltaban el fozo del ombligo se veían aprisionados para siempre entre otros dedos más grandes y menos á...

Musa

¿Alguna vez sentiste en tus huesitos lo que es ser inspiración? ¿Dejar de ser vos en carne propia para pasar a ser vos en el aire, en las ráfagas de viento, en la calma antes de la tormenta? ¿Tenés alguna idea sobre cómo se siente verte más allá de sus ojos, de sus manos, de su boca, salida del centro de su alma, de lo más recóndito de su cabeza, donde sos humo dulce que niebla los sentidos, donde estás grabada a fuego, donde estás clavada a todos y cada uno de los vagones de sus trenes de pensamiento? ¿Te pasó de verte trazada en tinta, con tus curvas dibujadas con los ojos cerrados, un ademán ciego, una voltereta en el aire que terminó aterrizando sobre ese papel medio arrugado, medio con aroma a él después de haberle dormido encima quién sabe cuántos días?, ¿o quizá leerte entre, debajo y sobre las líneas del principio al fin de un cuento enredado, un poema cortito, una canción sin rima ni métrica? ¿No sabés de qué te hablo cuando te cuento sobre saberlo sentado ahí, frente a...

Lagartijas y sus colas

Máscaras sueltas y carnavales. Paisanos y techos de otro pueblo. Momentos sin relaciones. Qué arriba y qué abajo. Primero, segundo y tercer momento. Propuestas, grumos. «Perfecto, le creo». Batir. Trabajar. Constante. ¿Cómo llegamos? Olvidándonos de todo. (Ninguna de estas palabras me pertenece, sino a un profe de la facu, a una tardenoche de no dejarnos ir, a una clase de insistencia y analogías metafóricamente morfológicas. Yo solo las anoté mientras se le caían de la boca. Esto, señores, es una clase de morfología. Esto, es una partecita de estudiar arquitectura.)

Soñé que no veía nada

       Despertó desperezándose a lo largo de la cama, enredada en las sábanas, sus cabellos de sol naciente desparramados sobre la almohada, estirándose su cuerpo en toda su longitud, quebrándose de a tramos en ángulos de los más cómodos, sus labios entreabiertos, sus ojos bien cerrados. Las ventanas abiertas dejaban entrar la oscuridad de la mitad de la noche, ondeaban apenas las cortinas, y sus pestañas atajaban el haz de luz que pretendía terminar de despertarla.    Sin embargo, apenas abrió sus ojitos de caramelo derretido, descubrió que no podía ver, y no podía ser. ¿Estaba ciega?    No, ciega no, porque más allá podía ver todo lo que sabía que estaba ahí, con sus colores estáticos, esperando por ella, que no se animaba a bajar de su nube, a moverse, a pisar el suelo que no era más que una mancha bajo sus pies colgantes, que de repente parecían haber perdido su forma, sus bordes, sus uñitas pintadas.    Mas bajó, pis...

Lip-sync

   El día había amenecido ventoso, como si la costa del mar hubiese corrido a instalarse en las playas de ese río sucio, arrastrando consigo los vendavales que levantaban faldas desprevenidas, enredaban cabellos y cablecitos, se colaban entre las orejas y los auriculares acolchonados. Y sin que nadie se diera cuenta, muy rápido se les escurrió el día entre los dedos, cayendo sigilosa la noche que se instaló fría, helada.    Ella quería ya llegar a casa, con la mochila en los hombros doblemente cargada y las manos llenas. Cerraba los ojos y bostezaba sentada ahí, apretujada en la multitud, hundida en su asiento en esa pecera que atravesaba la ciudad. Su piecito congelado marcaba un pulso que nadie comprendía, sus deditos tamborileaban, su cabecita iba de un lado al otro suavemente, sus labios redondos y brillantes dibujaban las palabras en silencio que cantaban en susurros a sus oídos a través de los auriculares.    Iba con las orejas calentitas y l...

Cómo tocan sus manos

  Estaba sentada, acostada, tirada, de pie, de cabeza. No sabía. No importaba.   Tenía los ojitos cerrados, las petañas arrebujadas, enrredadas, con el maquillaje de ayer arremolinado a su alrededor, y apretaba los párpados, los labios secos.   En su cabecita soñadora ella flotaba, sus bracitos blancos caían hacia abajo, sus lunares aferrándose para no caer, lo dedos de sus pies bailaban en el aire, su cabellos eran remolinos que giraban hacia todos lados, su piel brillaba en la oscuridad.   Todo era vacío ahí afuera. Sin embargo, por dentro tenía un torrente de llamas que la recorría de pies a cabeza, un caos completo que le desordenaba la cabeza y le enredaba las entrañas, un universo entero a punto de explotarle en medio del pecho. Le latían los oídos, su corazón galopaba frenético, le hervía la piel, le zumbaba la cabeza, estaba envuelta en escalofríos.   Y todo en lo que podía pensar era en sus manos. Quería saber cómo tocaban sus manos, a qué s...

Contacto

obligatorio escuchar~    Estiró esa manaza suya que tenía, medio temblando de miedo, un poquito de vergüenza y una pizca de frío, y la acercó despacito. Ella estaba ahí, a un paso de él, su cuerpecito emanando la tibieza que se le escapaba por esos ojos curiosos, los labios rosados que trataban de morder una sonrisa incipiente, insistente, las mejillas sonrosadas, las pestañas arqueadas batiendo el aire, los puntitos de polvo que brillaban bajo la luz de la única lámpara de por ahí cerca bailando, meciéndose apenas ante sus ojitos destellantes, derretidos, entre los dos.    Después de lo que le pareció una eternidad, sus dedos largos y toscos alcanzaron lo suavecito de esa piel que parecía tener pelusita de durazno, que era como manito de bebé, que estaba tan tibia como la cocina de mamá. La tocó apenas y ella entrecerró los ojitos y movió un cachito la cabeza, levantó el mentón, expuso su cuello un poquito más y lo invitó con una sonrisa tímida a deslizarle...