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Sentada sola

Se había enrulado el cabello con esmero, sus labios brillaban como los de las propagandas de Avon. Su cintura estaba enfundada en una bonita camisa de pequeños botones y sus zapatitos chatos negros brillaban bajo las luces tenues de la sala polvorienta. Se había sentado en la fila del medio, en la butaca de la mitad, mirando hacia ambos lados, esperando a que él se apareciera entre las cortinas de raído terciopelo. Pero a quién quería engañar, ella había ido sola, había comprado su entrada y ahora estaba sentada en esa butaca descarcarada con la ilusión de que él (sí, él ), llegase y de espaldas la reconociera, se sentase a su lado y no dejara de hablarle durante toda la escueta puesta en escena de la noche. Las luces se apagaron, las pocas personas que deambulaban por el mugroso lugar tomaron asiento en las butacas de terciopelo colorado carcomido, y el telón agujereado empezó a subir. Un piano negro de cola, arañado por el tiempo y aburrido de las arañas apareció en escena, con un h...

Volar

"Yo puedo volar", se dijo una mañana mientras regaba las plantas del jardín del frente de su casona. Una casona vieja, que se venía abajo. Renegrida, de varios pisos, con vitrales y muebles cubiertos de polvo. La mujer que vivía ahí, empequeñecida por una joroba, disminuida por tener una pierna más corta, caminaba por su casa con tres patas y un bolso colgando del hombro derecho. "¿Estaré algo loca?" se preguntó una noche mientras se acostaba saludando a su marido acostado a su lado en la cama. (Cuando su marido hacía veinte años había fallecido de fiebre amarilla.) Un día abrió la puerta de las escaleras de la terraza y sin darse cuenta ya estaba trepada en la baranda, como si en ello se le fuera la vida. El viento le golpeó el rostro, le sacudió los pocos blancos cabellos y se le metió entre las arrugas del cuello. ¡Eso era libertad! Pero la libertad le estaba costando horrores, le hacía doler los brazos y no podía seguir aferrándose a ella, por lo que se bajó de ...

Writin' Tragedies, Not Sins

Me miraba fijo. Agrandaba los ojos, parecía que iban a salirse de sus respectivas cuencas, y los relajaba. Jugaba con los músculos de su cara como si fueran los elásticos de su ropa interior: abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua , apretaba la mandíbula y hacía saltar las venas azules en ese mar amarillento que era su cuello. Creo que hasta pudo levantar una ceja y mover la oreja izquierda. Estaba sentada, enconrvada, con la cabeza ladeada hacia la derecha y ataviada en una túnica que no era ya blanca sino del mismo color huesudo que sus ojos secos. Tenía las piernas cruzadas como indio bajo una sábana celeste arrugada, olorosa, manchada de la comida insípida que se negaba a ingerir. Tenía los brazos flácidos a ambos lados de su flacucho cuerpo, enseñando esa piel de papel: amarillenta, arrugada. Tenía las muñecas, el dorso de las manos y la cara posterior de los codos llenos de pinchazos, pero ya no había agujas allí. Las paredes eran color verde enfermera, la cama de ba...