Ir al contenido principal

Entradas

Dragones gigantes

Toda su vida la cama le quedó grande, enorme, le sobraba colchón más allá de los pies, podía hacer carpas de circo con las sábanas y montar espectáculos con la cantidad de osos que necesitaba para rellenar los huecos por los que se colaban el frío y las ganas. Hecha un ovillo, con el cabello revuelto tapándole los oídos y las mejillas coloradas, dejaba al acolchado taparle la cabeza y aferrarse a su coronilla todas y cada una de las noches cuando se acostaba luego de apagar la luz. Se escondía del afuera oscuro y vacío, del nadie a su lado, de las siluetas imaginarias que bailaban en la penumbra nublada de sus ojos confundidos, de sus manos heladas, de su pequeña alma temblorosa. Escondía la carita apenas sonrosada en la almohada y se dormía enseguida, con la ilusión vacía y las pestañas húmedas. Mas una noche se despertó de repente. Tardó una eternidad en acomodarse el camisón que le quedaba corto y se le enrollaba en la cintura, en rascarse los ojos hasta arrancarse una pest...

Pepiniere I

PEPINIERE I EL BAÚL ROJO Victoria apagó las luces y pasó el candado. Cerrado por hoy. Sin embargo, adentro todavía brillaba un par de ojos. Estando en el baño el mundo se le oscureció y las puertas hicieron click en el silencio. El vacío que se apoderaba de todo y le tapaba los oídos era cada vez más grande y el vivero entero temblaba de frío con ella. Tragó en seco un par de veces antes de aventurarse al afuera detrás de la puerta a medio lijar; no se lavó las manos, se olvidó de qué lado dejó colgando el borde del papel higiénico, no podía verlo. Por las rendijas de la banderola torcida se colaba un silbido del viento que le contaba que estaba sola ahí. Atravesó la cocinita con las tacitas todas alineadas y pegadas contra la pared y unas contra otras, como con miedo. El grifo de la bacha brillaba apenas con la luz que entraba por la ventana y le daba una idea de dónde ponía los pies. Cuando llegó a la sala de la mueblería suspiró con alivio, todo era un poco más claro. ...

Not what you were

Obligatorio leer escuchando Passionflower Era todo oscuridad, ceguera y frío en esa esquina. Las piernas entrelazadas en ella misma, el vestido añejo desgarrándose de a poquito como tela de araña, las mejillas grises y las manos que no podía llegar a verse. El silencio aturdía sus oídos y el mundo temblaba con ella. De sed tenía seca la boca y la lengua muy guardada en el fondo del alma. Sus pestañas juntaban polvo que, cuando suspiraba, salía volando como dientes de león despedazados. Las perlas que guardaba en la boca le rechinaban como el techo que se encogía y se sacudía bajo las caricias violentas del viento y la respiración se le agitaba cada vez que la puerta amenazaba con abrirse. Moría, desfallecía en su rincón, en su oscuridad de espalda rota y ojos cerrados, mas no se creía capaz de arrastrarse hacia la luz, hacia el aire limpio, los espacios abiertos y la brisa frenética corriendo entre la ropa sucia y la piel ardiente. Con las rodillas arañadas, daba vueltas ...

Manzanas

Había caminos en su piel y con un dedito tembloroso e hirviente ella los recorría ida y vuelta. Suspiraba en silencio y de vez en cuando frenaba de a poquito y esperaba sentir latir la tierra bajo sus pies. Respiraba penas y no se daba cuenta, y le ardía la cara. Todos los caminos se bifurcaban y se perdían en algún punto, pero ella volvía a empezar, nada tenía para perder. El sol plateado brillaba del otro lado y a la mitad de cada recorrido se le entibiaban más los pies. De vez en cuando, el aire vibraba y le hablaba en susurros, en el idioma de los árboles, y la hacía temblar, y otras veces a ella le daba por acariciar su alma de artista y le pintaba lunares por doquier. Caminaba a ciegas, aturdida en el calor que su piel embelesada generaba y que le embotaba los sentidos. Más de una vez se tentó a caer de rodillas, a aferrarse con uñas y dientes a la tierra sobre la que caminaba perdida, sin rumbo, pero disfrutando de cada paso, ardiendo en el proceso, queriendo enterra...

a Papá~

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que es feliz entre mucha gente, que va a la universidad, que maduró muchísimo pero todavía guarda a flor de piel su niña interna. A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar. La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte. Lo pienso y lo ruego y lo voy a repetir siempre. Ha...

Viajero

En el cielo se arremolinaban nubes así como sobre el agua se arremolinaban las olas. El viajero que había ganado lunas enteras de verse solo con sus pensamientos, caía en la cuenta de cuán perdido se encontraba ahora, que pisaba el muelle húmedo, que sentía en la brisa el olor a lluvia de ciudad, que temblaba de miedo. Había visto montañas, peces y nubes de colores, se encontró nadando con toda su ropa a cuestas, un par de veces levantó la mano y saludó a otros viajeros, a esos que a veces se le cruzaban en el camino; saboreó manjares extranjeros y se tragó de improviso un par de bichos, por dejar la boca abierta. No se llevó nada que le recordara a su casa, al suelo que lo vio nacer, ni una foto, ni una página perfumada, y se sentía valiente al creer que por eso extrañaría menos. Y así fue, extrañó menos, amó cada uno de los pasos que dio en tierra para él virgen, y solo y lejos de casa se sintió más en casa que nunca. Anduvo solo, luchó contra adversidades irre...

Crayones

La nena todavía no sabía dibujar, en su vida había visto un trazo de color atravesar esos cielos blancos tan brillantes que le lastimaban los ojos bajo los fluorescentes del comedor. Una mano más grande que ya sabía escribir, leer, contar números y contar cuentos rayaba garabatos circulares que rozaban las esquinas y se acercaban peligrosamente a los bordes del paraíso blanco de ese papel. "Intentá vos" le decía, pero ella agitaba la cabeza apenas regada de algunos ricitos; prefería callar y observar. Por la lámina se extendían arabescos de colores mientras allá afuera se iba oscureciendo el resto del mundo. Y sin embargo, el papelito bajo sus manos brillaba cada vez más. Seguía sin aferrarse a los garabatos, todavía no se animaba a estirar la mano, pero era tan tentador cómo iban dejando estelas de color como aviones a chorro indeleble a través de un firmamento tan volátil. Acercó la carita a la mesa, los ojitos al borde del papel, a la intimidad entre la puntita d...

Cuando el hogar ya no es hogar

Esa mirada melancólica al pasado que fue mejor le daba vueltas a la cabeza mientras la música que solía escuchar hace unos años la distraía frente a los vidrios empañados del colectivo abarrotado que iba lento por rutas desiertas de gente. Las cosas estaban cambiando, las cosas estaban siendo distintas.

Al teléfono

"No te escucho bien, estás triste... ¿es eso, no?" "Mhn..." No, también está el hecho de que textraña y no te tiene a su lado, de que hace semanas duerme sola en su cama fría y pequeña, de que por más ocupada que esté, le sobran las horas para acordarse de vos, de tus manos, de tus besos, de las lágrimas que podrían estar rodando por tus hombros en lugar de caer directo en el vacío entre sus piernas cruzadas en el suelo. El teléfono en la oreja le tiembla, la voz se le sacude, los suspiros ahogan la bocina así como se le quedan atoradas las palabras en la lengua. Ya los vas a ver, ya te va a ver, ya se van a ver. Mientras, a esperar. Y colgó el teléfono con una promesa colgándole de la comisura de los labios que a poco se le iban marchitando. Imposible pedirle una sonrisa.

Tapame

Olía a vainilla, a azúcar quemada. Olía a postre de invierno. Entre las sábanas tibias quedaba pegado el dulce de su piel y afuera apenas amanecía. Se alzaba en sol con el dorado  de sus cabellos enredados entre mis dedos, desparramados en la almohada. Su boquita de algodón de azúcar no llegaba a cerrarse y sus manos de dedos largos y delgados se cerraban sobre el acolchado que de a poquito se caía de la cama. Yo no podía dormir, él lo hacía por los dos. No quería quitarle los ojos ni las manos de encima, ahora que lo tenía ahí, para mí. Y el aire olía tan dulce, tan tibio,  tan suave, que prender un cigarrillo para limpiar mis ganas ensuciaría  la magia que se posaba sobre su espalda semi descubierta. La noche anterior, casi en la vereda, con la puerta abierta y en la boca un chupetín, "quiero dormir con vos", me dijo. Era ya muy de madrugada y la idea me pudo. Me pudieron sus ojos acaramelados, sus bracitos enredados en mi cuello, su cuerpito delgado y apenas ...

Vamos a estar mejor

Estaba triste, tenía la cabeza vacía y los ojos llenos de lágrimas que de a poquito se iban llenando de telarañas. Los árboles de afuera le decían cosas que ya no quería escuchar, el río que corría un poco más allá la dejaba cada vez más lejos de ese calorcito entrañable. Su cama era el desierto donde se perdían sus lamentos; los soles pasaban tardíos, agotadores, afiebrados. Las noches eran grados bajo cero, cuencas vacías, mitades agujereadas, sed, hambre, dedos quebrados, cordones desatados. Y así se iba desgastando poquito a poco. Algún día habían bailado descalzos a la luz del queso gigante que veía en la luna. El rocío, el césped fresco, la tierra fértil entre los dedos. EL cabello al aire y los labios húmedos. Los ojos brillantes de sonrisas y las manos enredadas. El éxtasis de tenerse ahí, así. Y perdida en su fantasía quedaba colgando de la cama, envuelta en las cortinas de hojaldre, de cara al balcón roído, con la boquita abierta. El resto de la casa era un mar de ...

My daydream away

Estábamos sentados en el suelo de baldosas rojas de la cocina de tu departamentito. Estuvimos ahí toda la tarde, agotando los temas sobre los que hablar, opinar y discutir hasta ponernos rojos y terminar riendo, porque ninguno de los dos podía verse bien con los ojos brillantes, las mejillas coloradas, los cabellos revueltos y la boca abierta a más no poder. Bueno, quizás yo no me viera bien, pero vos... Ya era de noche, o por lo menos eso parecía, a seis pisos de altura sobre el suelo y las cabezas inocentes que caminaban calle abajo. El pasillo entre la mesada y la pared que limitada la cocina dejaba tus jeans rozando mis zapatillas, tu espalda encorvada contra el anaranjado de la pared y tu carita viendo fijo hacia la mía. Una sola vez me quedé callado, sin saber qué decir, viendo la luz incidir con timidez sobre tus cabellos, tus pecas, tus hombros pálidos y tersos, y para sacarme de ese sopor me sonreíste. Desde ese momento empecé a callar más seguido sólo para verte sonreírme as...

Gracing your skin

Vio una foto y se sintió estremecer. Vio la foto y quiso ser ella quien estuviera plasmada en esos blancos y negros, en los claros y los oscuros. Fijó los ojitos en la foto resplandeciente ante su nariz respingada y se puso a hablar con él. Parloteaba, haciendo ademanes con sus manecitas blancas, sonriendo y frunciendo el ceño de a intervalos, soltando risotadas y haciendo pucheros graciosos; todo para agradarle, para hacerlo quedarse. Las órbitas de sus ojos grandes casi ni se apagaban, para no dejar en la oscuridad aquel momento congelado en papel, un papel tan amarillo como las manchas de humedad en las sábanas sucias que ya nadie se molestaba en lavar, pero no se atrevía a clavar sus ojos en ese acompañante, en su ropa, en su aroma, en los labios que se movían al compás de sus propios latidos. Después de un rato, mientras las cortinas ondeaban en el anaranjado del atardecer, se dio cuenta de que había demasiado ruido, de que él no se callaba, ella tampoco, y no se escuchaba nada ...

A la mitad del principio

Cuando una va en un colectivo al que le apagan las luces bajo el refusilar de la lluvia, generalmente en el asiento de al lado hay alguien que no tiene ganas de hablar, y ese lado de la ventanilla es más cómodo para perderse en una contemplación que no mira sino modelos de vestidos fuera de temporada, poesías releídas una y otra vez y tu carita perdiéndose en ese cuello al que le gusta refugiarte. Entonces una piensa en conversaciones pasadas, en sucesos a la luz amarillenta de la cocina, y se acuerda de ese arrebato de duda. Vergüenza debería darle por no poder responder como ahora, que se hunde en ese parloteo imaginario donde dice que sí, que más de una vez estuvo segura de que, de la mano, iban a llegar lejos, lejos, tan lejos como se hunden en el agua espesa las luces de la ciudad triste que aparece de a poco bajo la curva del puente y del otro lado del río. Y en eso llega a divagar sobre la idea de que no quiere apresurarse, pero que aún así le gustaría confirmar esa certeza de q...

Persianas abiertas

"Quedate conmigo" me pidió ella esa noche nublada y húmeda en que la lluvia que ahogaba mis penas y sus ganas se estaba haciendo rogar. Y la vereda hirviente, sus ojitos brillantes, la puerta entreabierta, el universo entero que latía sobre su boquita pintada y en mis oídos me pedía que me quedara. Pero yo le solté las manitos tibias, abracé su carita helada entre mis dedos, le besé los párpados, la punta de la nariz, los labios y me retiré, caminando entre el polvo que se levantaba silencioso en esa noche vacía. Escuché cerrarse su puerta barnizada en sol y miradas melancólicas y creí sentir en mi pecho el retumbar de sus pasitos subiendo descalzos las escaleras, mas solo cuando mis manos se pusieron a temblar al pulso de sus sollozos, volví corriendo y me colgué de la celosía de sus ventanas, de esas cortinas translúcidas que tantas veces velaron de la curiosidad ajena nuestros cuerpos enredados, nuestras manos entrelazadas y sus expresiones inconfundibles hasta en la penum...

Mi espalda desnuda

Sobre mi cadáver, que de exquisito se derrite entre tus dedos. Corriendo río abajo por lo pedregoso de un camino calficicado y puntiagudo. Rizos de sol naciente dejan que su manto blanco caiga y se derrame sobre las sábanas; un par de médanos tersos, tiernos, esponjosos le dan su debido fin. Detrás del par de montes que como un espejo reflejan una simetría perfecta se esconden el sol y la luna, que brillan con el mismo fulgor de la arena de la playa. Una rampa por la que caen en un desliz tibio, inconscientes, las motitas de lluvia, las gotitas de chocolate, los besos incansables e irrepetibles, los escalofríos que generan las manos ajenas. Y suben, y bajan, y escarban. Y ante las palmas hirvientes se moldea en frío una figura que tienta a abrazar, mientras entre los huesos que se doblan y desdoblan suena una melodía que huele al tintineo de las llaves de casa. Es una imagen muda, que vale más de mil palabras que nunca se dicen, porque con los ojos se queman, porque los ojos queman, a...

a Papá

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que ya terminó el colegio y empieza la universidad y anda de novia. A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar. La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte. Lo escribí y salió en el diario, y no me canso de pensarlo, de rogártelo. Desde hace ocho años nos llevás a todas de la mano. No nos...

Escuchaba llover

Escuchaba llover. ¡Ay, si!, escuchaba llover. ¡Y cómo llovía! Pero cada vez que sus pasos levantaban polvo y ecos de la alfombra, y las lagrañas de sus ojos de maquillaje derretido se asomaban al afuera tras los vidrios, veían radiar el sol más allá de nubarrones azulados que amenazaban con derramarse sobre los adoquines amohosados de la calle y los rosales podridos del patio trasero, pero nada sucedía. Estaba sentada en el cuarto piso de esa casona de seis para ella, que era una sola, bajo el techo de pizarra que repiqueteaba, con la araña de bronce ahogada en telarañas de seda pendulando sobre la mugre de sus cabellos de avellana. Tenía la mirada clavada en los gimoteos de la alfombra enredada bajo sus piecitos blancos, y el fantasma del placard daba tumbos contra las cerraduras ciegas. Cantaba las notas que las gotas de lluvia le arrancaban a sus oídos inocentes, y en la oscuridad de ese día sus dedos acariciaban y escarbaban en las grietas de las paredes, en el empapelado despegad...

El llanto es un violín inmenso

Apología al peor de mis deseos, al más bondadoso de mis miedos. El título, de una de las Casidas de García Lorca~ Y aunque no lo viera pasar y estuviera clavada en medio de la nada, pensaba en él. Y desfiguraba a su alrededor la realidad buscándole la vuelta a las sonrisas que acompañaban sus hola cuando la encontraba postrada en un escalón como el mejor trono que su reinado puediera encontrar. le gustaba acostarse pensando en que esa vez que se detuvo a esperar que ella le dijera que no iba a despedirse, de verdad esperaba un beso, una mano en el hombro como un mero reflejo, un nos vemos, porque otra cosa no respondía, y al no haber, ella se decía que lo dejaba deseando y se regocijaba en ello. O se le dibujaba una sonrisa de pensar en esa tarde de tiempo libre, payada y miradas fijas mientras ella intentaba perderse en el amarillo de las agrietadas hojas de un libro viejo, así como las manos de la abuela; él, sentado allá, la miraba estando acá, se fijaba en ella, al menos y, ¡ay!, ...

Fantasía brillante sobre una noche en el teatro

Todo un trimestre (mucho, demasiado D: ) leyendo y analizando «Felicitas guerrero, la mujer más hermosa de la República» de Ana María Cabrera, y el último punto del trabajo consistía en una representación gráfica del pedacito de la novela que más nos haya gustado. Las manos para la gráfica no me dan, pero las palabras fluyeron solas (: Fantasía brillante sobre una noche en el teatro «Señorita Guerrero, tengo el honor de invitar a usted al Teatro Colón con motivo del estreno de mi obra ‘La América Libre’» resonaba en su cabecita de bucles castaños desde la velada de la buena nueva que no la dejaba dormir, y la tarjeta de invitación descansaba secretamente custodiada entre las páginas blancas de su diario íntimo con el aroma del papel recién impreso. A sabiendas de que esa noche el teatro la esperaba con las puertas abiertas y con la noche cerniéndose sobre la blancura de su piel perfumada, la niña Felicitas acariciaba cada uno de sus rizos y pestañeaba lentamente...