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Entradas

A la mitad del principio

Cuando una va en un colectivo al que le apagan las luces bajo el refusilar de la lluvia, generalmente en el asiento de al lado hay alguien que no tiene ganas de hablar, y ese lado de la ventanilla es más cómodo para perderse en una contemplación que no mira sino modelos de vestidos fuera de temporada, poesías releídas una y otra vez y tu carita perdiéndose en ese cuello al que le gusta refugiarte. Entonces una piensa en conversaciones pasadas, en sucesos a la luz amarillenta de la cocina, y se acuerda de ese arrebato de duda. Vergüenza debería darle por no poder responder como ahora, que se hunde en ese parloteo imaginario donde dice que sí, que más de una vez estuvo segura de que, de la mano, iban a llegar lejos, lejos, tan lejos como se hunden en el agua espesa las luces de la ciudad triste que aparece de a poco bajo la curva del puente y del otro lado del río. Y en eso llega a divagar sobre la idea de que no quiere apresurarse, pero que aún así le gustaría confirmar esa certeza de q...

Persianas abiertas

"Quedate conmigo" me pidió ella esa noche nublada y húmeda en que la lluvia que ahogaba mis penas y sus ganas se estaba haciendo rogar. Y la vereda hirviente, sus ojitos brillantes, la puerta entreabierta, el universo entero que latía sobre su boquita pintada y en mis oídos me pedía que me quedara. Pero yo le solté las manitos tibias, abracé su carita helada entre mis dedos, le besé los párpados, la punta de la nariz, los labios y me retiré, caminando entre el polvo que se levantaba silencioso en esa noche vacía. Escuché cerrarse su puerta barnizada en sol y miradas melancólicas y creí sentir en mi pecho el retumbar de sus pasitos subiendo descalzos las escaleras, mas solo cuando mis manos se pusieron a temblar al pulso de sus sollozos, volví corriendo y me colgué de la celosía de sus ventanas, de esas cortinas translúcidas que tantas veces velaron de la curiosidad ajena nuestros cuerpos enredados, nuestras manos entrelazadas y sus expresiones inconfundibles hasta en la penum...

Mi espalda desnuda

Sobre mi cadáver, que de exquisito se derrite entre tus dedos. Corriendo río abajo por lo pedregoso de un camino calficicado y puntiagudo. Rizos de sol naciente dejan que su manto blanco caiga y se derrame sobre las sábanas; un par de médanos tersos, tiernos, esponjosos le dan su debido fin. Detrás del par de montes que como un espejo reflejan una simetría perfecta se esconden el sol y la luna, que brillan con el mismo fulgor de la arena de la playa. Una rampa por la que caen en un desliz tibio, inconscientes, las motitas de lluvia, las gotitas de chocolate, los besos incansables e irrepetibles, los escalofríos que generan las manos ajenas. Y suben, y bajan, y escarban. Y ante las palmas hirvientes se moldea en frío una figura que tienta a abrazar, mientras entre los huesos que se doblan y desdoblan suena una melodía que huele al tintineo de las llaves de casa. Es una imagen muda, que vale más de mil palabras que nunca se dicen, porque con los ojos se queman, porque los ojos queman, a...

a Papá

A veces me pregunto, hasta me duermo en la cuestión de qué dirías si me vieras ahora, así de grande como estoy. Qué tan orgulloso estarías de mí, de tu nena más grande, que ya terminó el colegio y empieza la universidad y anda de novia. A veces quisiera tener la oportunidad de verte mirándome, de escucharte más allá de las grabaciones viejas y en cinta magnética que me dejan la piel de gallina, de sentirte tan calentito como en esos quintos sueños de los que una despierta con ganas de llorar. La imaginación no siempre alcanza, pensar que estás cerca nunca termina de llenar, pero, por lo demás, sé que estás ahí cada vez que llego sana y salva a casa, en todas las veces que agarro justito el colectivo, en todos los exámenes aprobados, y eso va más allá de las fotos que tapizan una puerta y de las veces que me duermo pensando en que yo tengo un ángel aparte. Lo escribí y salió en el diario, y no me canso de pensarlo, de rogártelo. Desde hace ocho años nos llevás a todas de la mano. No nos...

Escuchaba llover

Escuchaba llover. ¡Ay, si!, escuchaba llover. ¡Y cómo llovía! Pero cada vez que sus pasos levantaban polvo y ecos de la alfombra, y las lagrañas de sus ojos de maquillaje derretido se asomaban al afuera tras los vidrios, veían radiar el sol más allá de nubarrones azulados que amenazaban con derramarse sobre los adoquines amohosados de la calle y los rosales podridos del patio trasero, pero nada sucedía. Estaba sentada en el cuarto piso de esa casona de seis para ella, que era una sola, bajo el techo de pizarra que repiqueteaba, con la araña de bronce ahogada en telarañas de seda pendulando sobre la mugre de sus cabellos de avellana. Tenía la mirada clavada en los gimoteos de la alfombra enredada bajo sus piecitos blancos, y el fantasma del placard daba tumbos contra las cerraduras ciegas. Cantaba las notas que las gotas de lluvia le arrancaban a sus oídos inocentes, y en la oscuridad de ese día sus dedos acariciaban y escarbaban en las grietas de las paredes, en el empapelado despegad...

El llanto es un violín inmenso

Apología al peor de mis deseos, al más bondadoso de mis miedos. El título, de una de las Casidas de García Lorca~ Y aunque no lo viera pasar y estuviera clavada en medio de la nada, pensaba en él. Y desfiguraba a su alrededor la realidad buscándole la vuelta a las sonrisas que acompañaban sus hola cuando la encontraba postrada en un escalón como el mejor trono que su reinado puediera encontrar. le gustaba acostarse pensando en que esa vez que se detuvo a esperar que ella le dijera que no iba a despedirse, de verdad esperaba un beso, una mano en el hombro como un mero reflejo, un nos vemos, porque otra cosa no respondía, y al no haber, ella se decía que lo dejaba deseando y se regocijaba en ello. O se le dibujaba una sonrisa de pensar en esa tarde de tiempo libre, payada y miradas fijas mientras ella intentaba perderse en el amarillo de las agrietadas hojas de un libro viejo, así como las manos de la abuela; él, sentado allá, la miraba estando acá, se fijaba en ella, al menos y, ¡ay!, ...

Fantasía brillante sobre una noche en el teatro

Todo un trimestre (mucho, demasiado D: ) leyendo y analizando «Felicitas guerrero, la mujer más hermosa de la República» de Ana María Cabrera, y el último punto del trabajo consistía en una representación gráfica del pedacito de la novela que más nos haya gustado. Las manos para la gráfica no me dan, pero las palabras fluyeron solas (: Fantasía brillante sobre una noche en el teatro «Señorita Guerrero, tengo el honor de invitar a usted al Teatro Colón con motivo del estreno de mi obra ‘La América Libre’» resonaba en su cabecita de bucles castaños desde la velada de la buena nueva que no la dejaba dormir, y la tarjeta de invitación descansaba secretamente custodiada entre las páginas blancas de su diario íntimo con el aroma del papel recién impreso. A sabiendas de que esa noche el teatro la esperaba con las puertas abiertas y con la noche cerniéndose sobre la blancura de su piel perfumada, la niña Felicitas acariciaba cada uno de sus rizos y pestañeaba lentamente...

Shakin' in waitin'

Me tiemblan las manos y no es el frío, sé que no es el frío. Se sacuden esas puntitas de hielo, allá, adentro mío, y me acuerdo del calor de tu carita pálida, de tus labios quebrados pidiendo un segundo beso, de tus ojos profundos como un cielo sin luna, perdidos como un viajero sin estrellas, solitarios como un juego de cartas para uno. Camino en la oscuridad de las teclas blancas que suenan en la negrura de mis pensamientos, me sacudo en la idea de tocarte con los callos de mis dedos hartos de grietas, y lloro en la lluvia que quisiera mojara los zapatos que no llevo. La soledad de las alfombras persas me persigue, el dolor de las cortinas me roza con la sutileza que yo no tengo, la esclavitud de mil abuelas me grita desde una cama apolillada en la que mi cabeza ya no descansa, y el piano sabe algo que yo no sé. Pero qué puedo hacer, si cuando te veo amagar con una palabra colgando de tu boquita ausente se me sacuden las rodillas. Desde antes de saber que te voy a ver, no puedo dej...

Running from lions

«Call me foolish, i feel hopeless. Running from lions never felt like such a mistake.Don't forget we've got unfinished bussiness, stories yet to unfold, tales that must be retold. And i regret not knowing where to put an end to all this madness.» Es como para gritarla, llorarla. En el reproductor podían llenarse de polvo las demás, que ahora lo que sacudía su alma solitaria era el abrazo de una sinfonía que le gritaba sobre cuentos viejos, páginas amarillas, besos sucios y palabras pendientes. Temblando de pánico, mordisqueando su inquietud, gritándole a sus adentros, cantando con lo que de alma sana le quedaba, buscando el calor de los brazos que en sueños lo consolaban, la música le golpeaba la cabeza y el silencio corría cuesta abajo por su columna encorvada sobre sus penas y locuras. Sí, quiere y acepta las culpas de las que es libre, se queda queriendo más, deja ir sus esperanzas, se lanza a los leones sólo para saber que quiere escapar de ellos. Cuando la canción termina...

Nena indiferente, nena no tan nena

Una madrugada, abrumada y aburrida, decidí volcar mis porque sí al gótico de palabras que mi inconsciente me va dictando~ Caminando por un sendero destruido, sintiendo el mundo derrumbarse a sus pies, dejando que murieran bajo la sordera de sus oídos los murmullos que pedían auxilio, su cabellera se entregaba al enriedo y el alboroto del viento desesperado que se colaba entre sus piernas, que hacía bailar su vestido. Sus zapatitos negros brillaban bajo la mugre, y su rizada cabellera de un rojo fantasía era una llamarada que se evaporaba en el vacío de aquella ciudad pelada. La nena de los bucles de fuego, del vestidito sucio, de los zapatitos sucios que le quedaban chicos, la nena que ya no era tan nena, lleva a todos lados su nariz de caramelo, sus mejillas coloradas, sus manitos desnudas y sus piernas largas. Temblando de frío, dejaba que el terciopelo renegrido de su piel pálida, antes rozagante como primavera en flor, se sacudiera con los sismos del mundo de los vivos. Dej...

Intuición

Paz; nunca tuvimos paz, pero esa pseudo- tranquilidad que nos daban las calles silenciosas, las películas de comedia y los mediodías en familia se vio rota desde aquel desembarco desinteresado que pedía asilo y un pedazo de pan. Nadie quiso pensar que quizá nunca debimos haberlos dejado entrar, y mucho menos se animaron a echarlos; dejaron pasar el tiempo bajo un «ya vamos a ver qué pasa», y se tiraron a dormir la siesta. Yo sí pensé e intenté hacer a los demás pensar y rebelarse ante los extranjeros antes de que ocurriera lo que yo veía venir, pero me mandaron a callar. Siempre fui una persona intuitiva, reaccionaba antes de tiempo a cosas que todavía no sucedían, y aquella no fue la excepción. Una mañana muy temprano, cuando la noche se tornaba apenas celeste, cuando todavía siquiera era mañana, al puerto desvencijado y aburrido llegó una embarcación pequeña, pero tecnológicamente avanzada, toda una innovación. Los tripulantes se ganaron un descanso gratis en la posada del centro, ...

Sentada sola

Se había enrulado el cabello con esmero, sus labios brillaban como los de las propagandas de Avon. Su cintura estaba enfundada en una bonita camisa de pequeños botones y sus zapatitos chatos negros brillaban bajo las luces tenues de la sala polvorienta. Se había sentado en la fila del medio, en la butaca de la mitad, mirando hacia ambos lados, esperando a que él se apareciera entre las cortinas de raído terciopelo. Pero a quién quería engañar, ella había ido sola, había comprado su entrada y ahora estaba sentada en esa butaca descarcarada con la ilusión de que él (sí, él ), llegase y de espaldas la reconociera, se sentase a su lado y no dejara de hablarle durante toda la escueta puesta en escena de la noche. Las luces se apagaron, las pocas personas que deambulaban por el mugroso lugar tomaron asiento en las butacas de terciopelo colorado carcomido, y el telón agujereado empezó a subir. Un piano negro de cola, arañado por el tiempo y aburrido de las arañas apareció en escena, con un h...

Volar

"Yo puedo volar", se dijo una mañana mientras regaba las plantas del jardín del frente de su casona. Una casona vieja, que se venía abajo. Renegrida, de varios pisos, con vitrales y muebles cubiertos de polvo. La mujer que vivía ahí, empequeñecida por una joroba, disminuida por tener una pierna más corta, caminaba por su casa con tres patas y un bolso colgando del hombro derecho. "¿Estaré algo loca?" se preguntó una noche mientras se acostaba saludando a su marido acostado a su lado en la cama. (Cuando su marido hacía veinte años había fallecido de fiebre amarilla.) Un día abrió la puerta de las escaleras de la terraza y sin darse cuenta ya estaba trepada en la baranda, como si en ello se le fuera la vida. El viento le golpeó el rostro, le sacudió los pocos blancos cabellos y se le metió entre las arrugas del cuello. ¡Eso era libertad! Pero la libertad le estaba costando horrores, le hacía doler los brazos y no podía seguir aferrándose a ella, por lo que se bajó de ...

Writin' Tragedies, Not Sins

Me miraba fijo. Agrandaba los ojos, parecía que iban a salirse de sus respectivas cuencas, y los relajaba. Jugaba con los músculos de su cara como si fueran los elásticos de su ropa interior: abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua , apretaba la mandíbula y hacía saltar las venas azules en ese mar amarillento que era su cuello. Creo que hasta pudo levantar una ceja y mover la oreja izquierda. Estaba sentada, enconrvada, con la cabeza ladeada hacia la derecha y ataviada en una túnica que no era ya blanca sino del mismo color huesudo que sus ojos secos. Tenía las piernas cruzadas como indio bajo una sábana celeste arrugada, olorosa, manchada de la comida insípida que se negaba a ingerir. Tenía los brazos flácidos a ambos lados de su flacucho cuerpo, enseñando esa piel de papel: amarillenta, arrugada. Tenía las muñecas, el dorso de las manos y la cara posterior de los codos llenos de pinchazos, pero ya no había agujas allí. Las paredes eran color verde enfermera, la cama de ba...