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Hombrecito

«¡Será tan divertido! Tendrás quinientos millones de cascabeles
y tendré quinientos millones de fuentes...»
A de S-E.

Se acordaba de su voz de hombre grande hablándole con ternura, del temblor de sus palabras, de la calidez con la que se dirigía al hombrecito que fue alguna vez.
Se sentaba, como todos los días, a ver la puesta del sol. A veces, la veía varias veces. Movía su sillita un cachito más allá y veía la brillante enormidad caer tras su pequeño horizonte una y otra vez. Extraía, como todos los días, alguna que otra raíz de baobab que se atreviera a querer apoderarse de su asteroide. Regaba, como todos los días, a su rosa, que con sus cuatro espinas y los pétalos más tersos del universo se contoneaba y sonreía para él, que estaba ahí para cuidarla. Y como todos los días desde que volviera, se sentaba un ratito a acariciar a su cordero encerrado en la caja.
Y después volvía a sentarse. Y sentado se acordaba de cuando bajó y se posó sobre toda esa arena dorada y se encontró con el hombre que no podía volar, que lo llevó de la mano durante caminatas eternas y que le dio de beber agua musical que subió del pozo.
Y ahora que el sol se había ocultado y que su silla ya no se movía, que todo estaba oscuro, que todo dormía en su pequeño asteroide, el principito que fue alguna vez miraba las estrellas y todas sonaban como la roldana del pozo, todas eran cascadas de agua que le quitaban la sed y en su lugar le dejaban una sonrisa.

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