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El nombre

Y cuando lo llamaba por su nombre se le encogía el corazón, se le revolvía el estómago allá adentro, escondido en lo profundo de sus entrañas. Le hervía la sangre que subía y bajaba a las corridas, saltábase uno o dos latidos su corazón enloquecido, se le entumecía el cerebro. Tenía escalofríos, los pelitos de la nuca de punta y la piel de gallina hasta los dedos.
Su nombre surgía de repente en el silencio, en la oscuridad, entre las paredes heladas, las puertas cerradas y las ventanas chirriantes. Enmudecía a la lluvia, al viento, a los árboles susurrantes allá afuera. Surgía de repente, sin nada que lo anticipase, pero aun así él sabía que empezaba latiendo en la penumbra de su vientre chiquitito, subía arrastrándose por debajo de su piel de muñequita, le atravesaba el pecho como una aguja encendida, le rodeaba la garganta como dedos finitos y largos quitándole de a poquito el aire, y llegaba hasta lo húmedo de su boquita cerrada, donde se le arrastraba por la lengua de melocotón, bailaba entre lo opaco de esas perlas que llamaba dientes y terminaba saliendo al aire helado por entre esos labios que parecían dibujados en forma de aliento tibio y dulce que le llegaba directo al corazón.

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