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  Y ahí estaba ella, encorvada, arrastrando las rodillas, el cabello acariciando el piso, con todas sus pasiones recogidas y bien atadas.   Sobre su espalda inundada de lunares se sentaba una pequeña joroba que de vez en cuando le soltaba una patada o dos, que se balanceaba colgada de sus hombros puntiagudos, que se arrastraba y rasguñaba en su camino hacia la cima subiendo, haciendo alpinismo aferrándose a todas y cada una de las vértebras sobresalientes de esa columna empinada que dibujaba curvas y contracurvas de norte a sur.   No era grande, no era tan grande, no aún, mas le pesaba como si llevara encima en mundo entero, como si ella fuese la alfombra de todos esos elefantes que extrañaban sus colmillos de marfil, el cochecito de todos los niños perdidos que no sabían volar, la grúa de miles de cargamentos varados, y pesaba como todos los embarazos perdidos en ese universo, como las mochilas cargadas del primer día de clases, como un par de zapatos bien pue...

Prefacio a los ojos vendados

   Se conocían desde siempre, la vida se encargó de que así fuera, pero no dejaban de separarse y de volver a juntarse.    Muchos años de distancia se interpusieron en el medio la primera vez, y de una infancia feliz de correr tomados de la mano y caer juntos, pasaron a no reconocerse cuando volvieron a cruzarse en medio de confusiones, gritos, un escándalo al rededor y el mundo detenido sólo para ellos, y no pudieron atinar a nada más que a enamorarse perdidamente, a entregarse en cuerpo y alma. Se amaron esa primera vez como pioneros, se encontraron recorriéndose como a tierra nueva, se descubrieron reencarnando a Colón y sus carabelas.    Pero de repente, sin que pudieran preverlo, sin precauciones tomadas, sus caminos se enfrentaron a un barranco que necesitaron saltar, la vida misma les dio un empujón y terminaron cayendo lejos uno del otro, echándose la culpa, odiándose, envenenándose mutuamente y sin quererlo realmente.  ...

Ojos vendados

   -Eras vos, siempre fuiste vos -le decía agarrándolo de la cara, con las palmas sudorosas y los dedos temblando, susurrándole, exhalando sobre los labios húmedos que no podía dejar de besar.    -Y vos... no lo puedo creer -susurró él en un jadeo que lo dejó sin habla. No parpadeaba pero tampoco se atrevía a mirarla a los ojos, a esos ojos enormes como caramelos de dulce de leche que se derretían sobre él cada vez que lo miraba, que le clavaba la vista y no podía evitar ponerse a temblar, sentir que le ardía la piel, que el corazón le latía en los oídos mientras se clavaba un par de dientes en el labio sin poder ocultarlo ni hacer algo por evitarlo-. Me mentiste, todo este tiempo ¡me mentiste!    La apartó un poquito, lo suficiente para poder sentir que podía respirar aire fresco de nuevo, y la soltó con cuidado, cerrando los ojos con fuerza, deseando que no lo odie.    -¡Vos también me mentiste! ¿Cuántas fueron las veces que me traji...

El cuaderno

Era nuevo en sus manos, con todas sus hojitas en blanco, los renglones bien alineados, el espiral que giraba en un bucle perfecto, ni una puntita doblada. Sin embargo, le parecía que ya había pasado por tantas manos, tantos siglos, tantas historias, y que se dedicaba a ocultarlas todas, a guardar en sus pulcras entrañas los más recónditos secretos, las pasiones más seductoras, los deseos más ardientes, las muertes más estremecedoras, las aventuras más fantásticas, los fantasmas de tantas vidas, los corazones más grandes, las más sabias almas nunca antes conocidas y que nadie nunca llegaría a conocer. Y ella se sentaba ahí, a observarlo con atención, con las manos juntitas bajo el mentón, con sus rizos mezclándose con sus pestañas larguísimas, con esos ojos curiosos llenos de sol, respirando ansias, pero sin animarse a abrirlo, a hojearlo, mucho menos a escribirlo. En sus manos se sentía tan pesado, tan experimentado, que creía no iba a poder llegar siquiera a lo...

El sueño

    el sueño de Marce    Sentado en el centro de la habitación que por fin había dejado de girar, sumergido en la oscuridad asfixiante que se extendía más allá de la pequeña burbuja de luz que emitía una lamparita que colgaba desnuda sobre su cabeza, podía ver el sillón que se mecía lentamente, iba y volvía, y susurraba, y gemía bajito. Cuando esa montaña de cuero y suspenso se giró hacia él, sus ojos se descolocaron, los vellos de su nuca se ahogaron en sudor frío y empezó a temblar, era ella otra vez.    -Doctor, necesito ayuda -le dijo. Se acariciaba el vientre plano como tabla de planchar, lloraba, retorcía sus piernas y lo miraba con los ojos abnegados en sangre y sudor.    Recordaba haberla visto infinitas veces, arrastrándose hacia él cuidando de no aplastar su bebé, de no clavarle las puntas de sus huesos afilados, pero no había nada a lo que clavarle algo, él estaba seguro. Esa mujer no llevaba tal criaturita en ...

del mar y de alguien más

Había ido a conocer el mar. Tanta tierra, tantos horizontes polvorientos, tantos mantos infinitos de césped seco, tanto olor a casa cerrada la tenían adormecida, enajenada, aburrida. Entonces se tragó las horas y los kilómetros interminables de cemento conforme iban pasando a su alrededor. El sol se ocultó y volvió a salir varias veces del otro lado de la pecera en que viajaba y a sus oídos llegaron cuentos y fábulas que no le sirvieron para dormir. Pasó días enteros viajando, volando, arrastrándose por sobre carreteras, esquivando luces, escondiéndose tras pantallas y anteojos de sol. Sin poder enumerar los días, iba contando las lunas. Y un mediodía, con el sol rajándole la cabeza y la brisa caliente colándose por los huequitos de su ropa, el viaje se detuvo y se puso a dar vueltas, a subir y bajar, a bailar, y ella  de repente se vio riendo de nuevo como una nena chiquita llena de magia. Después, y muy rápido, todo regresó a la normalidad, al cemento caliente bajo sus...

Lejos

Estaba en la oscuridad hablándole de los abrazos en los que soñaba poder sumergirse, enterrarse, de los besos en los que quería ahogarse, de las ganas de él que  surgía a través de todos y cada uno de sus poros. Daba vueltas, iba y venía, cada uno estaba tan en la suya y tan en el otro. La luz de la pantalla y los píxeles latiendo ante sus ojos eran toda la cercanía que conseguían a través del río que les corría por en medio. -Aquí estoy -le dijo, despertando de algun pequeño insomnio, temblando de ansias. -Y yo aquí, tan estúpidamente lejos. -Y se le encogió el corazón, le tintineó el alma, perdió su carita entre sus manos heladas.

El cadáver exquisito

La sonrisa se le deformó, no escuchaba sus ruegos mudos, no la veía descostillarse, y yo me reí, me reí tanto. Hoy soy mártir de mi desoída intuición mientras vago y lloro, perdido entre las calles que, tiempo atrás, besé como mías. De tus labios quebrados pidiendo un segundo beso. Y escucharte es el orgasmo de mil sirenas, el placer de una flota entera. Y sus manos resecas, el desierto al que van a morir los sedientos. Sobre mi cadáver, que de exquisito se derrite entre tus dedos. Sobre la tierra seca se estrelló el silencio que le regaló al universo el sonido de sus manos acariciando su piel. Y saborearla a besos es poco decir, poco querer. La lumbre de su piel se paseaba en la oscuridad cuando la atacaba el insomnio. Los pies descalzos, el cabello más largo, la mirada un poquito más triste, las lágrimas a flor de piel. Lo besó como nunca; la pared a su espalda también lo besó, la valija le quemó y la soltó, y su boca ardió en un gemido. El afuera era terror, r...

Loquita

Los segundos, los minutos, las horas enteras eran bucles que daban saltos y se detenían de a ratos. El afuera corría a la velocidad de la luz que tenían apagada de este lado de la ventana y las cortinas apenas se atrevían a susurrar cuando la veían cerrar los ojos. A veces parecían dormir cada uno detrás de sus párpados, otras, se dormían en los ojos ajenos. Todo el resto eran enriedos. Dedos ya incontables, sábanas en caída libre, pies helados e hirvientes, cabello en el que sumergirse, al que aferrarse, en el que ahogarse, en el que perder las manos. Y en la oscuridad, una sonrisa soñolienta que se esconde tras las puertas cerradas, bajo las sábanas, entre los dientes. La vuelta era la parte más difícil. Cada vez más tarde, pero eso no importaba. Cada vez más frío, y eso tampoco importaba en absoluto. Cualquier cosa pasaba volando por sobre su cabecita mágicamente peinada si tenía la nariz apretada a presión a la mitad de ese pecho como una muralla de la que podía colgarse si es...

Capítulo 3

Me tiemblan las manos y no puedo escribir, no puedo. Los números al revés en el polvo pegado al suelo helado, los susurros cegando mis oídos sangrantes. Noches eternas sin poder pestañear, sin poder pegar los párpados ya sin pestañas, ¡me las arranqué todas! Sus voces, esas voces como lenguas embebidas que se arrastran bajo mis harapos, sobre la mugre de mi piel, violentando mis recovecos y sacudiendo mis entrañas. Voces putrefactas que guían mis pasos en las tinieblas, sobre el entablonado rechinante, entre las sombras que se arrastran y se enredan en los callos de estos pies sin dedos, ¡me los arranqué todos, ajajajajajajaja! Y de repente ella me dice "ahora quiero tus dientes... uno... uno por uno", y mi corazón errante castañea, me tiemblan las rodillas, mi cabeza le da un beso a los garabatos arañados en el piso y quiero aire, necesito aire, se me quiebran y me sangran los labios. Su figurita sensual merodea a mis alrededores y mete sus deditos sucios en mi boc...

Dragones gigantes

Toda su vida la cama le quedó grande, enorme, le sobraba colchón más allá de los pies, podía hacer carpas de circo con las sábanas y montar espectáculos con la cantidad de osos que necesitaba para rellenar los huecos por los que se colaban el frío y las ganas. Hecha un ovillo, con el cabello revuelto tapándole los oídos y las mejillas coloradas, dejaba al acolchado taparle la cabeza y aferrarse a su coronilla todas y cada una de las noches cuando se acostaba luego de apagar la luz. Se escondía del afuera oscuro y vacío, del nadie a su lado, de las siluetas imaginarias que bailaban en la penumbra nublada de sus ojos confundidos, de sus manos heladas, de su pequeña alma temblorosa. Escondía la carita apenas sonrosada en la almohada y se dormía enseguida, con la ilusión vacía y las pestañas húmedas. Mas una noche se despertó de repente. Tardó una eternidad en acomodarse el camisón que le quedaba corto y se le enrollaba en la cintura, en rascarse los ojos hasta arrancarse una pest...

Pepiniere I

PEPINIERE I EL BAÚL ROJO Victoria apagó las luces y pasó el candado. Cerrado por hoy. Sin embargo, adentro todavía brillaba un par de ojos. Estando en el baño el mundo se le oscureció y las puertas hicieron click en el silencio. El vacío que se apoderaba de todo y le tapaba los oídos era cada vez más grande y el vivero entero temblaba de frío con ella. Tragó en seco un par de veces antes de aventurarse al afuera detrás de la puerta a medio lijar; no se lavó las manos, se olvidó de qué lado dejó colgando el borde del papel higiénico, no podía verlo. Por las rendijas de la banderola torcida se colaba un silbido del viento que le contaba que estaba sola ahí. Atravesó la cocinita con las tacitas todas alineadas y pegadas contra la pared y unas contra otras, como con miedo. El grifo de la bacha brillaba apenas con la luz que entraba por la ventana y le daba una idea de dónde ponía los pies. Cuando llegó a la sala de la mueblería suspiró con alivio, todo era un poco más claro. ...

Not what you were

Obligatorio leer escuchando Passionflower Era todo oscuridad, ceguera y frío en esa esquina. Las piernas entrelazadas en ella misma, el vestido añejo desgarrándose de a poquito como tela de araña, las mejillas grises y las manos que no podía llegar a verse. El silencio aturdía sus oídos y el mundo temblaba con ella. De sed tenía seca la boca y la lengua muy guardada en el fondo del alma. Sus pestañas juntaban polvo que, cuando suspiraba, salía volando como dientes de león despedazados. Las perlas que guardaba en la boca le rechinaban como el techo que se encogía y se sacudía bajo las caricias violentas del viento y la respiración se le agitaba cada vez que la puerta amenazaba con abrirse. Moría, desfallecía en su rincón, en su oscuridad de espalda rota y ojos cerrados, mas no se creía capaz de arrastrarse hacia la luz, hacia el aire limpio, los espacios abiertos y la brisa frenética corriendo entre la ropa sucia y la piel ardiente. Con las rodillas arañadas, daba vueltas ...

Manzanas

Había caminos en su piel y con un dedito tembloroso e hirviente ella los recorría ida y vuelta. Suspiraba en silencio y de vez en cuando frenaba de a poquito y esperaba sentir latir la tierra bajo sus pies. Respiraba penas y no se daba cuenta, y le ardía la cara. Todos los caminos se bifurcaban y se perdían en algún punto, pero ella volvía a empezar, nada tenía para perder. El sol plateado brillaba del otro lado y a la mitad de cada recorrido se le entibiaban más los pies. De vez en cuando, el aire vibraba y le hablaba en susurros, en el idioma de los árboles, y la hacía temblar, y otras veces a ella le daba por acariciar su alma de artista y le pintaba lunares por doquier. Caminaba a ciegas, aturdida en el calor que su piel embelesada generaba y que le embotaba los sentidos. Más de una vez se tentó a caer de rodillas, a aferrarse con uñas y dientes a la tierra sobre la que caminaba perdida, sin rumbo, pero disfrutando de cada paso, ardiendo en el proceso, queriendo enterra...

a Papá~

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que es feliz entre mucha gente, que va a la universidad, que maduró muchísimo pero todavía guarda a flor de piel su niña interna. A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar. La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte. Lo pienso y lo ruego y lo voy a repetir siempre. Ha...

Viajero

En el cielo se arremolinaban nubes así como sobre el agua se arremolinaban las olas. El viajero que había ganado lunas enteras de verse solo con sus pensamientos, caía en la cuenta de cuán perdido se encontraba ahora, que pisaba el muelle húmedo, que sentía en la brisa el olor a lluvia de ciudad, que temblaba de miedo. Había visto montañas, peces y nubes de colores, se encontró nadando con toda su ropa a cuestas, un par de veces levantó la mano y saludó a otros viajeros, a esos que a veces se le cruzaban en el camino; saboreó manjares extranjeros y se tragó de improviso un par de bichos, por dejar la boca abierta. No se llevó nada que le recordara a su casa, al suelo que lo vio nacer, ni una foto, ni una página perfumada, y se sentía valiente al creer que por eso extrañaría menos. Y así fue, extrañó menos, amó cada uno de los pasos que dio en tierra para él virgen, y solo y lejos de casa se sintió más en casa que nunca. Anduvo solo, luchó contra adversidades irre...

Crayones

La nena todavía no sabía dibujar, en su vida había visto un trazo de color atravesar esos cielos blancos tan brillantes que le lastimaban los ojos bajo los fluorescentes del comedor. Una mano más grande que ya sabía escribir, leer, contar números y contar cuentos rayaba garabatos circulares que rozaban las esquinas y se acercaban peligrosamente a los bordes del paraíso blanco de ese papel. "Intentá vos" le decía, pero ella agitaba la cabeza apenas regada de algunos ricitos; prefería callar y observar. Por la lámina se extendían arabescos de colores mientras allá afuera se iba oscureciendo el resto del mundo. Y sin embargo, el papelito bajo sus manos brillaba cada vez más. Seguía sin aferrarse a los garabatos, todavía no se animaba a estirar la mano, pero era tan tentador cómo iban dejando estelas de color como aviones a chorro indeleble a través de un firmamento tan volátil. Acercó la carita a la mesa, los ojitos al borde del papel, a la intimidad entre la puntita d...

Cuando el hogar ya no es hogar

Esa mirada melancólica al pasado que fue mejor le daba vueltas a la cabeza mientras la música que solía escuchar hace unos años la distraía frente a los vidrios empañados del colectivo abarrotado que iba lento por rutas desiertas de gente. Las cosas estaban cambiando, las cosas estaban siendo distintas.

Al teléfono

"No te escucho bien, estás triste... ¿es eso, no?" "Mhn..." No, también está el hecho de que textraña y no te tiene a su lado, de que hace semanas duerme sola en su cama fría y pequeña, de que por más ocupada que esté, le sobran las horas para acordarse de vos, de tus manos, de tus besos, de las lágrimas que podrían estar rodando por tus hombros en lugar de caer directo en el vacío entre sus piernas cruzadas en el suelo. El teléfono en la oreja le tiembla, la voz se le sacude, los suspiros ahogan la bocina así como se le quedan atoradas las palabras en la lengua. Ya los vas a ver, ya te va a ver, ya se van a ver. Mientras, a esperar. Y colgó el teléfono con una promesa colgándole de la comisura de los labios que a poco se le iban marchitando. Imposible pedirle una sonrisa.

Tapame

Olía a vainilla, a azúcar quemada. Olía a postre de invierno. Entre las sábanas tibias quedaba pegado el dulce de su piel y afuera apenas amanecía. Se alzaba en sol con el dorado  de sus cabellos enredados entre mis dedos, desparramados en la almohada. Su boquita de algodón de azúcar no llegaba a cerrarse y sus manos de dedos largos y delgados se cerraban sobre el acolchado que de a poquito se caía de la cama. Yo no podía dormir, él lo hacía por los dos. No quería quitarle los ojos ni las manos de encima, ahora que lo tenía ahí, para mí. Y el aire olía tan dulce, tan tibio,  tan suave, que prender un cigarrillo para limpiar mis ganas ensuciaría  la magia que se posaba sobre su espalda semi descubierta. La noche anterior, casi en la vereda, con la puerta abierta y en la boca un chupetín, "quiero dormir con vos", me dijo. Era ya muy de madrugada y la idea me pudo. Me pudieron sus ojos acaramelados, sus bracitos enredados en mi cuello, su cuerpito delgado y apenas ...